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Fronteras del arte y la propaganda

Por Eduardo Zeind Palafox , 28 diciembre, 2018

 

Por George Orwell

Traducción: Eduardo Zeind Palafox 
Hablo de la crítica literaria, y en el mundo en que actualmente vivimos eso es casi tan poco prometedor como hablar de paz. Esta no es pacífica era, y no es tampoco crítica era. En la Europa de los pasados diez años la crítica literaria del viejo tipo -crítica realmente juiciosa, escrupulosa, imparcial, que trataba a la obra de arte como a algo valioso en sí- ha sido casi imposible.
Si miramos atrás, en la literatura inglesa de los pasados diez años, atendiendo no tanto la literatura, sino la prevaleciente actitud literaria, lo que descubrimos es que casi ha cesado de ser estética. La literatura ha sido anegada por la propaganda. No digo que todo libro redactado durante tal período ha sido malo. Pero los escritores característicos de la época, personas como Auden y Spender y MacNeice, han sido didácticos, escritores políticos, estéticamente conscientes, claro, pero más interesados por lo temático que por lo técnico. Y la más animosa crítica ha sido casi obra total de escritores marxistas, de personas como Christopher Caudwell y Philip Henderson y Edward Upward, quienes virtualmente ven en cada libro un panfleto político, quienes están más interesados en las implicaciones políticas y sociales que en las cualidades literarias en sentido estricto.
Esto es muy notable porque causa un estridente y repentino parangón con el período inmediatamente anterior. Los escritores característicos de los años veinte -T. E. Eliot, por ejemplo, o Ezra Pound y Virginia Woolf- fueron escritores que enfatizaron lo técnico. Ellos tuvieron sus creencias y prejuicios, es claro, pero se interesaron más en las innovaciones técnicas que en cualquier implicación moral, filosófica o política que pudiera contener su trabajo. El mejor de ellos, James Joyce, fue un técnico y muy poco más, algo cercano al escritor que es artista “puro”. Incluso D. H. Lawrence, que fue un “escritor comprometido”, más que los de su tiempo, tuvo no mucho de lo que debemos hoy llamar conciencia social. Y aunque he ceñido el asunto a los años veinte, eso ha sido realmente lo mismo más o menos desde 1890 en adelante. A través de todo ese período, la noción de que la forma importa más que el contenido, del “arte por el arte”, ha sido aceptada. Hubo escritores que discordaron -Bernard Shaw fue uno-, pero tal fue la prevaleciente perspectiva. El más importante crítico del período, George Saintsbury, fue hombre muy mayor en los años veinte, pero tuvo poderosa influencia hasta 1930, y ostentó siempre con firmeza la actitud técnica. Aseveró que él mismo podía juzgar cualquier libro sólo por su ejecución, por su manera, y fue siempre desatento ante la opinión de los autores.
¿Y cómo considerar tan repentino cambio de perspectiva? Por los fines de los años veinte se tomaba un libro, por ejemplo, de Edith Sitwell sobre el Papa, libro completamente frívolo en cuestiones técnicas y que trataba a la literatura como si ésta fuese un bordado, casi como si las palabras carecieran de significado: y pocos años después se leía a un crítico marxista como Edward Upward clamando que los libros son “buenos” sólo si son de tendencias marxistas. En cierto sentido ambos, Edith Sitwell y Edward Upward, fueron representativos de tal período. La pregunta es: ¿por qué dichas perspectivas deben de ser diferentes?
Creo que debemos observar las razones en las circunstancias externas. Ambas, la estética y la política actitud hacia la literatura fueron producidas, o de algún modo condicionadas, por la atmósfera social de cierto período. Y ahora, que otro período acaba -el hitleriano ataque a Polonia en 1939 acabó tan determinantemente con una época como la gran crisis de 1931 acabó otra-, eso se puede relacionar y se puede ver con más claridad que ha pocos años el modo en que la actitud literaria fue afectada por eventos externos. Algo que sorprende a cualquiera que mira sobre los pretéritos cien años es que la crítica literaria valiosa y la crítica actitud hacia las letras poco existió en Inglaterra entre 1830 y 1890, más o menos. No es que buenos libros no hayan sido producidos en tal período. Varios de los escritores del tiempo, como Dickens, Thackeray, Trollop y otros, probablemente serán recordados más largamente que cualquiera posterior a ellos. Mas no fueron victorianas figuras literarias parangonables con Flaubert, Baudelaire, Gautier y varios más. Lo que ahora nos parece escrúpulo estético difícilmente existió. Para el victoriano escritor un libro era parte de algo que acarreaba dinero y vehículo para sermonear. Inglaterra mudó rápidamente, y una nueva, adinerada clase ascendió desde la ruindad de la vieja aristocracia, y una larga tradición artística fue derruida. La medianía del siglo XIX tuvo escritores bárbaros que fueron ingeniosos artistas, como Dickens.
