La editorial Vitruvio publica en el número 370 de su colección Baños del Carmen el último poemario del sevillano Jesús Cárdenas “Mudanzas de lo azul”. |
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La editorial Vitruvio publica en el número 370 de su colección Baños del Carmen el último poemario del sevillano Jesús Cárdenas “Mudanzas de lo azul”.

Por José Antonio Olmedo López-Amor , 26 enero, 2014
El poeta sevillano Jesús Cárdenas.

El poeta sevillano Jesús Cárdenas.

Vitruvio publica "Mudanzas de lo azul" uno de los 60 libros del año en Andalucía.

El nuevo poemario de Jesús Cárdenas.

Título: Mudanzas de lo azul

Autor: Jesús Cárdenas

Género: Poesía

Editorial: Vitruvio

Año de publicación: 2013

Número de páginas: 96

ISBN: 978-84-941328-1-0

Hablar de Jesús Cárdenas es hablar de un trabajador de la palabra, un escribiente afanado tanto en poetizar su vida como en comprender ese vínculo invisible que aferra su alma indeleblemente a la palabra. Jesús nació en 1973 en Alcalá de Guadaira (Sevilla) es profesor de Literatura además de ensayista y articulista, vocaciones que constatan una personalidad tan analítica como inquieta, entre sus publicaciones poéticas se encuentran: Algunos arraigos me vienen (Diputación provincial de Sevilla. 2006) y La luz entre los cipreses (Ediciones en huida. 2011).

Entre sus trabajos de investigación destacan: El concepto de lo popular en Juan Ramón Jiménez (Procompal. 2007) o Textos literarios: comentarios lingüísticos (Procompal. 2007), no es casualidad que en varios de sus estudios Jesús haya fijado su atención en la obra de Juan Ramón, si bien el poemario empieza con tres citas pertenecientes a Cernuda, Hierro o Reed, que pueden interpretarse como influencias del autor, es la sombra no confesada del autor de Espacio (1954) la que planea bajo estos versos.

Mudanzas de lo azul comienza con un poema titulado La curvatura solitaria del azul una premisa escrita en heptasílabos que ya dilucida -a grandes rasgos- algunos de los caracteres temáticos y recursos del libro: “En el vasto horizonte / los recuerdos sin rostro, /trazo el tiempo sin tiempo / sin celebrar mudanza…”. Amor, Tiempo, talante dialogístico, melancolía. Quizá este primer poema no está incluido entre los cinco bloques que componen el poemario porque es utilizado a modo de poética, el autor dirige unas palabras previas al lector y para ello utiliza el heptasílabo de manera exclusiva.

Cuando el famoso científico Isaac Newton allá por el año 1672 consiguió demostrar que el espectro luminoso se divide en siete colores, constató que el color azul ocupa el quinto lugar en esa escala, como cinco son los bloques del poemario. En vexilología -estudio de las banderas- el azul es un color frecuente y vinculado muchas veces a aspectos de significación trascendental, Cárdenas hace de buen vexilólogo y utiliza la coloración cian del título para encarnar las más diversas acepciones de un azul que translitera su influjo en la conciencia del yo lírico narrador y viceversa, invitando al lector a asistir a un intercambio de efluvios tan expresionista como perturbador.

Si analizamos el título del poemario, observamos que el azul no es tal, sino lo azul, y ese artículo neutro que lo precede sustantiva la maravilla informe de una mirada que va transmutando su esencia en busca del conocimiento, de ahí la mudanza.

El primer bloque lleva por título La hora del té y comienza con el poema La búsqueda inagotable y permanente de las palabras -escrito en endecasílabos blancos-  donde el poeta aborda una cuestión tan arraigada en el ser humano como la de querer conquistar lo imposible: “En sueños buscas adueñarte de ella: / una palabra hermosa, nunca dicha…”. Buscar la Palabra significa dos cosas, que no se posee y que se anhela, y yendo más allá en nuestra pretensión de “Prometeos” buscamos una palabra nunca dicha, queremos no sólo la Palabra sino toda su exclusividad y poder, el ego nos lo ordena y no podemos negarnos  a ello, es demasiado atrayente, pero el discurso poético de Cárdenas trunca ese sueño al concluir el poema narrando lo absurdo de perseguir dioses: “Relámpago en la noche, verso esquivo…” o “En vano buscas adueñarte de ella”. La belleza de las palabras es una de esas posesiones efímeras de las que gozamos -o al menos eso creemos- mientras vivimos, un perfume imposible de atrapar si pretendes eternizarlo que discurre siempre ajeno tanto a conciencias como a  voluntades.

El poemario arranca con la “palabra” como eje central de su argumento, los poemas Palabras como avispas -endecasílabos blancos- y Palabras -versos libres que terminan sin punto final- expresan ese amor por esas pequeñas y volátiles canciones que nos comunican: “Raras son las palabras que oscurecen, / las que terminan siendo doblegadas”. El autor reconoce el poder comunicativo y eucarístico de la palabra y dedica versos apasionados a sublimar esa fusión no planeada entre el alma inquieta y la escritura: “Cómo si no se entiende / Que un cosmonauta haya visto maravillas / Y esté deseando pronunciarlas”. Como decía Carlos Bousoño: “Así fue la palabra, / así fue y así sea / donde el hombre respira, / porque respire el hombre”.

