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Por Francisco Delgado-Iribarren , 6 junio, 2014

 

El Rey Don Juan Carlos I, Don Felipe y Doña Letizia

El Rey Don Juan Carlos I, Don Felipe y Doña Letizia

¿Qué tienen en común el éxito en las urnas de Podemos y la abdicación del Rey Juan Carlos I? Que ambos sorprendentes hechos provocan en los españoles una misma instantánea reacción: ponerse a concebir, diseñar, realizar y producir fotomontajes destinados al circuito de los mensajes de WhatsApp y de las redes sociales.

Por ahora la renuncia del monarca se lleva la palma: el mirador discreto ha contabilizado hasta 21 fotomontajes sobre la histórica borbónica decisión, y eso que no es muy de WhatsApp. El inventario comprende las siguientes imágenes: el Rey disfrazado de Pablo Iglesias, el Rey que se va a Benidorm, el cartel de El Rey León, Felipe VI transmutado en Felipe Sesto, Don Felipe celebrando su salida de la cola del INEM, la Reina Doña Sofía triste, el Príncipe Carlos de Inglaterra quejándose a su Mamá, Doña Letizia comparada con Maléfica, Doña Letizia con una corona del Burger King… Etcétera.

La creciente moda de recibir los acontecimientos públicos con chistes digitales apunta a dos conclusiones evidentes: que los españoles, en general, vamos sobrados de ingenio, y que nos lo tomamos (casi) todo a broma. La actitud de tomárselo todo a broma tiene en nuestro país muchos defensores pero también no pocos detractores. A mí, ya que me preguntan, me suscita una pavorosa reflexión, y no puedo evitar imaginarme que al día siguiente de proclamarse una Cataluña independiente, al día siguiente de solicitar un rescate el Estado, al día siguiente del estallido de un fuerte conflicto social, seguirían circulando por los dispositivos móviles chistecitos sobre la materia de que se tratara.

También me pregunto si hay algún país en el mundo que se tome tan a cachondeo su más alta institución política, y me respondo que seguramente no. ¿Pasará esto con la flamante Corona británica? Me imagino que no; no, desde luego, a este nivel, y esa cultura de la reverencia y el respeto está estrechamente vinculada a la solidez de la Corona británica y su altísima aceptación social, que ronda el 80 por ciento. Años ha, en un viaje a Londres, asistí a un cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Junto a la fuente exterior desde donde contemplaba había un padre y un hijo, españoles de origen pero británicos de adopción. Rezumaban amor por los símbolos nacionales. Una de las frases que dijo el hijo al padre nos resultó chocante a los viajeros españoles: “Su Majestad está en palacio”. ¿Quién, en España, se hubiera expresado así?

Claro, que cada país tiene su estilo, con sus pros y con sus contras. Si aquí la próxima Reina Letizia apareciese, como Isabel II en la apertura del parlamento de Westminster, con una corona de ese calibre, como “la corona imperial repleta de fabulosas piedras de incalculable valor, cada una de las cuales encierra una fantástica historia”, si apareciese así, digo, no duraría ni dos telediarios, si me permiten la expresión. Por no imaginarla con el descollante collar de diamantes de Her Majesty o montada en una suntuosa carroza de 3,6 millones de euros. Una de las ventajas no escatimables de la monarquía española es ser de las más austeras del mundo, si no la más.

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