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Gamonal: Aviso a navegantes

Por José Luis Muñoz , 18 enero, 2014

            gamonalA unos pocos parece haberles cogido por sorpresa lo que está sucediendo en Gamonal y su repercusión, incluso más allá de nuestras fronteras: el que un asunto estrictamente local, enquistado en un barrio obrero de Burgos desde hace mucho tiempo, se haya extrapolado gracias a la acción ciudadana solidaria. Hasta hace muy pocos días nadie había oído hablar de Gamonal. Ahora, ese barrio, huele a incendio, y no hablo del fuego real sino del de la rabia que anida en el interior de la sociedad española.

            Resulta relevante que la chispa haya prendido precisamente en Burgos, en el centro de esa Castilla que muchos piensan que es un feudo de la derecha, del PP, y no en una zona tildada de roja, olvidándose de la tradición guerrera de los comuneros. Pero las apariencias engañan. Cierto que el PP ganó las elecciones municipales holgadamente en la ciudad, como las ganó en el resto del territorio nacional, pero que no se engañen, porque no tienen, ni por asomo, la mayoría social, la de los que no votaron por asco a los partidos tradicionales que no los representan o traicionan sus programas, o la de que entregó su voto a partidos minoritarios que no obtendrían representación parlamentaria alguna.

            Gamonal es un barrio obrero, y como tal ha sufrido, como muchos, los coletazos de esta mal llamada crisis que ha sido excusa para que los causantes de ella se enriquezcan hasta límites escandalosos y sus víctimas empobrezcan en igual proporción. La remodelación del barrio estaba prevista en el programa municipal del PP, cierto, y hasta en ello estaban de acuerdo otros partidos situados en la izquierda, pero gastarse, en estos momentos, una cantidad sangrante de dinero—de los ciudadanos, no nos olvidemos nunca de ello, porque parece que nuestro dinero es de los ayuntamientos o del estado, meros gestores que han de estar a nuestro servicio y sobre los que debemos ejercer una implacable supervisión—en remodelar una avenida cuando no hay dinero, por ejemplo, para sufragar una guardería municipal, parece un escarnio, lo es.

            Y el barrio, el pueblo paciente, se cansó y sencillamente hizo lo que tenía que hacer, ocupar la calle, paralizar las obras, conseguir que el foco informativo estuviera pendiente de su lucha y lo que, hasta entonces parecía impensable, que el alcalde Lacalle reculara y paralizara las obras. Y es evidente que hubo excesos, actitudes violentas condenables por parte de los que protestaban, pero es que hay mucha rabia contenida en la sociedad española y los sociólogos no se explican que un país aguante tanto y no se haya echado ya en bloque a la calle a pedir responsabilidades a sus gobernantes por el sinfín de desatinos que están cometiendo.

            Está el país machacado por los cuatro costados. Machacado por el número de parados, que no decrece pese a los anuncios en macroeconomía de que la crisis ha terminado—la crisis terminará cuando esos seis millones de trabajadores tengan empleo—; machacados por un recorte sin precedentes de las prestaciones sociales; machacados por un empeoramiento de la educación y la sanidad públicas; machacados por una serie de políticas retrógradas que nos hacen retroceder muchos años atrás, como la reforma de la ley del aborto de Alberto Ruiz Gallardón o la ley de inseguridad ciudadana que persigue el ministro Fernández Díaz; machacado por la interminable lista de corruptos que existen en las filas de la clase política y que alcanza a la familia real. ¿Por qué no estamos como Grecia o Portugal, por ejemplo? ¿Por qué no arden las calles? Porque en España funciona, hasta ahora, la solidaridad en los barrios y en el seno de las familias; pero esto tiene un límite, porque no pueden vivir, como está sucediendo, hijos y nietos a costa de la pensión del abuelo o de la caridad que nunca debe reemplazar a la obligación de prestaciones que tiene el estado en ese aspecto.

