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Historias de oficina. Libro 2. Capítulo 1

Por Sonia Aldama , 30 Mayo, 2014

Gente leyendo

Comienza el segundo libro de las aventuras de los cuatro oficinistas. No os perdáis los nuevos capítulos de Las Historias del Satélite en El Cotidiano:

EN UN HOTEL DE LUJO DE LA PLAYA WAIKIKI (I)

 

Juan Carlos, Irma, Belén y Sofía llegaron al hotel en una limusina blanca. Durante el viaje en avión habían bebido champán y tomado canapés de caviar, paté aux fines herbes, y anchoas en vinagre. Casi no podían creerse la suerte que tenían; 2.000 millones en la lotería eran muchos, y lo mejor es que les había tocado el mismo día que se habían deshecho para siempre de su peor enemiga: Angustias Caponati. En apenas unas horas habían contratado el viaje y huido del ambiente invernal de Madrid: querían playa, sol, muchos cócteles exóticos, y gastar dinero a espuertas.

Juan Carlos inauguró el hotel haciendo una visita de tres cuartos de hora al servicio. Belén dijo al recepcionista nativo que quería que arrancasen el teléfono de su habitación, que no quería ver un chisme fijo de ésos en lo que le quedaba de vida. Luego preguntó si en el hotel daban clases de yoga, que era algo que siempre había querido hacer, pero que con el horario tirano al que les tenía sometidos la Caponati, nunca había podido. Irma se alegró al enterarse de que en aquella isla no sabían lo que eran las pipas, y pidió un cóctel de frutas exóticas. Sofía preguntó en recepción si tenían intérpretes.

–          Claro que sí, señorita – respondió el recepcionista – ¿Cómo lo quiere?

–          Metro noventa, pelo negro, ojos verdes… latino – respondió ella, con expresión soñadora.

–          Me refiero a qué lenguas debe hablar, señorita.

–          Ah, bueno, ya me parecía a mí… Pues con español, inglés y los dialectos locales, es suficiente.

Un rato más tarde, Irma se mecía en una hamaca con su cóctel en la mano; Belén repetía “OOOOOMMMMMM…” con los ojos cerrados en su clase de yoga, Sofía inspeccionaba los intérpretes disponibles, y Juan Carlos estaba cómodamente tumbado en su habitación, viendo la televisión por cable. En ese momento, alguien llamó a la puerta.

Juan Carlos acudió a abrir, y en el umbral apareció un tipo bajito, de traje, piel muy blanca, pelo rapado y con gafas.

–          ¿Sí? – preguntó Juan Carlos.

–          Buenas tardes, soy Miguel Primo Petete, auditor. Tenía que hacer una inspección en la empresa en la que trabajaban usted y sus compañeras – respondió el tipo, alargándole una tarjeta y arqueando la espalda para otear la habitación.

–          Ah… – se extrañó Juan Carlos – Pero nosotros ya no trabajamos allí, no tenemos nada que ver con aquello…

–          Bueno, ustedes han desaparecido de golpe con un montón de dinero en el bolsillo, y la empresa ha cerrado… Los directivos del grupo de empresas al que pertenecía la suya quieren averiguar si ambos hechos están relacionados.

–          ¡Pero oiga! – se indignó Juan Carlos – ¿Qué demonios quiere decir usted? ¡La empresa quebró porque tenían de jefa a una mafiosa, y a nosotros nos ha tocado la lotería!

–          ¿De veras? – preguntó irónicamente el Primo – Es mucha casualidad, ¿no?

–          ¡Pues sí, ha sido casualidad! Y usted, ¿se ha venido corriendo desde Madrid y ha llegado casi al mismo tiempo que nosotros? ¿Cómo lo ha hecho?

–          En mi empresa me llaman Harry Potter, porque casi parece que hago magia para encontrar a los sospechosos – sonrió orgullosamente el Primo, mientras seguía arqueando el cuello y la espalda para otear la habitación.

