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Historias de Oficina, libro 2. Capítulo V

Por Sonia Aldama , 1 julio, 2014

 

AZZAM - El Mega Yate Más Grande del Mundo

 

 

 

 

 

 

EN EL YATE (V)

 

El yate enfiló hacia mar abierto haciendo eses, ya que ninguno de ellos sabía manejarlo bien, y además Juan Carlos se apoderó del timón y se dedicó a juguetear con el barco, para ver si sus compañeras se mareaban y se vengaba así de tanto capón. Sin embargo, sólo logró que a Irma se le cayera el lexatín que tenía en la mano, porque las tres resultaron inmunes al mareo. Tras dar cada una de ellas un capón a Juan Carlos, se pararon a cierta distancia de la costa y se pusieron tranquilamente a tomar el sol.

–          Hay algo que no entiendo – dijo Juan Carlos – ¿Cómo es posible que la Isidra nos haya dejado irnos tranquilamente cuando nos la hemos encontrado en el ascensor? ¡Si es una fiera sanguinaria!

–          ¡Je! – rió Belén – Ha sido por la pija ésa del bikini del P.P. La Isidra odia todo, y a nosotros más, pero encontrarse con una tía de clase alta con un bikini así… Se le han inyectado los ojos en sangre nada más verla. Y gracias a eso estás viva, Sofía, porque en otras circunstancias se te habría comido cruda.

–          Ah, pues yo le he dicho tan tranquila que se apartase… Como apenas la conozco… – contestó Sofía.

–          Lo importante ahora es cambiarnos de hotel, para que no nos encuentren ni la Isidra ni el cucurbitáceo – apuntó Irma.

–          Me pregunto qué habrá hecho el Alipio para evitar que nos siguiera… – dijo Juan Carlos.

–          Se habrá puesto a contarle chascarrillos – sonrió Belén.

–          Bueno, relajémonos, y vamos a tostarnos un poco con este maravilloso sol – dijo Sofía, a la que acababa de iluminársele la cara – La próxima vez que vea a Keanu, quiero estar morenita…

Los cuatro se dieron bronceador y se tumbaron tranquilamente sobre la cubierta. De repente, se oyó el ruido de un motor que se acercaba. Juan Carlos se levantó con rapidez, y vio una lancha. Un hombre de camisa hawaiana y pelo blanco le saludaba con la mano.

–          ¡Es el Alipio! – exclamó Juan Carlos.

La lancha llegó junto al yate, y Alipio subió a bordo.

–          ¡Hola, chicos! – dijo sonriente – ¡Cómo vivimos, eh? Gracias por mandarme el mensaje al móvil. Qué prisa os habéis dado, hasta habéis comprado un yate.

–          Bueno, comprar, lo que se dice comprar… – empezó Juan Carlos.

–          En realidad, se podría decir que lo hemos alquilado a bajo precio… – siguió Belén.

–          Y tan bajo… – continuó Sofía.

–          Vamos, que lo hemos “afanao” – aclaró por fin Irma.

–          Hay que ver, ahora os dedicáis al robo de artefactos marítimos – ironizó el Alipio – Estáis cada vez más lanzados.

–          Bah, no hay problema – contestó Irma, sonriendo – Si el dueño protesta, se lo compramos… Es lo bueno de estar podridos de dinero.

–          Oye, Alipio – recordó entonces Juan Carlos – Que te puedes quedar los 400 euros que me debes, que ya no me hacen falta. Pero oye, ¿cómo has evitado que nos siguiera el tío gallináceo?

–          Pues he seguido el método científico – respondió el Alipio.

–          ¿El método científico? – se extrañaron todos.

–          Sí, le he sacudido un buen par de hostias… Está científicamente probado que eso dificulta lo suyo el continuar una persecución – rió el Alipio – Bueno, estabais aquí todos despelotados al sol, ¿no? Me gusta, me gusta… Voy a despelotarme yo también.

En aquel instante se oyó el ruido de una motora que se aproximaba. Vieron que el que se acercaba era el tío cucurbitáceo, que había abandonado el traje y venía ahora con un pantalón corto y una camisa abierta. Lucía un ojo morado, y tenía la piel blanquísima, sin un solo pelo.

–          Dios, qué grima – soltó Juan Carlos, con expresión algo repugnada – Parece un chimpancé depilado…

–          ¿Cómo habrá dado con nosotros? – preguntó Sofía.

–          Debe de haberme seguido – respondió pensativamente el Alipio – Qué cabrón, qué tenaz es…

El cucurbitáceo venía por estribor. Entonces todos oyeron el sonido de otra barca, que se acercaba por babor.

–          Yuuuuujuuuu, chicooooos… – la suave vocecilla de Josefa Fernanda apenas se levantaba sobre el ruido del motor – No sabéis las buenas migas que he hecho con esta barriobajera amiga vuestra, qué cuco es explorar los bajos estratos de la sociedad… Me ha pedido dinero para alquilar la barca y buscaros, y hasta os ha hecho la compra… Creo que terminaré convenciéndola de que vote al P.P. …

–          Aparta, lechugina – dijo la Isidra, que miraba hacia el yate con una mirada de odio y los mofletes de bull dog tirantes – Se van a enterar estos hijos de puta.

Echó el contenido de un saco por la borda mientras rodeaba el yate. Era carne cruda, y al poco rato una serie de aletas dorsales empezaron a cruzar la superficie del mar. Los tiburones rodearon por completo el barco. Entonces, la Isidra sacó una escopeta y le pegó un tiro al timón, y luego otro al motor. Juan Carlos, Irma, Sofía, Belén y el Alipio se miraron espantados.

José Carlos Castellanos

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