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Espíritu de sacrificio

Por Beatriz Obeso , 29 agosto, 2016

El espíritu de sacrificio es un término que he oído en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida. Es aquello que tenían nuestras abuelas, que tenían nuestras madres, y que a nosotras mujeres de terceras generaciones se nos dice (de manera reprobatoria en muchas ocasiones) que es algo de lo que carecemos. No se refiere a ese espíritu de sacrificio que era trabajar incontables horas por un mísero sueldo, creo que eso hoy en día es la premisa laboral para casi cualquier joven de nuestra generación. Específicamente, el espíritu de sacrificio al que nos referimos si lo aplicamos a nuestras abuelas y madres, es el sacrificio de una misma. El paso de ser una misma, a ser mamá, hermana, abuela, a ser siempre por y para alguien. A ser en función de. Una existencia marcada por una finalidad muy clara; dar siempre en desigualdad de condiciones.

Puede parecer exagerado, sin embargo, si nos paramos a pensarlo éste es uno de los primeros mensajes que nos llega desde bien pequeñas, incluso hoy en día. Es un mensaje que se nos transmite en el día a día familiar, cuando a las hermanas se las exige hacerse cargo del cuidado de la casa y de otros familiares, y si no cumplen, se las recrimina el no haber estado más “atentas a las necesidades” del resto de los familiares, mientras que a los varones de la casa se les disculpa con frases como: “¡Es un chico! Ya sabes que no se fijan en estas cosas…” Parece ser que por ser mujer, en mi ADN debe estar escrito mi atención al detalle, la voluntad de sacrificio y de agradar, de hacerlo todo más fácil, por lo que evidentemente si no parezco disponer de una clara predisposición para cumplir estas expectativas hay una consecuencia, es más hay algo que no debe estar “bien” conmigo como mujer. No hay nada peor que una mujer egoísta entonces. Este mensaje del que hablo se transmite de numerosas maneras, y podría poner muchos ejemplos y relatar muchas experiencias que he oído, visto e incluso vivido por mí misma, pero me parece que la más llamativa para este caso en concreto es la llegada del primer periodo.

No hay una edad con la que podamos englobar la llegada de la primera menstruación para todas las mujeres, pero sí podemos decir con certeza que cada vez se sucede antes en el desarrollo, con niñas de 10 y 11 años que ya tienen el periodo. A esta tierna edad se te dice que ya eres una mujer, y como mujer debes “ser partícipe de la organización de esta casa, y de la gente que hay en ella”. Como mujer se me insta a cuidar de todos, a mirar por los demás, a anteponer los deseos de mis allegados frente a los míos. La presión que se aplica sobre los hombres de pequeños es la de superación, ser siempre el mejor, proveer. Su realización viene mediante el éxito obtenido por sí mismos, a nosotras, todavía, se nos enseña que nuestra realización viene a través de la felicidad que podamos proveer a otros. Es algo que podemos observar claramente en la gran mayoría de las mujeres en sus treinta años, cuando se enfrentan a la situación trabajo-casa, y como, aún encontramos malas caras o reproches si estas mujeres no han decidido favorecer su situación familiar. Aunque si lo pensamos bien, lo que indignante es que no hemos oído nunca esa pregunta ser formulada a un hombre, ellos no tienen que “sacrificar” su trabajo por su familia. Se les ha venido enseñando que la familia no es su trabajo.

Sacrificio y necesidad de agradar siempre lleva a la sumisión, y a uno de los problemas que más afecta a todas las mujeres, la incapacidad de decir no. Si nos negamos, no agradamos, no hacemos las cosas fáciles y esto es algo con lo que debemos luchar día a día. Porque decir que no a todas estas expectativas, decir tan sólo no, es luchar contra toda la identidad de lo que se nos ha dicho que es ser mujer, mientras aún tenemos que encontrar la nuestra propia.

 

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