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Intentos por reconciliar el tiempo físico con el tiempo psicológico

Por Rafael García del Valle , 8 mayo, 2014

Dos físicos han propuesto un experimento mental para reconciliar el concepto físico del tiempo con la experiencia psicológica del mismo. 

En términos humanos, aunque para ser exactos habría que añadir occidentales modernos, el tiempo es una línea en la que el pasado precede al presente y éste es anterior al futuro. Desde nuestro presente, podemos recuperar el pasado, pero no el futuro.

En física, esta línea temporal se muestra arbitraria; es una convención y las leyes de la naturaleza, por tanto, no responden ante ella: la percepción de un flujo temporal desde el pasado al futuro es una ordenación de los acontecimientos en virtud de la ley de entropía. 

Todo tiende al desorden, y esto nos permite determinar un orden de los acontecimientos. Primero hay orden y después desorden, cada vez en mayor grado. Es decir, nuestro concepto de pasado es una identificación con un orden, y el futuro con un mayor desorden.

Esta característica de nuestro universo se debe a que las probabilidades de que el desorden aumente son mayores a las de que se restablezca el orden. Imaginémonos barajando un mazo de cartas y esperando que estas se nos muestren organizadas por palos y orden numérico. Puesto que no viola ninguna ley física, podría ocurrir, sólo sería cuestión de paciencia y, con mala suerte, alguna que otra vida más.

Por poner otro ejemplo típico, en una botella el perfume estará en una condición muy ordenada. Al dejar abierta la botella, debido al choque con las moléculas de aire, el perfume se evaporará gradualmente, desperdigando sus moléculas por todas partes y extendiéndose por la atmósfera según se suceden los impactos entre moléculas. Pero, aunque lo consideráramos un milagro, no se transgrediría ninguna ley física fundamental si el perfume regresara al tarro. Sólo tendrían que darse los impactos necesarios mediante los que las moléculas realizaran las mismas trayectorias en sentido inverso. Bastante improbable, pero no imposible físicamente.

Si algo así ocurriera, pensaríamos que el tiempo está retrocediendo pero, desde el punto de vista de la física, sería la misma ilusión que la que habitualmente nos embarga al sentir que el tiempo pasa.

Se suele creer que la inmutabilidad del tiempo es un principio científico, es decir, que lo hecho, hecho está y no se puede deshacer, pero esto no es correcto. La física se basa en la constante de inversión del tiempo, que quiere decir que si la línea del tiempo comenzase a ir hacia atrás no sería necesario que cambiasen las leyes naturales. Servirían las mismas fórmulas matemáticas que ahora se utilizan. La física no tiene en realidad ningún problema con que los acontecimientos aparezcan en orden temporal invertido.

Pasado, presente y futuro son meros convencionalismos. El tiempo sólo fluye en nuestra percepción subjetiva. Objetivamente, simplemente “es”. 

Según los autores del artículo aparecido en el Physical Review E, Leonard Mlodinow y Todd Brun, la contradicción entre ambas posturas, las leyes de la física y nuestra percepción clara de una línea temporal, se debe a la forma en que trabaja nuestra memoria. Imaginemos, nos dicen, dos cámaras conectadas por un tubo que tiene el diámetro de un átomo y en el que hemos colocado un molinete; el propósito es que, si inyectamos gas en una de las cámaras, los átomos pasarán a la otra de uno en uno, y el giro del molinete servirá de contador. Cuando ambas cámaras tengan la misma cantidad de gas, el flujo se detendrá al haberse llegado a un punto de equilibrio.

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El flujo de átomos responde a las leyes de la termodinámica: todo sistema cerrado, aquel al que no se le inyecta energía desde una fuente externa, tiende a la entropía, es decir, al aumento de desorden según disminuye la energía necesaria para hacer un trabajo; el equilibrio es el desorden máximo de todo sistema, pues se alcanza cuando ya no hay energía para seguir realizando el trabajo que genera algún tipo de orden.

Pues bien, nuestra memoria funcionaría, según el artículo, igual que funciona el sistema descrito: un molinete que cuenta los sucesos procedentes de un sistema previamente ordenado, el pasado, pero que no puede registrar el sistema de mayor entropía, el futuro, porque el flujo sólo se mueve en un sentido único: de menor a mayor entropía.

Así explican por qué la flecha del tiempo es inherente a nuestra mente, pero no se corresponde a lo que la física conoce de la realidad que nos rodea. La memoria humana sería un sistema cerrado donde el molinete equivale al presente; el pasado, a la cámara inicialmente contenedora del gas; y el futuro, a la cámara por llenar.

Pero, ¿sería posible invertir el orden? Si, en algún momento, se provoca un proceso que haga regresar a un átomo desde la “cámara del futuro” a la del pasado, el flujo se moverá de mayor a menor entropía. 

Esto es lo que nos sugiere el llamado “demonio de Maxwell”, el cual puede “reducir” la entropía de un sistema si abre o cierra el flujo en el momento adecuado. Esto es posible porque, en realidad, no se reduce la entropía: el demonio requiere de información para hacer su trabajo, por lo que el sistema ya no es cerrado, sino abierto: la información es energía que se inyecta en el sistema desde otro sistema.

Los sistemas biológicos son todos abiertos; interaccionan con otros sistemas para obtener más energía con la que reducir la entropía dentro de su propio sistema. La memoria no tendría por qué ser una excepción.

¿Acaso habrá un demonio dentro de ese sistema esperando la llegada de información con la que poder modificar el flujo a voluntad? Un demonio que, mientras tanto, sólo puede observar con impotencia cómo la corriente del pasado se precipita por el molinete para conformar el futuro.

Fuera, los humanos están convencidos de que ese sistema es hermético y no se puede manipular.

Bueno, no todos los humanos. Tal como nos enseñan los antropólogos, el planeta está lleno, estuvo lleno, estará lleno, de culturas donde el tiempo es un ritmo sin dirección, es decir, no tiene importancia que sea pasado, presente o futuro. Para los aborígenes, por ejemplo, o para numerosas tribus de América, desde los hopi a los amondawa, todos los acontecimientos del pasado se hallan igualmente en el presente y los del futuro pueden ser recuperados de algún modo.

Es el tiempo sagrado que se renueva mediante rituales milenarios: los acontecimientos se clasifican en función de las emociones que dejan en los individuos; es decir, obedecen a un tiempo biológico que clasifica los sucesos en virtud de sus repercusiones internas.

Se ve que controlan la entropía mejor que ciertas civilizaciones tecnológicas que parecieran necesitar suplir, según parece, ciertas amputaciones mentales…

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