–          ¿Quiere usted dejar de curiosear mi habitación y de estirarse como una clueca, tío gallináceo?

–          ¡Oiga, más respeto, que soy un auditor!

–          ¿Respeto? – repitió Juan Carlos, que volvió un instante al interior de la habitación, y salió con un bate de béisbol – ¡¡Te voy yo a dar a ti respeto!!

El gallináceo salió corriendo pasillo adelante. Mientras tanto, en clase de yoga, Belén oyó una voz muy suave que le decía:

–          Ay, hola, qué ilusión me hace encontrarme aquí a otra española… ¿Eres votante del P.P.?

Belén giró la cabeza, y vio a una mujer rubia que aparentaba unos 45 años, de cuerpecillo rechoncho y carita redondeada. Esbozaba una candorosa sonrisa, y llevaba un polo Lacoste y un pañuelito al cuello.

–          Pues mire, a mí es que me ha tocado la lotería – respondió Belén.

–          Ah, eres de esos nuevos ricos… Bueno, no importa, yo soy muy abierta… Una vez, hasta saludé a un obrero. Yo he venido aquí con mi Borja Mari, aunque yo le llamo cariñosamente Borja Mari, es que soy así de repipi. Hemos cogido unos días libres. Me llamo Josefa Fernanda, encantada.

–          Encantada – respondió Belén.

En ese momento Irma bajaba de su habitación, camino de la piscina. Entonces oyó una voz que la llamaba:

–          ¡Eh, Irma! ¡Irma!

Ella se giró, y vio a un hombre con pantalón corto, camisa hawaiana y pelo blanco, que se acercaba por el pasillo con una sonrisa cachonda en el rostro.

–          ¡Andá, si es el Alipio! – exclamó Irma – ¿Qué haces tú por aquí?

–          Pues ya ves, muchacha, que esto de la ingeniería da para hacer algún viajecillo, y como me he hartado de tentar a las mozas del pueblo… ¡Digooooo…! Como me he hartado del paraje campestre, pues me he venido un poco para el Pacífico. ¿Y tú?

–          Nos ha tocado la lotería a los de la empresa, y la hemos dejado. Nos hemos cogido este viaje para celebrarlo. ¡Qué casualidad que estés por aquí! ¡Es muy heavy!

–          ¿Así que al final os ha tocado la lotería? Jo, tenía que haber seguido pagando… Claro que, después de seis años pidiéndole a Juan Carlos que me pusiera el dinero, creo que terminó un poco mosqueadillo… Total, por 400 euros de nada. Oye, entonces, ¿os habéis venido los cinco?

–          ¿Los cinco? – se extrañó Irma – ¿Qué cinco? Hemos venido cuatro. Belén, Juan Carlos, yo, y una chica que no conoces, Sofía, que apenas llevaba un par de meses.

–          Ah… Pero si acabo de ver a la Isidra por aquí… – dijo Alipio.

–          ¿¿A la Isidra?? – Irma se puso blanca como la pared, aunque no se notó mucho, porque normalmente ya lo estaba – ¿¿Dónde??

–          Pues en recepción, hace un momento… ¿Pasa algo?

–          Nada, nada… Es que ahora tengo que buscar a los otros, luego nos vemos – dijo Irma, mientras echaba a correr por el pasillo.

–          ¡Salúdales de mi parte! ¡Diles que quedamos esta noche para tomar unas copas! ¡¡Y a Juan Carlos dile que tranquilo, que ya le pagaré un año de éstos!! – le gritó Alipio a Irma, que cada vez estaba más lejos.

Por el pasillo Irma se encontró con Belén, que salía de clase de yoga.

–          Tía, acabo de conocer a una española más pija… – dijo Belén.

–          ¡Luego me lo cuentas! – interrumpió Irma – ¡Yo me he encontrado con el Alipio, y me ha dicho que está aquí la Isidra!

–          ¿El Alipio? ¿¿La Isidra?? – se asombró Belén.

