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Eslovenia versus Escocia

Por José Luis Muñoz , 11 diciembre, 2018

Dije en un anterior artículo que los independentistas catalanes (no todos; el camino a ninguna parte de Carles Puigdemont y su acólito Joaquim Torra abre brechas, y ahí está Esquerra Republicana de Catalunya marcando diferencias estratégicas) son ciegos y sordos, pero no mudos, y el president, que no preside ningún gobierno, puesto que no hay Govern en Catalunya y los problemas de los ciudadanos de a pie siguen sin solucionarse a la espera de que la paradisiaca república se implemente y se aten perros con longanizas, habla demasiado, como antes de ser president había escrito más de la cuenta. De lo escrito entonó su mea culpa; de lo hablado, estamos esperándolo.

La última ocurrencia de Torra, antes de someterse a un ayuno voluntario en la abadía de Montserrat, ha sido apelar a la vía eslovena (la unilateralidad) frente a la escocesa (el pacto). La unilateralidad eslovena trajo como consecuencia una breve guerra de diez días que dejó unos cientos de muertos, una bagatela, es cierto, si lo comparamos con los procesos secesionistas que se desencadenaron a continuación en Croacia y Bosnia Herzegovina que dejaron más de cien mil víctimas mortales, centenares de miles de heridos y miles de mujeres violadas en una guerra atroz que horrorizó a una Europa paralizada ante la masacre. De acorde con esto, el exiliado Antoni Comín nos anima a los catalanes a asumir una cierta dosis de drama en el camino que nos queda. Póngase a la cabeza, oiga.

A ver. ¿Para qué? ¿Para qué el drama y una vía eslovena, me pregunto? ¿Para llevarnos adónde? El independentismo catalán sigue siendo un movimiento emocional y no racional, millones de catalanes han comprado un sueño hoy por hoy irrealizable y, lo más grave es que, como en un ataque de sinceridad declaró Clara Ponsatí, los guías de ese procés siempre fueron de farol. No hay absolutamente nada, pero nada, aparte de humo, detrás de ese proyecto de país que no convence a la mitad de la población de Catalunya. No hay visos, ni por asomo, de reconocimiento internacional a no ser que Vladimir Putin esté interesado en tener una base naval en el Mediterráneo. No hay ningún estudio de viabilidad económica de esa República, nadie ha puesto números sobre la mesa de lo que nos costaría, a cuantas generaciones tendríamos que condenar a la pobreza, a no ser que Catalunya se convierta en paraíso fiscal y atraiga capitales de dudosa procedencia. Nadie se plantea, lo que para ellos debe ser una minucia, lo que costaría un ejército que defienda las fronteras (Artur Mas, en su día, adujo que se pagaría al ejército español por ese servicio). Y falta lo fundamental, convencer, y no llevan trazas, a la mitad de Catalunya que no lo ve claro, porque se olvidan que en la vía eslovena, a diferencia de lo que sucede en Catalunya, más del 80% de la población estaba por la secesión.

El triunfo de VOX en Andalucía da alas a los ingenieros del procés. Esa España de pandereta, tauromaquia, caza en cortijos, xenofobia, homofobia, a por ellos y novios de la muerte, cutre y fascistoide, es la caricatura que quieren se extienda por toda la piel de toro para alimentar el supremacismo catalán. Engañan, porque no creo que se autoengañen, diciendo que eso es España. El movimiento independentista catalán está tan huérfano de líderes como de seny. Que me perdonen los escultistas, pero las cabezas visibles del movimiento parecen haber salido de los Boys Scouts.

El radicalismo de los nuevos independentistas, los herederos directos de la corrupción pujolista, contrasta con la sensatez, salvo rufianes, de los de siempre. El único proyecto, a corto y a largo plazo, de Waterloo es que se les aplique, con más dureza si cabe, el 155, porque no hay nada más. Confío en que el gobierno de España sea suficientemente inteligente para no hacerles el juego.

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