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Futuro imperfecto, subjuntivo y condicional

Por José Antonio Olmedo López-Amor , 27 julio, 2014

“El futuro tiene muchos nombres.

Para los débiles es lo inalcanzable.

Para los temerosos, lo desconocido.

Para los valientes es la oportunidad”.

                       Víctor Hugo

 

El futuro es ese lugar imaginado donde viven los sueños, las esperanzas, un lugar al que nos encaminamos por senderos distintos, el inhóspito mar que irremediablemente abrazará las corrientes humanas de nuestras azarosas vidas. Algunos se empeñan en oscurecer ese futuro, o tal vez en manipularlo para que discurra a su antojo y aunque sabemos que gran parte de ese devenir lo configura el pasado, por suerte no hay matemática posible que vaticine su resultado final, o debería decir su desenlace final, ya que ese resultado como cima y cumbre de toda vida o inteligencia pensante es sin duda la muerte.

El futuro es el lugar donde pasaremos el resto de nuestra vida, por tanto durante nuestro presente invertimos toda nuestra organización y energía para intentar garantizar que la felicidad formará parte de ese acontecer que nos espera, volcamos todo lo que somos intentando influir en el albedrío del caos que seguramente no escuchará nuestras peticiones, pero nos tranquiliza intentarlo.

Hay personas que aceptan su vida tal y como viene, que no les asusta lo que el futuro les depare, otros desean averiguarlo de antemano y ponen sus ilusiones y dinero en manos de videntes. Los hay que no piensan en el mañana, como también los que todo lo que hacen es pensando en ese tiempo, y sin embargo no hay futuro para todos, y su cúpula de cristal se resquebraja por momentos en función de nuestros actos.

¿A qué tipo de futuro podemos aspirar viviendo en una sociedad corrompida que no es más que una dictadura disfrazada? Si obedecemos, sin duda optamos a un futuro de sumisión y sufrimiento, si desobedecemos, cambiaremos la sumisión por lucha, pero persistiremos en el sufrimiento ya que luchar no significa vencer. Sin duda como sociedad nos hemos equivocado, hay líneas que nunca debimos traspasar, y si hoy podemos llenar hojas enteras con todas nuestros desengaños y atropellos, quizá sea por haber tomado decisiones a la ligera o por no haber cuestionado a quien manipulaba los hilos.

Si el sistema fracasa, el futuro debería estar en manos del pueblo, debemos comenzar un protocolo de emergencia, pero lejos de votos en urnas y de politiqueos jerárquicos, lejos de todo lo que ha fracasado fehacientemente. El pasado nos enseña que la Historia ha sido escrita con sangre, con explotación, con guerras, con una flagrante vulneración de los derechos humanos, los presentes deben ser siempre una transición, pero para aspirar a algo más hay que aprender de lo vivido y no ir repitiendo los errores.

Soñamos la grandeza de bellezas no ocurridas, porque venimos de lo tristemente acontecido, e ignoramos que quizá en lo venidero es donde la realidad reserva toda su crudeza.

Venimos de un extenso y dilatado pasado constatado, vivimos el más breve tiempo que existe, el presente, y estamos condenados a desarrollarnos y morir en un futuro incierto y desconocido que será el continente y testigo del universal porvenir.

En la filosofía del “nunca tiempo” el eterno presente es la creencia de que el pasado y el futuro son irreales y el presente es el único y constatable bastión en que vivimos.

Tanto el pasado, como el presente o el futuro son ámbitos del Tiempo, esa cuarta dimensión que nos flagela y somete a sus escarnios, y el ser humano, en su intento por trascender al imposible, ha inventado el Arte o la Religión, disciplinas que luchan contra el veredicto de la Ciencia o el Pensamiento, materias que nos tachan de efímeros e insignificantes.

 

Mientras exista la vida habrá un futuro para alguien y cuando ya no exista un ápice de ella, seguirá muriendo un presente para que nazca un futuro, continuará el eviterno ciclo mecánico del Universo más allá de nosotros y de nuestras tentativas. Entretanto, seguiremos escudriñando los posos del café, las cartas o las bolas de cristal con el ansia de encontrar un atisbo de futuro, seguiremos padeciendo esa necesidad de saber qué nos espera más allá del mañana porque está en nuestra naturaleza conocer los secretos que duermen en lo desconocido, entre otras cosas, para dejar de temerlo.

 

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