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Hasta el último hombre (2016), de Mel Gibson

Por Irene Zoe Alameda , 9 Diciembre, 2016
Cartel de la película 'Hasta el último hombre' (2016), de Mel Gibson.

Cartel de la película ‘Hasta el último hombre’ (2016), de Mel Gibson.

Hasta el último hombre es más una reivindicación de las creencias que un alegato pacifista. Con su característico dominio del ritmo narrativo a hombros del retrato psicológico, Mel Gibson consigue convertir un guión simple y repleto de reiteraciones y lugares comunes en una fábula sobre la rectitud y la humildad.

 

Basada en la vida del objetor de conciencia Desmond T. Doss, un popular héroe de guerra norteamericano premiado con la medalla de honor, la película narra cómo este se las apañó para, sin empuñar un arma, rescatar a 75 hombres heridos en la batalla de Okinawa (en la colina apodada “Hacksaw Ridge”) tras un ataque infernal que aniquiló casi por completo a su división.

 

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Una vez más, Gibson recurre al sufrimiento humano como camino de la redención a la que todos y cada uno de los personajes aspira. Siendo tan profundamente cristiano como su personaje (Doss era adventista del Séptimo Día), su cinematografía cae en un barroquismo proclive a ensalzar el dolor de la carne, idéntico al ya exhibido en Braveheart y La pasión de Cristo. No obstante, en esta ocasión el contexto en el que tiene lugar la masacre central permite que la acción distraiga en gran medida de las amputaciones, desmembramientos, explosiones y disparos que constituyen la segunda mitad de la película.

 

La interpretación de todo el reparto es tan extraordinaria que en ocasiones se olvida que se está viendo una película en la que los actores dan vida a una serie de personajes más o menos idealizados. La aproximación de Gibson a la dirección consiste, sin lugar a dudas, en alentar a que cada intérprete desarrolle un abanico expresivo que recoja los trazos maestros que debe exhibir. Cada silencio, cada entonación, cada gesto por nimio que parezca, cada parpadeo incluso está al servicio de la narrativa. Es probable que la experiencia de trabajar bajo las órdenes de este director sea intensa, pero sin duda merece la pena: apuesto a que Andrew Garfield será uno de los nominados a mejor actor en los próximos Oscar.

 

El resto del elenco es memorable, con la irrefutable y bellísima Teresa Palmer en el papel de la enfermera Dorothy Schutte, la muy amada prometida de Doss y su fuente de energía para sobrevivir; con Vince Vaughn como el sargento Howell, que recorre un apasionante camino desde el prejuicio bestial hacia la rendida admisión del error; o con un Hugo Weaving conmovedor (ojo, otro potencial candidato al Oscar como mejor actor secundario) encarnando al padre de Doss con una actuación compleja, terrible y entrañable.

 

Mel Gibson sostiene que su regla para dirigir cine se resume en “tres E’s”: entretener, educar y elevar. El entretenimiento está asegurado en este filme aparentemente bélico que encierra una historia de amor propio a prueba de humillaciones, prisión y guerra; y es precisamente esa defensa a ultranza del amor propio, del derecho a ser uno mismo frente a las convenciones y las expectativas ajenas, el mensaje que blande esta película. Por lo que respecta a elevar al espectador, la historia se resuelve en la previsible catarsis tras el deber cumplido, y en el reconocimiento honorable que el mismo entorno que amenazó al protagonista le brindará al final. Al fin y al cabo, esto es un biopic y todos sabemos como acaba.

 

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