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La deshumanización a través de sacralizar la felicidad

Por David Donaire , 11 septiembre, 2014

Bien entendida es imposible encontrar una sociedad sin religión, por muy aconfesional y laicos que, sobre la letra, las cartas magnas sentencien. Hoy en día el culto reside en el individuo, en su imagen, en el consumo a fin de cuentas, cuando hablan una y otra vez de la sociedad de consumo mil veces ilustrada y criticada. Esto, sin embargo, no procede de la nada. Quizás de una locura colectiva que estimula compulsivamente los apetitos hasta convertirlos en insaciables (e indomables). No, nada de eso. Existe, por definirlos en términos de Althusser, una ideología -entendida como la forma en que el individuo se relaciona con el mundo y el orden social- esencial que participa como ideario tácitamente aceptado, acogido y hasta protegido. Podríamos hablar de la idea del progreso, no confundir con el progreso [en un particular], y de la idea de la felicidad, tampoco confundir con la satisfacción [en algo], y sobre la que dedicaré este pequeño artículo. En especial, en algunas de las formas sobre las que se articula visible a todos, para todos los públicos, por decirlo así.

Hay que ser feliz. Mandamiento número uno, creo, de nuestras sociedades. Esto suscita la primera pregunta: ¿Qué es ser feliz? Fíjense que no hablamos de estar feliz, algo como tener un ánimo positivo en algún momento, sentir una alegría o una satisfacción. No, hablamos de algo más elevado que compete al Ser. La intuición nos advierte de un estado continuado y relativamente estable de sensaciones positivas, por lo menos inalteradas por exabruptos negativos, tristes ni decadentes; tampoco por la ira ni la cólera. Hablamos de burlar los mecanismos más básicos de control emocional del organismo humano como los de retroalimentación negativa, aquellos en el que el exceso de algo señaliza la compensación por defecto y viceversa con fin de lograr, lo que denominaría Cannon, la homoestasis, un equilibrio. En un sentido filosófico no son pocos tampoco los aventureros en arrojar severas críticas contra esta idea de felicidad adoptada por occidente y que tiene precedentes hasta legales: miren en los Estados Unidos con “la búsqueda de la felicidad” como derecho constitucional y con otras palabras pero idéntico contenido en otros textos legales repartidos por el mundo. Aquí tenemos El Mito de la Felicidad, de Bueno; La felicidad paradójica de Lipovetsky o La Euforia Perpetua de Brückner.

Hasta ahora todo son ideas, es posible que vagas. Sin embargo tienen su concreción que les proporciona un fundamento material. Empezamos por la misma definición de salud por la OMS «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.» Con sus corolarios: usted debe ser feliz como obligación como diría Brückner y si usted no lo es, una de dos, es culpa suya por excéntrico o “vago” como advierte la Psicología Positiva o Ciencia de la Felicidad o está usted enfermo puesto que entrará en alguna categoría del manual diagnóstico de psiquiatría, aquella biblia de la salud mental. Las exageraciones sobre el control social de Foucault o de Szasz de repente lo son menos, casi al punto de empezar a asimilar más de uno de los puntos de estos autores. No sólo eso, resulta que la propia Psicología Positiva, aquella ciencia que pretende mediante el uso del método científico aportarnos evidencia sobre cómo prescribir medidas para ser felices, no es siquiera ciencia, y algunos hasta han detectado más de una estafa como chamanismo. Si fuera poco, en internet como en revistas especializadas y generalistas, abundan los consejos sobre la vida buena, los tips de actitud positiva y poco a poco cala en la cultura popular. ¿Quién no se ha encontrado una lista de consejos para evitar gente tóxica, no decaer ante cualquier suceso negativo, no verse influido por los demás y siempre con la consigna de “no le debes nada a nadie”, “tú no tienes por qué darle nada a nadie si no quieres”, etc.?

Por ejemplo: escuchar quejas es malo para el cerebro ¡ojo! ¡hablamos de la salud!, Otros sencillamente exaltan el individualismo más profundo y el egoísmo. Sus mensajes entre líneas es “ve a lo tuyo”, “pasa absolutamente de lo que no te interese” y una larga retahíla que se sigue. Al fin y al cabo, en el mundo de lo efímero, no existen vínculos entre personas fuertes sino superficiales, fácilmente extinguibles para conseguir que sean indoloros. Todo lo mueve un principio hedónico que termina apestando cuando nos topamos con la realidad humana. Sabemos que existe la alegría por la tristeza, la felicidad por la infelicidad y así. La enfermedad existe y no siempre podemos impostar una buena cara a todo revés. Bajo este paradigma se anula la comprensión de unos a otros y hasta se elimina toda forma de compasión empezando por uno mismo que hierve en la obligación religiosa de siempre lucir bien, en ropajes, en físico, tener las palabras adecuadas a cada situación, conocer con exactitud qué desean los demás, proveerselo y beneficiarse “mutuamente”. En otras palabras, levantarse, ponerse una máscara (y recambios para cada contexto en el que nos movamos) y vivir el mundo a través de ella. No somos lo que somos, sino lo que queramos ser. Diseñemos nuestra máscara… ¿No les parece esto deshumanizador?

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