            Hace unos días, la Sexta entrevistaba a un vecino de Gamonal y le preguntaba sobre la relativa virulencia de la protesta—algún periódico nacional achacaba a los manifestantes la quema de coches insertando fotos de protestas en Francia, en un alarde de buen periodismo; la jocosa alcaldesa de Madrid se lucía por su parte hablando de los atentados de Gamonal en uno de sus consabidos lapsus linguae—, y el vecino contestaba con una claridad meridiana: “Durante muchos años nos han alimentado con pan y circo. Ya no hay pan. Y cuando no se tiene nada, el miedo desaparece”.

           El escritor Javier Marías escribía esto en su blog, muy en la línea de lo que está sucediendo:

            “Lo cierto es que nuestro actual Gobierno del PP y de Rajoy, en sólo dos años, ha hecho trizas el contrato social. Si se privatizan la sanidad y la educación (con escaso disimulo), y resulta que el dinero destinado por la población a eso no va a parar a eso, sino que ésta debe pagar dos o tres veces sus tratamientos y medicinas, así como abonar unas tasas universitarias prohibitivas; si se tiende a privatizar el Ejército y la policía, y nos van a poder detener vigilantes de empresas privadas que no obedecerán al Gobierno, sino a sus jefes; si el Estado obliga a dar a luz a una criatura con malformaciones tan graves que la condenarán a una existencia de sufrimiento y de costosísima asistencia médica permanente, pero al mismo tiempo se desentiende de esa criatura en cuanto haya nacido (la “ayuda a los dependientes” se acabó con la llegada de Rajoy y Montoro); es decir, va a “proteger” al feto pero no al niño ni al adulto en que aquél se convertirá con el tiempo; si las carreteras están abandonadas; si se suben los impuestos sin cesar, directos e indirectos, y los salarios se congelan o bajan; si los bancos rescatados con el dinero de todos niegan los créditos a las pequeñas y medianas empresas; si además la Fiscalía Anticorrupción debería cambiar de una vez su nombre y llamarse Procorrupción, y los fiscales y jueces obedecen cada día más a los gobernantes, y no hay casi corrupto ni ladrón político castigado; si se nos coarta el derecho a la protesta y la crítica y se nos multa demencialmente por ejercerlo…Llega un momento en el que no queda razón alguna para que los ciudadanos sigamos cumpliendo nuestra parte del pacto o contrato”.

            La mecha que ha prendido en Gamonal se ha extendido la sociedad española con la velocidad de un reguero de pólvora. Las manifestaciones se han producido en casi todas las ciudades y algunas, como la de Barcelona, han sido especialmente virulentas por la acción de grupos minoritarios. Lo local se ha convertido en nacional. La primavera árabe empezó porque un vendedor callejero tunecino se quemó a lo bonzo y falleció. Ahora nadie es capaz de descifrar lo que está sucediendo en el norte de África más allá del caos generalizado. No sería deseable que eso mismo sucediera en España y, por extensión, en Europa, pero Gamonal y sus incendios por todo el solar español es un aviso a navegantes, es la señal de un hartazgo generalizado de la sociedad española frente a los que la gobiernan.

            Un amigo argentino, antiguo militante de la izquierda que hubo de huir de su país para no ser chupado por los milicos, se mostraba sorprendido de lo que está sucediendo en España. “En Argentina, un gobierno como el que tienen ustedes lo habríamos tumbado hace ya mucho tiempo”, en referencia a Fernando de la Rúa que en 2001 hubo de abandonar la Casa Rosada en helicóptero tras el asedio de los manifestantes.

            Días atrás El Roto, ese genial dibujante renacido de Ops, publicó una viñeta en El País que resume lo que sucede. Un sujeto lanza una piedra contra la cristalera de un establecimiento. Hay un diálogo breve que ilustra el dibujo: “Voy un momento al banco” le dijo a su mujer. “¿Y esas piedras?”, preguntó ella. “Son para hacer un ingreso”.

José Luis Muñoz

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