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Frágiles

Por Fernando J. López , 6 Febrero, 2015

Tenía solo 15 años.

Nadie entiende cómo ha sido posible. Silencio. Rabia. Consternación. Los pasillos del centro escolar enmudecen y se detiene el habitual ruido que los anima cada mañana. Se ha quitado la vida, susurran. ¿Pero cómo es posible? Cuesta mirarse a los ojos. Hablar. Encontrar las palabras para describir lo sucedido. Pero hay que romper esa maraña de sombras para volver a dar con el camino hacia la luz. Es necesario poner palabras a la tragedia. Verbalizar el dolor -la herida que ya siempre acompañará a sus compañeros, a sus profesores, a su familia- y buscar las causas. No puede repetirse. La muerte no puede ser, además de cruel e innecesaria, también inútil.

Demasiado tiempo mirando hacia otro lado. Omisiones. Ausencias. Pasividad ante los ataques minúsculos y cotidianos. Un maricón en la pizarra. Una nota por debajo de la mesa. Un empujón en el patio. Un mensaje en Twitter. Nada importaba demasiado. No era más que una broma. Es habitual en esta edad, pensaban quienes debían tomar medidas. Los adultos que permitieron que lo minúsculo se hiciese mayúsculo. Los que se convierten -nos convertimos- en cómplices cuando no intervenimos ante ese dolor de quien no sabe siquiera expresar el dolor que le provoca la asfixia. Y el acoso.

Esto debería ser ficción. O un texto desfasado y anacrónico. Pero es un hecho real. Reciente. De esta misma semana. De este mismo país. Un hecho con nombres y apellidos. Con miradas reales de ese dolor indeleble que les acompañará siempre. Que nos culpabiliza a todos. Las cifras y las estadísticas están ahí. Crecientes y alarmantes. Con un  número imposible -indeseable- de adolescentes que se suicidan cuando descubren su homosexualidad. Que no encuentran el apoyo dentro ni fuera del aula, porque se niegan su identidad en el centro escolar y también fuera, en la familia. Ese silencio -esa doble negación- hace que en estos casos el bullying se vuelva letal. Un arma contundente que resulta difícil de manejar cuando uno, con apenas quince años, se está buscando. Cuando somos tan frágiles como lo fuimos todos cuando teníamos esa misma edad.

Llevo días con esta historia en la cabeza. Atormentándome. Preguntándome qué hacemos mal. Qué falla para que este dolor siga sucediendo. Qué podemos hacer para evitarlo. Y sólo sé que, de momento, pienso seguir escribiendo sobre el tema. Y continuaré blandiendo mis ficciones teatrales y novelísticas como arma. Porque la ficción también nos educa. Nos da modelos. Nos abre horizontes. Y eso es lo que, ahora mismo, me parece urgente lograr. Conseguir que quienes se sienten encerrados bajo esa opresión y esa violencia ajena -sorda y contundente- del acoso sepan que el horizonte va mucho más allá. Que no están solos. Que no están solas. Que al otro lado del espejo somos muchos. Y que los esperamos para compartir experiencias. Caminos. Y, sobre todo, vidas.

La vida, siempre la vida, es la única respuesta.

 

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