Mas en la final parte del siglo el contacto con Europa fue restablecido mediante Mattew Arnold, Pater, Oscar Wilde y varios más, y el respeto por la forma y la técnica literarias retornó. De ahí surge realmente la noción de “el arte por el arte” -frase muy fuera del uso, pero mantenida por ser la mejor a la mano-. Y la razón por la que mucho floreció y fue tenida por cierta fue que el completo período entre 1890 y 1930 fue de excepcional comodidad y seguridad. A eso podemos llamarle el dorado atardecer de la era capitalista. Incluso la Gran Guerra no lo perturbó. La Gran Guerra mató diez millones de hombres, pero no perturbó el mundo como ésta lo perturbará y ya lo perturba. Casi todo europeo entre 1890 y 1930 creyó tácitamente que la civilización perduraría. Se podía ser afortunado o desafortunado individualmente, pero se sentía por dentro que nada podía fundamentalmente mudar. Y en tan laxa atmósfera intelectual, y además diletantista, creerlo era posible. Ese sentimiento de continuidad, de seguridad, posibilitó que un crítico como Saintsbury, añejo Tory y gran eclesiástico, fuese escrupulosamente justo con libros redactados por hombres cuyas perspectivas políticas y morales él detestó.
Mas desde 1930 tal sentimiento de seguridad no existió. Hitler y la crisis lo derruyeron tanto como la Gran Guerra y hasta la Revolución Rusa no lo hicieron. Los escritores que devinieron de 1930 vivieron en un mundo en que no sólo la propia vida, sino el entero esquema de valores propios era constantemente amenazado. En dichas circunstancias la laxitud era imposible. No se podía adoptar interés puro en la afección aniquiladora, y no se podía desapasionarse por el hombre que cortaba las gargantas. En un mundo donde fascismo y socialismo bregaban entre sí, cualquier persona pensante debía adoptar partido, y sus sentimientos buscaban camino no sólo en la escritura, sino también en los juicios literarios. La literatura fue política porque cualquier otra cosa podía implicar deshonestidad mental. Las inclinaciones y desdenes estaban muy cerca de la conciencia para ser soslayados. Los libros con tema parecieron urgentemente importantes, tanto, que el modo en que fueran redactados parecía casi insignificante.
Y tal período de diez o más años en que la literatura, y hasta la poesía, fueron entreveradas con el panfleto, fue gran servicio para la crítica literaria porque destruyó la ilusoria puridad estética. Nos recordó que la propaganda, en una forma u otra, se oculta en todo libro, que cada obra de arte porta un significado y un propósito -político, social, religioso-, que los juicios estéticos son siempre llenados por nuestros presupuestos y creencias. Eso quita crédito a eso de “el arte por el arte”. Hoy conduce a callejón sin salida porque causó que innúmeros jóvenes escritores que trataron de atar las mentes a la disciplina política, de haberlo hecho habrían imposibilitado la honestidad mental. El único sistema abierto de pensamiento del tiempo fue el marxismo oficial, que demandó lealtad nacionalista para con Rusia y forzó al escritor que se autodenominaba marxista a entreverarse con las deshonestidades del poder político. Pero aunque eso fuese deseable, los presupuestos que tales escritores esgrimieron fueron de repente derruidos por el pacto ruso-germano. Muchos escritores de alrededor de 1930 descubrieron que no podían en realidad deslindarse de los contemporáneos hechos, y muchos de alrededor de 1939 descubrieron que en realidad no podían sacrificar la integridad intelectual movidos por credos políticos -o al menos no podían hacerlo y seguir siendo escritores-. El estético escrúpulo no basta, pero la política rectitud tampoco. Los hechos de los pretéritos diez años nos dejaron en vacuidad y a Inglaterra momentáneamente sin tendencia literaria visible, pero nos ayudaron a definir mejor de lo que era posible las fronteras del arte y la propaganda.-

Listener, 30 de abril de 1941

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