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Kalashnikov o el karaoke de la historia

Por Javier Moreno , 13 enero, 2015

Ya transcurrió un tiempo prudente desde los actos terroristas de París, al menos el suficiente para que los ánimos se atemperen y la razón empiece a operar lejos de la estupefacción y la rabia, esas malas compañías con las que ningún argumento debería tropezarse. Se ha dicho mucho, y más aún comentado, a propósito de los crueles atentados contra Charlie Hebdo y la comunidad judía. Las opiniones al respecto oscilan entre dos extremos irreconciliables, el de la exculpación o comprensión de dichos atentados (al fin y al cabo occidente ha perpetrado matanzas tanto o más crueles en aras de su supuesta misión civilizadora, dicen) y el de la justificación de un más o menos soterrado discurso islamófobo, tan de boga en nuestra muy civilizada Europa. Creo que el fondo ambas reacciones obedecen a prejuicios consolidados que solo usan los hechos como munición para armarse de ‘razones’ que no tienen sin embargo nada de razonables.

 

Sin duda una de las posiciones más inteligentes que sobre los últimos acontecimientos he podido leer puede encontrarse en el artículo de Zizek publicado en Newstatesman. Zizek argumenta ahí (una tesis que ya encontrábamos esbozada en artículos precedentes) que bajo el liberalismo occidental y el fundamentalismo islámico subyace un mismo espíritu nihilista. Fiel a la ortodoxia nietzscheana, Zizek distingue entre un nihilismo pasivo, el occidental (ese último hombre del que hablaba Nietzsche que creía haber inventado la felicidad, retratado precisamente a la perfección en la figura de François, el personaje de Soumission, la –nacida maldita- última novela de Houellebecq), y otro activo, el islamista. Como si ambos nihilismos no fuesen más que las dos caras de una misma moneda. Pero la idea realmente original de este artículo (o al menos a mí me lo parece) es que el islamista radical no mata porque se sienta inferior al común de los mortales occidental sino más bien porque ya se sabe asimilado al nihilismo pasivo de occidente y su acto criminal (desprovisto de todo pathos verdaderamente trágico) es si acaso un modo de enmascarar su propio descreimiento de los fundamentos del Islam, una forma espantosamente cruel de ‘cubrir las apariencias’ y esconder las propias vergüenzas. Y esta idea, en principio paradójica y llamativa, me retrotrae a otro texto de Boris Groys, en particular al artículo Religion in the Age of Digital Reproduction incluido en su libro Going Public, un artículo que habla de arte pero que en realidad parece escrito para dar cuenta de las terribles circunstancias de estos últimos días. Dice Groys en dicho artículo:

 

Si consideramos aquellos movimientos religiosos especialmente activos en nuestros días observamos que son predominantemente movimientos fundamentalistas. Tradicionalmente tendemos a distinguir dos tipos de repetición: (1) la repetición del espíritu y en el espíritu, es decir, repetición de la verdad, esencia interior de un mensaje  religioso y (2) repetición de la forma exterior de un ritual religioso (…) la adhesión superficial a la mera letra, a la forma externa de la religión, al ritual ‘vacío’ es, en términos generales, observado como un síntoma del hecho de que la religión en cuestión pierde vitalidad, incluso como una traición de la verdad interna de dicha tradición por la pura mecánica reproductiva de su  forma externa, muerta.

 

La ortodoxia entonces como disfraz del incrédulo, como distintivo tanático. San Manuel malo mártir. Una de las cosas interesantes del artículo de Groys (en realidad tiene muchas) es que puede enlazarse en más de un sentido con el de Zizek. En efecto, el texto de Groys se refiere en su fondo al arte, al gusto tan contemporáneo por el revival y el reenactment. Como si en una sociedad desencantada y descreída la reproducción del pasado (paródica o furiosamente ritualística) fuese la única vía de tropezar algo de sentido, incapaces (nosotros) de tomar consciencia de que el reenactment es un anzuelo que solo puede capturar el vacío, esa bota desfondada de cómic, de que el nuevo sentido ha de fabricarse, que se trata en definitiva de una tarea individual y colectiva. Ya no el último hombre (el que dispara el kalashnikov o el adicto al karaoke de la historia), sino el superhombre, si es que somos fieles a teleología nietzcheana.

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