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Generación Odisea

Por Silvia Pato , 28 mayo, 2014

Hace unos años, el doctor William Galston acuñó el término de «generación Odisea» para referirse al fenómeno de prolongar la adolescencia, el cual ha sufrido un incremento durante las últimas décadas.

La idea, no del todo ajena al síndrome de Peter Pan, identifica a aquellos adultos que se niegan a dar el paso definitivo a la madurez. Todo ello tiene su reflejo en una forma de vida caracterizada por un desarraigo que la propia sociedad alimenta, con las dificultades añadidas de lograr un trabajo estable, a causa de los cambios sociales producidos en plena crisis, y una huida constante hacia los roles de la juventud.

Aunque el concepto de generación Odisea puede, sin duda alguna, ser susceptible de muchos matices, no deja de ser un debate interesante el que provoca en un mundo en el que los roles de jóvenes y ancianos se muestran muy marcados, y en el que los adultos brillan por su ausencia, dificultando a través de los mensajes subliminales que tanto los medios de comunicación como los convencionalismos sociales alimentan que se disfrute como se debe de las ventajas de todas y cada una de las etapas de la vida.

boy-158039_640Nos tropezamos así con adultos que se sorprenden y se ofenden sobremanera cuando los llaman «señores», creyéndose infinitamente más jóvenes y actuales que lo que eran sus propios padres cuando tenían su edad. La tecnología contribuye a ello en todos los frentes, provocando que algunas personas tengan una distorsionada percepción de sí mismos por su uso y disfrute.

Los especialistas alertan del peligro que supone no abordar la adolescencia como una etapa de transición para la vida adulta, donde se forman personas más críticas, emocionalmente más fuertes y mejor preparadas; sino como un modo de vida, en el que muchos pasarán de adolescentes a ancianos sin haber disfrutado de ser hombres y mujeres adultos, con la sabiduría, la tranquilidad y la sana autoestima que ello conlleva.

La ironía de esta situación es encontrarse a jóvenes que aún no han pasado la veintena y se creen adultos sobradamente preparados, y a adultos que vuelven a comportarse como cuando tenían veinte años para escapar de aquello que no se puede escapar: el paso del tiempo.

La prolongación de la etapa adolescente puede conducir a problemas psicológicos serios, incentivando el boicoteo de los propios logros y la infravaloración de lo conseguido hasta el momento, si uno se deja arrastar por el pensamiento de que nunca alcanzará las expectativas que se siente presionado a conseguir, acompañado del convencimiento de que somos seres finitos y que el tiempo no nos va a dar para todo.

En consecuencia, tenemos que ser realmente honestos con nosotros mismos para saber en qué deseamos invertir nuestro tiempo, midiéndolo por nuestra propia escala de valores y no por la de la sociedad consumista, haciendo los cambios que deseemos realizar, disfrutando del viaje sin obsesionarnos por las metas, sacándole el máximo partido a la etapa de la vida en la que nos encontremos sin que nos esclavice nuestra edad biológica, pero sin renegar de ella. Como siempre, el equilibrio es el mejor aliado.

Es indiscutible que el mundo ha cambiado. Afortunadamente, existen más opciones que aquellas que nuestros padres tuvieron a su alcance. Sin embargo, en vez de tomar las decisiones que uno desea de forma consciente, adulta y crítica, también se corre el riesgo de caer en la tentación de alargar una etapa, conocida y hedonista, como es la de la adolescencia, para no tener que hacerlo. La dificultad parece ser mayor en una época en la que ser coherente y vehemente es nadar contra corriente, pero no por ello hemos de dejar de hacerlo.

Nademos pues.

 

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