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«GOT», T8, Episodio 6: ¡Esto fue todo, amigos!

Por Emilio Calle , 20 mayo, 2019


El 23 de mayo se emitía el último episodio de «Perdidos», desatando una autentica tormenta de indignación. De un modo casi simétrico, dicha serie empezaba con uno de los ojos del protagonista abriéndose, y terminaba con ese mismo ojo cerrándose. Lo ocurrido en el capítulo final de «Juego de Tronos» bebe de la misma fuente, y todo acaba justo como empezó: con un plano de gente que abandona el gigantesco muro que les mantenía a salvo de una amenaza que ya no existe. Idéntica sincronización. Un despropósito gemelo en las dos series más comentadas de los últimos años. Ambas salieron por el mismo ojo de aguja por el que habían entrado. Y añaden un mal epitafio a lo que hasta ese momento solo eran loas.
Al contrario de cierta corriente generalizada, desde estas páginas siempre se ha defendido esta temporada, en especial el quinto episodio, en el que Dany cometía una de las mayores atrocidades imaginables al acabar con la vida de miles y miles de inocentes. Se desplegaron las furias, se argumentaron los contras, se recogieron casi un millón de firmas para conseguir lo que solo tenían que esperar unas pocas horas para lograr.
Habrá que suponer que los indignados estarán hoy menos encendidos. Hasta se puede percibir algo de contento.
«El Trono de Hierro», que es el título de este gélido desenlace, es, con mucha diferencia, el peor episodio de toda la saga. De no ser por su importancia, de su carácter concluyente, cuesta mucho pensar que ese engendro de obviedades hace mucho tiempo que ya estaría desterrado en el olvido. Pero no. Dilata la duración del final, y lo hace solo para esparcir bondades y ocultar un espantoso crimen, filmado y abordado de una manera que no se puede justificar en modo alguno. El cobarde asesinato de Dany por parte de Jon Snow, mientras ambos se besan justo cuando ella cree que ya es seguro bajar la guardia frente a la persona a la que ama, es, ya desde su enunciado, un despiadado giro en la contienda que (al menos, en la teoría de las apariencias) debía conllevar consecuencias aterradoras. Un momento antes la hemos visto enardecer el apetito de victoria de sus brutales tropas. Pero que la apuñalen en el corazón (que sí, que sí, que muy poético) no significa nada después de ocho temporadas de haber seguido paso a paso el ascenso de la madre de los dragones. Queda, ridículamente apartada, la lógica reacción de Gusano Gris, que no parece dispuesto a perdonar la vida del hombre que acabó de manera tan miserable con su reina. Pero luego va, y se le olvida la intransigencia, y hasta termina yéndose de veraneo a unas playas muy paradisíacas con el resto de los inmaculados, reconvertidos al pacifismo después de que su líder fuera presa de una salvajada.. Y bueno, los tan temidos Dothraki se van con el rabo del caballo entre las piernas por donde habían venido, sin rechistar siquiera por el hecho de que a quien consideran casi una diosa (razones no les falta) haya acabado de mala manera a manos de la única persona que podía abrazarla. Ni tan siquiera Drogon (por cierto, protagonista de uno de los pocos momentos realmente hermosos de este final de perpetuos bostezos, mostrando su ira por la pérdida y el delicado mimo con el que trata el cadaver de Khaleesi) pulveriza a uno de los grandes héroes de esta gesta, Jon Snow, aspirante a nada, y ganador de menos.
Porque, y aquí está lo gratuito y triste de este último envite es que después de todo lo narrado los únicos que jugaban eran los Stark. Han logrado que el resto no parezcan ahora más que figurantes.
Brandon se queda con el premio gordo (y ahora no queda claro si siempre lo supo y andaba haciéndose el despistado), con la misma premisa que aupaba a Jon al Trono. Mejor si se sentaba en él alguien que no quisiera sentarse. Respiremos tranquilos. El nuevo rey es un adicto al ocultismo, proclive a las alucinaciones y de verbo tirando a escaso. Arriba esas credenciales, majestad. Poniente respira mucho mas tranquila.
Arya (desde aquí, gracias, siempre ha sido un personaje libre de todo este fragor), a la que no hay forma de colocar sin que rechine en algún escaque de este tablero amañado, se larga con viento a favor, y con destino a lugares que no están en los mapas. Ni familia ni estandartes. Y que se queden con el apellido.
Y Samsa, en una reunión con los grandes señores de poniente que parece pensada para ser interpretada por los hermanos Marx (y Harpo la hubiera bordado en el papel de reina), decide que ella se queda con el reino del norte, que se acabó el tema de los siete reinos, ahora son seis. Sabia mujer. Mira que ha muerto gente y se han cometido salvajadas. La astucia de Samsa halló una solución más tajante y menos cruenta. Me quedo con el reino porque así me sale del peinado y  aquí ya no hay más disputas. La de dragones que podría haberse ahorrado Dany de saber que ese era el camino más seguro para confinarte en tu reinado.
Queda, suelto, y con flecos que ya no son más que harapos del pasado, Tyrion. La mirada que nos enseñó a leer en las almas de este mundo ha sido apagada. Deambula, habla, llora, está en medio de todo y de en medio no se sale. Aunque se intenta modular algo de suspense forzado sobre si será ejecutado por traidor, al igual que le debe pasar a Jon, no creo que hubiera muchos espectadores que cayeran en tan burda trampa. Sólo había que mirar el reloj para esperar que, fuese quien fuese el elegido, le nombrase Mano del Rey y así aportar algún momento cómico adicional, aunque se les olvidó añadir las risas enlatadas.
Un capítulo final sin vida, desquiciadamente lineal, sin apenas un atisbo de ritmo, una sucesión tras otra de pinceladas de un acabado de lo más vacuo.
Y no es queja. Han sido ocho temporadas de pesadilla y ensueño, encandilados al hielo y al fuego de un relato siempre en lo más alto de lo extraordinario.
Pero despachar a una de las columnas vertebrales de esta historia, acabar así con la vida de Dany y luego fingir que nunca ha existido es una lamentable punto y final con el que poner un broche a lo que ya era inolvidable, aunque ahora un poso de decepción sedimentará para siempre la intensidad de su recuerdo.
La historia se repite.
Al final, un ojo se cierra.
Al final, varias personas salen del refugio que les proporciona un muro gigantesco.
Y aquí no ha pasado nada.
Ya podemos disolvernos.

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