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La culpa no fue del árbitro

Por Jordi Junca , 21 diciembre, 2015

Sí, es verdad. Este fin de semana, el Barcelona se ha proclamado campeón del mundo en Japón, en un torneo que para unos será poco más que una barbacoa de domingo y para otros la prueba de que a día de hoy el equipo de la MSN es el mejor conjunto que existe sobre la faz de la tierra. Y sí, es verdad. También ha habido cierto partido que no puede dejar de ser noticia.

En efecto, y cuidado, este mismo fin de semana se ha registrado el primer 10-2 de la historia en un partido de la liga. El Real Madrid, aunque aprovechando la ausencia de hasta dos futbolistas de los once que empezaron por parte del Rayo Vallecano, ha conseguido los tres puntos con este abultadísimo marcador. No obstante, lejos de convertirse en los protagonistas del partido, los jugadores madridistas vieron como era el árbitro el que brillaba con luz propia. A pesar del hattrick de Benzema o de los cuatro goles de Bale. De ello se encargó personalmente Paco Jémez en su rueda de prensa. El entrenador del Rayo decía que se habían sentido humillados y pisoteados. Decía, más concretamente, que lo de quedarse con dos jugadores menos ya en la primera parte era poco menos que un asesinato. Venía a decir, en resumidas cuentas, que de no ser por la polémica actuación del colegiado, el resultado final hubiese sido muy distinto. Pero en cualquier caso, y por el momento, el conjunto de Benítez no convence. Aunque, de hecho, y tal vez para su regocijo, poco se habla estos días del juego de los blancos. Pues sí. Todos estos acontecimientos tendrían mayor relevancia si no fuera porque ayer se celebraron unas esperadísimas elecciones generales. Pero vayamos por partes.

Dejando de lado los posibles pactos que están por venir. Dejando de lado el tema del valor de los votos en función de la circunscripción. Dejando incluso de lado que poco a poco (tal vez demasiado poco a poco) nos acercamos al principio del fin de ese cáncer que era el bipartidismo. Y es que, llegados a este punto, todavía me pregunto qué nos pasa. Será algo así como un síndrome de Estocolmo. O no sé. Quizás sea aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer. En fin.

Después de cerca de ocho años sangrando. Después de que unos dijeran que no estábamos en crisis, y de que acto seguido los otros afirmaran que ya se había terminado. Después de lanzarse bombas de punta a punta del congreso, provocando el suficiente humo para que no se pudiera ver la verdad entre los escombros. Las cosas como son. Durante muchos años había sido muy complicado identificar dónde estaba el problema. Te engañan una vez, pues bien, tragas y aprendes. Pero ahora, españoles, y por pequeña que sea, hemos tenido la oportunidad de saber, o por lo menos empezar a intuir. Saber e intuir que muchos de aquellos millones que nos hubieran ahorrado todo este sufrimiento estaban en manos de los que decían estar velando por nosotros. Saber que las promesas tenían el mismo valor que las que se hacen en una discoteca a las seis de la mañana.

Con todo, nos situábamos por fin ante la oportunidad de escapar de la caverna y ver por primera vez la luz del sol. Pero ya no hay excusas. Yo no sabía, yo pensaba. Nada. Bien es cierto que Paco Jémez podía quejarse del árbitro, sobre todo por esa segunda amarilla de Baena. Pero nosotros ya no. No. Ya no hay lugar para la queja. Hemos planteado muy, pero que muy mal el partido y ahí el árbitro no tiene nada que ver. Lo diré una primera vez: si este partido contra la crisis lo acabamos perdiendo, será culpa y solo culpa nuestra.

Y entonces, entre tanto ajetreo, me viene a la cabeza aquella frase en la que el pensador Joseph de Maistre decía que “cada nación tiene el gobierno que se merece”. Admito que durante algunos años me había resistido a creerle. No, no podía estar de acuerdo, por lo menos no del todo. Se me ocurrían unas cuantas excepciones, o quizás excepciones a medias. Pero ahora, por primera vez, tengo que sellar mis labios y limitarme a darle la razón. A pesar de los múltiples casos de corrupción y malversación de los dos partidos que lideraban la lista. Aun a pesar de los encarcelamientos, los sobres, los ERES. A pesar de tener la oportunidad de acabar con todo ello, hemos decidido repetir de plato aunque estuviera caducado, o peor todavía, en avanzado estado de putrefacción. Nótese que incluso Rajoy, en la línea que ya había trazado de Maistre, nos recordaba que, a fin de cuentas, “es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”, o en este caso, si se quiere, es el presidente el que quiere que sean los españoles el presidente. Y no se equivocaba.

Y sí, nos han robado y lo seguirán haciendo, pero esta vez por lo menos lo habremos merecido. Tuvimos la oportunidad de elegir, y elegimos. Pero en fin, no hay más ciego que el que no quiere ver. Y nosotros, españoles, hemos optado por arrancarnos los ojos de cuajo y tirarlos desde lo alto del acantilado. Tal vez Valle-Inclán estuviera en lo cierto cuando dijo aquello de que “en España el talento no se premia. Se premia robar y ser un sinvergüenza.” Pero supongo que aún hay esperanza. Donde antes habían dos, ahora hay cuatro. Quizás entre todos ellos puedan vigilarse mejor los unos a los otros y así será más difícil cubrirse las espaldas. Puede que a partir de ahora haya más disputa, menos conformismo. Supongo que no es lo mismo tener un portero en la plantilla que tener tres. Tal vez así suba el nivel exigencia y con ello nuestra ilusión y sobre todo nuestras nóminas. Pero recuerden. Cuando se lamenten en sus casas por la falta de recursos, o cuando vea que los millones vuelan hacia paraderos desconocidos. Recuerden entonces que la culpa no fue del árbitro.

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