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La falacia del millón

Por Agustín Calvo , 22 enero, 2014

¿Millón, qué millón? Es lo que siempre me pregunto cuando veo el programa Atrapa un millón, versión española de un concurso internacional de la productora Endemol, presentado por el ínclito -y lleno de tics hasta el aburrimiento- Carlos Sobera, que emite desde el 2011 Antena 3 por las tardes, de lunes a viernes. Sí, es cierto que en sus inicios los concursantes podían acceder a una opción de oro consistente en volver a concursar, en una edición de fin de semana donde el premio máximo, efectivamente, era un millón de euros; pero, esa opción de fin de semana parece que no prosperó y nunca más se supo del millón. Actualmente, el premio máximo al que los concursantes optan es de 200 mil euros, que no está nada mal, aunque no son, ni de lejos, el millón de euros que sigue anunciando el nombre del programa.

Sin embargo, no es esta la única paradoja que nos proporciona este concurso de Antena 3. A mí siempre me ha llamado la atención, o me ha proporcionado motivos para sentir vergüenza ajena, el comportamiento de algunos seres humanos: en este caso el hecho de que la mayoría de los concursantes lo primero que hacen, al entrar en el plató, sea abrazar o coger y besar los fajos de billetes con los que van a concursar y, después, durante el desarrollo del programa celebren ir perdiendo el dinero. Y es que el mecanismo del juego, y no me refiero al mecanismo que hace caer los fajos de billetes a un fondo acristalado, consiste en que los concursantes tienen que ir apostando por una o varias opciones de respuesta a la pregunta planteada, e ir perdiendo el dinero colocado en las opciones incorrectas. Así, cuando se van abriendo las trampillas y va cayendo el dinero, los concursantes parece que se alegran de ir perdiéndolo, aunque en realidad lo que celebran es permanecer, por poco dinero que les quede, en el concurso y pasar a la siguiente pregunta.

La exhibición del dinero en metálico, los fajos con la indicación gráfica de la cantidad que contienen y lo poco o nada que, por lo general, acaban llevándose los concursante, añadido a la falacia del nombre del concurso, me llevan a recordar aquel famoso y españolísimo timo de la estampita, en el que el gancho enseña unos billetes y el inocente avaricioso que pica se lleva una caja llena de recortes de diario. Dios me libre de insinuar que el concurso es un timo, pero… Repito, ¿millón, qué millón?

En fin, seguro que alguien dirá, y con razón: han hablado de Atrapa un  millón y sus contradicciones y no han dicho nada de Remedios Cervantes. Lo siento, pero me temo que ese tema merecería otro artículo, o cuanto menos un capítulo aparte.

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