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«GOT», T8, Episodio 2: el preámbulo sigue reinando

Por Emilio Calle , 22 abril, 2019

* Contiene Spoilers

Si bien el primer episodio de la temporada final de «Juego de Tronos» decepcionó a gran parte de sus fieles, la segunda entrega no ha venido a mejorar el reencuentro.  Parecía que una vez recolocados los entramados argumentales para aquellos que estuviesen algo perdidos, la serie despegaría por fin hacia las expectativas creadas tanto por los espectadores como por los creadores de este magnífico desafío narrativo.
Pero no.
Los preámbulos siguen siendo los únicos protagonistas.
De hecho, cierta fuerza centrípeta empuja a los personajes en torno a un inesperado eje común, un eje de contagiosa armonía. Las tibias asperezas que nos atraparon en el capítulo anterior se deshilan con inesperada torpeza. Bran y Jamie, que afilaban miradas al final del primer episodio, ahora se entienden como si fueran amigos de toda la vida. La más que incipiente e interesante rivalidad entre Samsa y Khaleesi también se esfuma e incluso comparten intimidades. Arya, además de librarse de su virginidad, también se libra de su rencor contra «El Perro», y hasta beben juntos dentro de la tensa espera de la batalla. Tyrion, ni que decir tiene, organiza una pequeña fiesta para allegados, y sin la importancia que podía haberse concedido al momento, una mujer es por fin nombrada caballero.
Las intrigas se posponen.
Y apenas se menciona nada de lo que esta sucediendo lejos de ese lugar donde muchos tienen una cita con la muerte.
Hasta tal punto llega el despropósito que ni siquiera aparece Cersei, siempre hipnótica, y capaz de levantar ella sola muchos episodios, y no le hubiera sentado mal a este cúmulo de preparativos haber sido testigos de nuevo de alguna de sus plagas de inquinas. Se nombra, sí, se nos recuerda lo mala que es (¿en serio?) y con tanto ensimismamiento emocional se abre la posibilidad de que el ahora ausente ejército de la actual poseedora del Trono de Hierro acabe apareciendo en algún momento crucial de la batalla que ya, inevitablemente, está a punto de comenzar, ese episodio mitificado incluso antes de emitirse, y que no se tiene reparos en anunciar como algo que jamás hemos visto (y no creo que muchos duden de que lo puedan conseguir, otra cosa es enfrentarse a la reacción que podría generarse en caso de no lograrlo).
Una batalla de la que, por cierto, y puesto que se le otorga tanta importancia, se nos escatima toda la información sobre cómo se desarrollará. Se habla de un flanco izquierdo, se recuerda que hay dragones (aunque nadie nombra al que tiene el enemigo), vemos a los Inmaculados salir de la fortificación sin saber hacia dónde se dirigen, hay una especie de reunión militar en torno a una maqueta del terreno y el plan parece girar en torno a la idea de poner a Bran como señuelo. Se reparten armas. Todo tan vago que no sirve para ocultar el hecho, ya visto, de que los caminantes blancos, cuyo número no hace más que aumentar, no atacan. Sencillamente, arrollan a su imparable paso. Y la primera víctima será cualquier estrategia que se les contraponga.
Porque eso es seguro. La semana que viene van a morir muchos, y seria de locos descartar sobresaltos. Eso ya no hay forma de pararlo.
Y así pasó el segundo episodio. Demasiado lineal, sin altos ni bajos, de nuevo con la respiración contenida para nada. Solo en el último plano, cuando vemos al fin a los primeros jinetes del ejército enemigo llegar al lugar de la batalla, uno recuerda que esto es «Juego de Tronos». Han legado momentos inolvidables durante siete temporadas, y no pocos. No hay ni una sola razón para pensar que no puedan crear muchos más.
La batalla empieza. Se acabó la espera.
Ya es hora de regresar a lo mejor de esta serie excepcional.

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