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Jojo rabbit, de Taika Waititi

Por José Luis Muñoz , 29 enero, 2020

Podríamos decir que este film, seleccionado para el Oscar a la mejor película y otras 6 nominaciones, tenía todos los ingredientes para ser una película insufrible y ñoña y nos equivocaríamos de plano porque la originalidad del planteamiento de su director, su imaginación desbordante y un sentido del humor que no desaparece ni en los momentos más dramáticos hacen de él una muy singular muestra de cine que rompe con los esquemas del película de niños, y con niños, que tanta grima (como el de con perros y con Charles Laughton) le daba al mago del suspense Alfred Hitchcock.

Hacer una película infantil, o familiar, que gira sobre un niño de diez años  de las juventudes hitlerianas llamado Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), alias Rabbit (porque se apiada de un pobre conejo al que no quiere retorcer el pescuezo como manda el manual de instrucción de dicho cuerpo), que asiste a entrenamientos bajo la batuta del excéntrico capitán Klenzen (Sam Rockwell) sencillamente porque le gusta vestir  un uniforme, jugar a la guerra y formar parte de una camada en la que se siente protegido, resulta a priori chocante y extravagante sobre todo si se hace en tono de comedia desenfadada hablando de cosas tan serías y dramáticas como el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Los principios nacionalsocialistas de ese pequeño nazi convencido, educado en el odio y el desprecio a los judíos y cuyo amigo imaginario es un histriónico, y muy divertido, Adolf Hitler (que interpreta el propio realizador taika Waititi), tiene una madre Rosie Betzler (Scarlett Johansson) que milita en la resistencia antifascista, a espaldas suyas, y un padre que se ha perdido en el frente de Italia (seguramente ha desertado) se tambalean cuando descubre escondida en su casa a una Ana Frank, la judía Elsa Korr (Thomasin McKenzie), y comprueba que no es tan diferente a él y que incluso se puede enamorar de ella platónicamente.

Narrada con un tono de fábula infantil, desde la mirada del propio Jojo Rabbit, el film del neozelandés  Taika Waititi (Wellington, 1975) se une a ese grupo de comedias que han combatido al nazismo ridiculizándolo, y ahí están Charles Chaplin (El gran dictador, Ernst Lubitsch (Ser o no ser), Mel Brooks (Los productores) o Roberto Begnini (La vida es bella). El director neozelandés aborda esta comedia de tintes surreales con una endemoniada gracia, un ritmo que no desfallece, una batería de gags eficaces, unas imágenes tan bellas como depuradas deliberadamente kitsch (no hay que olvidar el punto de vista infantil de la narración cinematográfica) y sacando partido a un actor infantil, Roman Griffin Davis, que por esta interpretación merecería el Oscar.

El film de Taika Waititi reúne momentos delirantes como las continuas discusiones de Jojo con su amigo imaginario Adolf Hitler, el registro de la Gestapo al mando del ridículo capitán Deert (Stephen Merchant) a la vivienda de Jojo Betzler buscando a Elsa Korr que acaba con un sinfín de salutaciones de “Heil Hitler”, o la relación del protagonista con su amigo el gordito niño con gafas de las Juventudes Hitlerianas Yorki (Archie Yates) que arrastra un enorme fusil más grande que él para resistir a los rusos y a los americanos que cercan la población y acaba dejándolo cuando empiezan a sonar los estampidos.

Jojo Rabbit, con su envoltura de cuento de hadas y realidad distorsionada que contrasta con la sangrante realidad del conflicto bélico, es una didáctica lección contra la intolerancia que debería proyectarse en las escuelas como material educativo. Con unos planteamientos estéticos cercanos al cine de Jean Pierre Jeunet de Amelie, del de Wess Anderson de Gran Hotel Budapest o del Wolker Schlondorff de El tambor de hojalata, el director maorí construye un film delicioso, con algunos momentos terribles y emotivos (los ahorcados en la plaza; la batalla cruenta del final rodada con gran realismo) y sale airoso de su propio desafío gracias a un despliegue imaginativo de primer orden y un tan acertado como original punto de vista.

Detrás de la fábula está la realidad. El nazismo lavó el cerebro de millones de niños y jóvenes precisamente con esa educación basada en la falta de empatía de sus miembros (se empezaba pidiendo que mataran a sus mascotas como demostración de fidelidad absoluta, como se les pide a los miembros de algunas maras que asesinen a quien más quieren) y esos mismos niños fueron utilizados de forma despiadada en la defensa del Tercer Reich cuando esa ensoñación monstruosa se abrasaba en el infierno que había creado. La fábula es graciosa, la realidad fue terrible.

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