–          ¡Vamos a hablar con Juan Carlos! – exclamó Irma, mientras cogía a Belén de la mano y echaban a correr por el pasillo.

Al girar la esquina se dieron de manos a boca con Sofía, que venía embelesada hablando con un hawaiano guapo y atlético de unos 30 años.

–          Hola, chicas – dijo Sofía, sonriente – Éste es Keanu… No tenéis ni idea de lo bien que habla español…

–          Ya nos lo presentarás más tarde – dijo Irma – Ahora vente, que tenemos que hablar de algo muy importante.

Llegaron a la habitación de Juan Carlos, que tenía la puerta abierta. Estaba hablando por teléfono muy irritado, mientras le daba vueltas a un bate con la mano derecha.

–          ¡¡Entérense bien!! ¡No quiero que vuelvan a dejar subir al tipo ése a mi habitación! ¿Está claro? – gritaba, y colgó inmediatamente.

Se quedó sorprendido al ver que sus tres compañeras entraban corriendo en la habitación.

–          ¿Qué pasa? – preguntó.

Irma le contó su encuentro con el Alipio, y lo que éste le había dicho de la Isidra.

–          ¿¿Que está aquí la Isidra?? Pero, ¿¿cómo ha llegado esa tía?? – Juan Carlos se echaba las manos a la cabeza.

–          Yo no entiendo nada – dijo Sofía – ¿Qué ocurre con la Isidra? ¿Por qué os preocupáis tanto por la chica de la limpieza?

–          Pues verás – le explicó Belén – Es que ella también participaba en la lotería…

–          ¿Cómo? – se extrañó Sofía – ¿Ella también ponía dinero?

–          Sí – aclaró Irma – Pero sólo la admitimos porque con la mala gaita que tiene, no había quien la aguantara.

–          Eso es, pensamos que si dejábamos que participara, nos dejaría un poco más tranquilos – confirmó Juan Carlos.

–          Pero no solíamos tenerla presente – continuó Belén – Y cuando nos tocó… ni nos acordamos.

–          Así que ha venido hasta aquí persiguiéndonos, para pedirnos su parte… – supuso Sofía – Bueno, pues tendremos que dársela, ¿no?

–          Eso sería lo lógico – siguió Irma – Pero tú no la conoces, no sabes cómo las gasta… Esa tía debe de venir dispuesta a lo que sea.

–          Solía contarnos que a su marido le había metido tres cuchilladas por pisar el suelo recién fregado – contó Belén, perdiendo el color.

–          Y también presumía de que ella y su familia le dieron un palizón a un clan entero de gitanos, porque un pilluelo le había quitado la pelota a su sobrino cuando jugaba en la calle – se estremeció Juan Carlos – Aún recuerdo la cara de placer que ponía al contar cómo los desnucaba…

–          Santo cielo… – Sofía empezaba a cobrar conciencia de lo peligroso que era el asunto – Y, ¿qué hacemos?

–          Pues por lo pronto, darle esquinazo – propuso Irma – ¿Y si nos cambiamos de hotel?

Todos asintieron, y se dirigieron a recepción. Pero al llegar tuvieron que esconderse precipitadamente detrás de una columna. Tras el mostrador estaba una chica rellenita, con cara de muy mala hostia y mofletes de bull dog, que tenía agarrado al recepcionista por sus partes, y le gritaba con voz de camionero de Vallecas:

–          ¡¡ME C… EN TU P… MADRE, M… DE PLAYA!! ¡¡ME ESTÁS SENTANDO PEOR QUE LA ÚLTIMA DIETA QUE HE ESTADO HACIENDO!! ¿ME QUIERES DECIR DE UNA P… VEZ LOS NÚMEROS DE HABITACIÓN DE ESA PANDILLA DE C…?

Juan Carlos, Irma, Belén y Sofía se miraron con caras de susto. En ese instante apareció por el pasillo el gallináceo, que se quedó mirándolos con expresión triunfante y se acercó a la columna tras la que estaban.

José Carlos Castellanos

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