Historias de oficina. Libro 2. Capítulo III |
Portada » Formación y Empleo » Historias de oficina. Libro 2. Capítulo III

Historias de oficina. Libro 2. Capítulo III

Por Sonia Aldama , 18 junio, 2014

th

 

 

 

 

 

 

EN EL DESCAPOTABLE (III)

 

Todos subieron de un salto al descapotable y Juan Carlos le dijo al Alipio que les llevara al restaurante que había en el otro extremo de la isla. Irma no sabía qué era peor si un viajecito con el Alipio en un descapotable o enfrentarse al Clan de la Isidra, tras pensarlo medio segundo, gritó que parasen.

–          Lo siento, chicos, pero me acabo de acordar de que tengo clase de pandereta y no quiero morir sin haber cumplido mi sueño de ser virtuosa… de la pandereta, claro – les aclaró Irma a todos.

Sofía, a quién Irma ya le había puesto en antecedentes sobre la conducción del Alipio, aprovechó para bajar también.

–          Bueno, en fin, Keanu… antes de morir, ya me entendéis – dijo ruborizándose.

Alipio, tras el motín que se gestaba en su nave se puso rojo de ira, y aprovechó la ocasión para tirarle los tejos a Belén, mientras ésta cantaba su sempiterno “OOOOOMMMM…”

–          Pero qué os pasa a todos, el cucurbitáceo, nos quiere meter en la trena, y la Isidra, sólo piensa en matarnos. Si no montamos con el Alipio tenemos los segundo contados – terció Juan Carlos.

–          Ya, pero es que yo prefiero tener los minutos contados – empezó a gritar Irma, mientras ingería un lexatín – Me voy a mi clase de pandereta, allí nunca me buscarán.

–          Tú no te mueves de aquí, en este fregao estamos todos metidos. Tenemos que solucionar este problema YA – dijo Juan Carlos con los ojos fuera de las órbitas.

En ese preciso momento, Sofía aprovechó para darle un capón a Juan Carlos, nunca había soportado que se le saliesen los ojos de las órbitas. Además la idea de Irma le parecía estupenda, irían todos a clase de pandereta.

Se metieron todos de nuevo en el servicio y enviaron al Alipio a que les quitase de en medio al cucurbitáceo. Cuando tuvieron el camino libre, corrieron al ascensor discutiendo desaforadamente, cuando la puerta se abrió oyeron una vocecita que decía.

–          Pero qué discusión tan supermegaguay, sólo los españoles de baja estofa saben gritar así. Es ideal. Voy a llamar a Piluca para contárselo y así lo podrá escuchar en directo,… pero chicos, seguid, seguid.

Los cuatro se volvieron hacía la dueña de la vocecita y se quedaron con la boca abierta al ver semejante espectáculo. Josefa Fernanda llevaba un bikini con la jeta del gran estadista y prócer de la patria PepeMari Ansar. Empezaron a reírse sin parar, mientras el ascensor seguía su ruta hacía el decimotercer piso.

Cuando llegó a su destino, se abrieron las puertas y antes ellos apareció LA ISIDRA.

Bego Hill

Deje un comentario