En el segundo bloque, titulado En vibrante sacudida, la comedida solemnidad y el declarado elogio son cambiados por una desesperanza plausible, el autor nos muestra caminos distintos en su andadura, adentrándose por parajes más existencialistas y humanos, y aunque su discurso soporta una densa carga de desencanto ello no le impide -al igual que Juan Ramón- seguir en busca de la belleza: “Ahora lo sé. / Me reconozco en aquella arena, / vestigios de un amor en lenta retirada”. La soledad, el amor, la memoria, la percepción del sentido absurdo, una demolición de los pilares que sustentan la esperanza pero no a la esperanza misma: “A pesar de los malos tragos, / se prometió seguir…”. Sobrevive en los versos del poeta un optimismo latente que no permite la aparición del victimismo ni la sensiblería, haciendo honor al título del libro, el discurso poético de este autor sevillano no queda varado en ningún punto concreto, sino que va fluctuando por un recorrido argumental -nunca mejor dicho- en constante mudanza. Y esa mudanza es la de la misma vida, una metamorfosis procurada por el paso del tiempo y las circunstancias que conlleva verse obligado a vivir hasta morir.

Ya en el tercer bloque El mar desde la orilla y tras paladear los dos bloques anteriores, el lector encontrará una variada gama de matices al paso ya que, al igual que los buenos vinos, los versos van expandiendo sus cláusulas ganando en densidad y aromas.

En el poema De escamas y de abismos estos versos sentencian a nuestra arrogancia: “Todo deja curtido el tiempo / para que podamos entregarnos a la memoria”. A momentos, el talento del artista camina por senderos de poesía de la experiencia, a momentos también lo hace por encrucijadas metafísicas, pero encuentro un postgusto prolongado de postmodernismo en toda la obra en general, una miscelánea de sabores que en lugar de proscribirse unos a otros se concatenan de manera natural formando un ecléctico caudal de atrayentes motivaciones.

Lo predecible y el miedo comienza con estos versos: “Descubres que en las cosas predecibles / el miedo y el dolor / se hacen más soportables”, y no puedo evitar recordar ese dibujo en el agua que trazó Benítez Reyes: “Bien sabes que estos años pasarán, / que todo acabará en literatura”. Coronando esa matemática certeza, Benítez Reyes no sólo concluyó uno de sus mejores poemas, sino que diagnosticó hábilmente su propia enfermedad y la de muchos otros, como entre ellos, Jesús Cárdenas.

Además de la notoria influencia poética del gran poeta de Rota, Felipe Benítez Reyes, también encontrará, quien conozca la obra de los poetas Dolors Alberola o Francisco Basallote, suficientes motivos para comprender que estos autores figuren en la página de <agradecimientos> del poemario.

Lo humano y lo metafísico conviven en este poemario manteniendo una alternancia tautomérica en sus roles, un equilibrio a veces sacudido por el descarnado mensaje de la realidad.  A cerca de la soledad y circunscritos en el poema Playa de solitarios resplandecen estos versos: “Me he preguntado al verlos / si bajo sus gafas arrastran fantasmas”. Entre las tantas y tantas pinceladas de género variopinto, aparecen fotogramas elegíacos que son satélites de la luz y el tiempo: “Vencer la luz abrasadora / y dejarme atrapar por su frío cuarzo de invierno”  o “En mi espacio requiero de más tiempo, / de agujas que corran hacia atrás” imágenes que dibujan el mismo escenario donde sembró su maestría el maestro de Oliva, Francisco Brines, curiosamente otro admirador de Juan Ramón Jiménez y Cernuda.

En el cuarto bloque, titulado Mecanismos eróticos la luz adquiere una mayor relevancia, se sobredimensiona su poder simbólico para así trascender en los versos todo su valor pictórico: “Hay una mano que insiste en borrar luz del cuadro, / desnudez del océano, / y en dejar otra luz que no resulte indiferente”. La Nada se conceptualiza en una encarnación metapoética, o debería decir metapictórica: “Podría interpretarse que el propio silencio / aparece en los bordes del lienzo”. En ese solipsismo del viajero, la carga se reduce a los enseres del desposeído, es decir, a su propia experiencia, por ello la metáfora de lo absurdo del mortal que sueña la inmortalidad en ese carboncillo de Boceto de una mujer, o esas alas perdidas que renacen gracias al pensamiento del amor en El deseo o el mar.

Llegados al quinto y último bloque del libro titulado Mudanzas del viento, las dudas y cavilaciones existenciales son sustituidas por las certezas de las imposibilidades, Cárdenas relata su propio adiós sin despedida, consciente de la revelación panteística del mundo y de la vida decide consagrarse a esa trasformación periódica que le obliga a cambiar de rumbo, a desandar, a desaprender. Cercano en ocasiones a esa tercera etapa en la poética de Juan Ramón, Cárdenas alcanza cotas de poesía suficiente como en estos versos: “Sobre la comunión de carne y espíritu, / interviene el bramido del silencio”.

El dictado del poeta es un soliloquio que rememora el amor a la vez que condena el absurdo de los apegos, esa controversia incrustada en todo ser viviente que lo flagela y angustia, que lo asusta pero a la vez lo enciende.

En definitiva Mudanzas de lo azul es una aventura recomendable ya no por su riqueza de sensaciones que pueden terminar en reflexión, sino por su honestidad de fondo y forma, un peldaño importante en el ascenso de Jesús Cárdenas que posee la valía de lo auténtico, algo que sin duda le reportará gratas consecuencias.

 

José Antonio Olmedo López-Amor

 

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