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Extranjeros

Por Carlos Almira , 18 abril, 2015

La muerte de seres humanos ha dejado hace tiempo de ser noticia en los países desarrollados. Todas las semanas decenas, centenares de inmigrantes africanos mueren en el intento de arribar a una Europa que, francamente, parece observarlos desde lejos con una mezcla de aprensión, extrañeza y mala conciencia (y la mala conciencia, como saben bien los empresarios de la comunicación, no vende bien).
¿Quiénes son estos inmigrantes? ¿Qué quieren? ¿Por qué se arriesgan a un viaje sin retorno, venden lo poco que tienen y se entregan a las mafias? ¿Por qué no solicitan su visado en los consulados y embajadas de los países a los que quieren emigrar? ¿Por qué vienen sin permiso de trabajo, sin papeles? Pero sobre todo, ¿qué pasaría si los dejáramos entrar a todos en “nuestros” países? ¿Qué sería de nuestros pueblos, nuestras ciudades, de nuestras escuelas, nuestros hospitales, “nuestras” empresas? He aquí algunas de las inquietudes que nos embargan ante la desgracia de estos seres humanos.
En la Naturaleza, los seres vivos emigran en función de los recursos. Durante la estación seca o en el rigor del invierno, centenares de aves, de mamíferos, se desplazan en busca de agua, de insectos, de pasto… Es lo natural. En cambio, en nuestras sociedades humanas actuales son los recursos los que se desplazan, según la conveniencia de sus dueños. ¡La Economía y la propiedad son algo muy serio! La gente, la opinión pública, ve normal que un empresario, una multinacional, cierre su negocio y se traslade a otro país, dejando en la estacada a sus trabajadores. Lo ve natural porque el incentivo del beneficio y el libre dominio sobre lo que es de uno es la base de nuestra Civilización.
Sin embargo, los hechos son tozudos, contundentes. Cuando los Estados permiten la libre circulación de capitales y, a la vez, regulan y restringen la inmigración, el resultado asombroso es un aumento del paro, una precarización del trabajo en un contexto de envejecimiento de la población. Es sabido que, con los años, además de llenarnos de prejuicios y rutinas (con honrosas excepciones), nos volvemos desconfiados y conservadores. Los extranjeros vienen a quitarnos el trabajo, a arruinar el futuro de nuestros hijos, a encerrarse y a encerrarnos en gethos, a imponernos sus costumbres. Es normal que los honrados empresarios y sus administradores hagan las maletas y se vayan a otra parte. Ya volverán cuando vuelva la cordura.
A nadie se le ocurre pensar que si en un pequeño pueblo minero, si en una ciudad industrial o portuaria ya no hay trabajo, la culpa no es de los inmigrantes (condenados a muerte en sus países y a esclavitud aquí), sino del honrado propietario que cerró su negocio, por la sencilla razón de que ningún trabajador, por muy extranjero e “invasor” que sea, puede ocupar un puesto de trabajo que ya no existe.
En vez de imitar a la Naturaleza, fijar en lo posible los recursos al territorio, proteger los medios de vida naturales y humanos para el mañana (recordando y reivindicando el antiguo significado griego de la palabra economía, oikos-nomos, administración de la casa), nos empeñamos en prohibir a las personas el derecho, el impulso natural, a procurarse su subsistencia allí donde puede, es decir, donde están los recursos.
¿De quién es la Tierra? ¿Dónde está el testamento de Adán, como decía desafiante, el rey de Francia Francisco I, al papa y a su enemigo, Carlos I de España y V de Alemania, a propósito del reparto de las recién descubiertas y feraces Indias Occidentales? ¿Quién ha dicho, y en qué argumento de Razón puede apoyarse, que por el azar de haber nacido en las Ardenas o en California, yo y mis hijos somos los dueños de esa tierra hasta el extremo de poder excluir, aun condenándolos a muerte, al resto de la humanidad?
Si la Naturaleza no hubiese sido domesticada y sometida por la tecnología (no por el saber), hace tiempo que decenas de miles de africanos habrían pasado a Europa (y desde México y el Caribe habrían hecho lo propio otros tantos miles de sudamericanos, rumbo a los EE.UU. y Canadá). Nada hubiese podido pararlos. Las poblaciones van donde están los recursos. Es una ley de hierro. Tiene que ver con nuestro impulso, nuestro sano instinto de supervivencia. En el caso humano, también tiene que ver con nuestra propensión a vivir ya en el mañana.

naufragio de inmigrantes

naufragio de inmigrantes

Tres fuerzas, decía el poeta, no pueden ser retenidas por ninguna frontera: el viento, la lluvia y el mañana. ¿Qué pasaría si la gente viese en el capital que se mueve sin traba alguna por el mundo entero, la verdadera amenaza, la fuerza destructora de la comunidad humana, y tratase de fijarlo al territorio? ¿No ha sido la prosperidad lo que nos ha hecho irremediablemente viejos? ¿Cuántos africanos se ahogarían cada semana en el Mediterráneo si nuestras honradas Sociedades Anónimas, con la connivencia de sus gobernantes y los nuestros (he aquí los verdaderos extranjeros, los auténticos bárbaros), no llevasen esquilmando sus países desde hace décadas?
Nos hemos resignado a lo peor de la Antigüedad. Para los griegos y los romanos, el trabajo era algo despreciable, propio de esclavos. Pero los esclavos eran siempre los otros, los excluidos, los extranjeros. Sobre ellos, el señor tenía un poder discrecional (incluso soberano). ¿No nos suena esto familiar? Hoy los dueños de la tierra vuelven a tener el viejo poder de vida y muerte. Ellos son los dadores de vida, ya que el trabajo es la única forma de vida (fuera de la propiedad) en nuestra sociedad. Despedir a un empleado es abrirle las puertas de la exclusión, de la muerte social. El esclavo era y es un muerto social (alguien a quien se ha permitido vivir, a cambio de someterse sin límites), además de un extranjero. Sólo nos falta ser extranjeros para pasar de la condición de asalariados “libres” a la de dependientes. Nuevos esclavos. Los esclavos del siglo XXI.
Es una lástima. Los inmigrantes que se han ahogado esta semana intentando alcanzar Italia estaban irremediablemente unidos a nuestro destino y al de nuestros hijos. Mucho más de lo que pensamos. Pero esta es otra historia.
(Ya pueden cambiar de canal).

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