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¿Hay alguien ahí?

Por Carlos Almira , 21 Octubre, 2014

En el momento en que escribo esto, cualquiera de nosotros que mire a su alrededor verá probablemente a una, dos, muchas personas enfrascadas en la pantalla de su teléfono móvil; en la calle, en el autobús, en una cafetería, en el parque, en el coche; recibiendo mensajes, enviándolos; mandando fotografías, videos, textos; visitando páginas de Internet, facebook, twiter, etcétera. Para nosotros cada una de estas personas, en cierto modo, el mundo circundante, el lugar y el tiempo en el que está, su aquí y ahora inmediato que aparentemente comparte con nosotros, nos es inaccesible o cuanto menos, remoto. Sin embargo, paradójicamente, lo que así nos aleja radicalmente de ellos, a unos de otros; lo que nos aísla como en el interior de una campana de cristal, como al Axolot del cuento de Cortázar tras los gruesos e irremediables cristales de su pecera, con sus sensibles, inteligentes ojos dorados, es una tecnología puntera de la información y la comunicación. Nunca en la Historia de la Humanidad hemos estado tan comunicados, en tiempo real, con el resto del mundo. Y nunca hemos estado al mismo tiempo, y por esa misma razón tecnológica, tan solos.teléfonos móviles
Decía Ortega que una de las características de nuestro tiempo (su tiempo) era la emergencia triunfante de las masas, del hombre-masa. Y el retroceso paralelo de los agrupamientos humanos tradicionales, estructurados desde los orígenes mismos de la Humanidad en torno al grupo doméstico, la aldea, el vecindario urbano pre-industrial, la comunidad de vivencia religiosa. El hombre masa es el individuo por excelencia, que se encuentra en medio de los demás como podría estarlo en un desierto, por el puro azar de las circunstancias; por la división del trabajo y del consumo; incluso por el destino. El individuo aislado en su propio mundo como una gota en el océano que ignorase profunda, existencialmente, a todas las otras gotas; encerrado en la insalvable cárcel de su cuerpo y su conciencia (su conciencia cartesiana). Es pues, el consumidor atomizado; el ciudadano solo (el súbdito). El sujeto social ideal, imprescindible, en los Estados industriales o mejor aún, post-industriales.
Para este hombre-masa, las relaciones estructuradas a partir de las situaciones concretas, articuladas sobre lo inmediato, la relación cara a cara, ya no constituyen la fuente de las normas (morales, sociales, estéticas, ¡jurídicas anteriores y mucho más viejas que el estado!); tampoco vale ya como argamasa en la construcción de la autoestima, la identidad personal y social. Todos somos intercambiables. Para este individuo atomizado, la evasión, el consumo, el Estado-Dios, es algo imprescindible, sagrado. No en vano se ha dicho que en las sociedades pre-industriales no hubiera sido posible, ni siquiera concebible, el Estado Totalitario del siglo XX: Stalin, Hitler, Mao Ste Tung. Tal sería la distancia insalvable entre Atila o Calígula y los nuevos regímenes y monstruos del siglo pasado: la anomia estructural, enraizada en la misma conciencia del hombre solitario, perdido entre la muchedumbre. Nada nos es tan lejano, tan remoto e inalcanzable, como lo que está a nuestro lado sin ser ya parte de nosotros. La propia identidad basada en la construcción burguesa del estado-nación, gestada y desarrollada a lo largo del siglo XIX, acaso es el antecedente inesperado de los Totalitarismos del siglo XX. Según esto, el nacionalismo es, en el peor sentido, como la Poesía, un “arma cargada de futuro”.
El hombre-masa ha perdido, de hecho, su existencia personal, su anclaje en el aquí y ahora que es la raíz, el suelo de la vida verdadera. Su inmediatez con el mundo realmente vivido. No es de extrañar, entonces, que los hijos denuncien a los padres (los olviden) y viceversa. En un mundo sin amigos, sin compañeros; poblado exclusivamente por extraños, por otros en el sentido radical del término. Pues para el individuo-masa el otro es un ser que no comparte la misma naturaleza; alguien que está en otro mundo, que podría perfectamente no existir o ser radicalmente eliminado, otro, sin que se alteraran las leyes del Universo. Una cosa. Lo intercambiable.
Lo paradójico de todo esto es que, en el ejemplo que hemos propuesto, el vehículo de esta soledad del hombre masa es precisamente la tecnología puntera de la información y la comunicación. La tecnología que, como el resto de la cultura humana, nunca es inocente ni puede aislarse del resto de la Historia Universal. Nunca hemos estado más y mejor comunicados y, al mismo tiempo, más inmersos en una soledad tan radical y absoluta. Los efectos demoledores de esto no se circunscriben al totalitarismo. La confusión (la “banalización del mal” de que hablaba Anna Harendt para caracterizar los crímenes del nazismo), entre lo virtual y lo real, más allá de las aplicaciones tecnológicas a la cultura del ocio (los videojuegos, las redes sociales en su peor sentido y uso), inducen a una inversión de valores para la cual la muerte y el daño del otro ya no se distingue del discurso y de la imagen que lo hace visible (todos nuestros antepasados están muertos, como nuestros contemporáneos y nuestros descendientes). Y sin embargo se habla esperanzadamente a veces, incluso con razón, de las potencialidades revitalizadoras, democratizadoras, de estas nuevas tecnologías aplicadas, por ejemplo, a las redes sociales que tan de cabeza traen a muchos estados y corporaciones industriales. Pues nada es tan disolvente como las relaciones desde abajo, reales y vividas, que las nuevas tecnologías pueden potenciar y sacar fuera del alcance del aparato triturador del Estado y de los intereses corporativos del capitalismo postindustrial.
En la medida en que estas nuevas tecnologías de la información y la comunicación no aíslen a los individuos sino que les sirvan para sustituir el mundo irremisiblemente perdido de los vínculos tradicionales, desde hace tiempo en vías de extinción, por otro nuevo, no menos vivo y real, en esa medida estarían desempeñando, contra su propia lógica atomizadora y alienante, una función revolucionaria.
La pregunta entonces es: ¿quién está al otro lado de la pantalla del teléfono móvil? Si no es un otro cualquiera sino un alguien propio, entonces quizás nuestra impresión inicial, de una calle, un parque, la terraza de un bar, un autobús devastado por la soledad, debería cambiarse por otra: la de una humanidad nueva, gestándose silenciosamente, socavando las bases de una civilización que nunca tuvo tantos medios para defenderse y nunca fue tan frágil ni estuvo tan a merced de la Historia.
Como siempre, el tiempo lo dirá.

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