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Escupiré sobre su tumba

Por José Luis Muñoz , 28 agosto, 2018

Boris Vian se convertía en Vernon Sullivan cuando abordaba la literatura negra, como John Bainville se transforma en Benjamin Black hoy en día. Pero no voy a hablar del autor francés, ni de su novela más conocida junto a La espuma de los días,  ni del británico ganador del Príncipe de Asturias, ni de literatura negra pero sí de un período oscuro de la historia de mi país, y lo hago al hilo de ese decreto ley del gobierno de Pedro Sánchez que llega muy tarde, con muchos años de retraso, y tanto sarpullido está levantando entre buena parte de la clase política y los medios de la caverna mediática. Exhumar los restos del dictador Francisco Franco ha desenmascarado ese franquismo, que muchos ingenuos creían residual, y ha servido para comprobar el talante democrático del PP y Ciudadanos convertidos en portaestandartes de ese rancio franquismo que permanecía sepultado en el Valle de los Caídos.

Se escuchan estos días frases chocantes (Francisco Marhuenda llamando profanador de tumbas a Pedro Sánchez y negando el carácter fascista del dictador), manifiestos de generalotes en la reserva que loan las virtudes castrenses del dictador y rebuznos en las redes sociales que llaman directamente a la violación y el asesinato de alguna roja lenguaraz que no tiene pelos en la lengua y llama al gobernante asesino por su nombre. Hay quien recuerda, al hilo de este desentierro, las atrocidades cometidas por los rojos, o quien se despacha a gusto, como Eduardo Inda, con Lluis Companys (víctima asesinada por el franquismo), Dolores Ibarruri La Pasionaria o Santiago Carrillo poniéndolos al mismo nivel  que el execrable dictador.

Voy a decir algo sorprendente. No brindé con cava el día que Francisco Franco (la piltrafa sanguinolenta que los suyos trataban de mantener a toda costa con vida) murió,  y no lo hice por dos razones contradictorias. Una, no brindo por la muerte de nadie. Dos, murió en la cama.

Ahora que está tan de moda eso del relato, hay quienes quieren reescribir la historia y presentar al dictador Francisco Franco como un mal menor que acabó con ese carcinoma de una república en la que reinaba el caos y el desorden. Francisco Franco, caudillo salvador de esa España de esencias patrias contra el bolchevismo ateo. El médico que, para curar la enfermedad, mata al paciente. Cierto que la república no era un bálsamo de aceite y que los asesinatos, como el de Calvo Sotelo por guardias de asalto republicanos,  se sucedían a un ritmo parecido a nuestra pacífica Transición, pero la solución quirúrgica fue desatar una guerra incivil que causó un millón de muertos y dejar los restos de ciento ochenta mil fusilados en las cunetas de las carreteras. Estoy obsesionado por las estadísticas y la proporcionalidad. Mil es menos que un millón. Una docena de miles, incluso, es menos que ciento ochenta mil.

Francisco Franco, como Augusto Pinochet, fue un militar golpista y traidor que se alzó contra el orden establecido en una asonada militar que fue el preludio y laboratorio de ensayo de la Segunda Guerra Mundial. La aviación italiana y alemana fue muy decisiva para la victoria de los nacionales ante unos republicanos poco cohesionados que se desgastaban en peleas internas siguiendo esa vieja costumbre de fragmentación de la izquierda en la que todavía seguimos.

En las guerras se cometen salvajadas por los dos bandos, pero la máxima responsabilidad es del que inicia las hostilidades. Toda guerra, en sí misma, es una atrocidad. Y vayamos por bandos para ir colocando muertos en las balanzas. Las sacas de los republicanos de Paracuellos del Jarama, bajo el visto bueno de Santiago Carrillo, fue una lacra y un asesinato a sangre fría de 2,500 prisioneros nacionales. Entre 3.000 y 5.000 civiles fueron asesinados cuando huían en la Desbandá de Málaga a Almería. El general Queipo de Llano alentaba a la violación masiva de rojas a sus soldados desde los micrófonos de Radio Sevilla: “Después de todo, estas comunistas y anarquistas de lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”. Y así se hizo, sobre todo por parte de los siniestros batallones marroquíes de las cabilas, integrados en la cruzada cristiana, que violaban y asesinaban a sus víctimas, no siempre en el mismo orden. Murieron miles de nacionales (1.800 sólo en Madrid), y anarquistas y trostkistas, en las siniestras checas, previamente torturados, una página infamante del bando republicano, pero el general Yagüe se cebó en Badajoz asesinando a cuatro mil personas en dos días en su plaza de toros, a bayonetazos, cuchilladas, en una orgía de horror y sangre en la que la legión y los batallones de moros se emplearon a fondo en el arte de violar y mutilar: los moros, además, cortaban las cabezas de los prisioneros para arrancarles posteriormente los dientes de oro, y castraban a los soldados. Cruzada cristiana, se llamó, y fue bendecida por la jerarquía eclesiástica. La iglesia, en España y en Argentina, estuvo al lado de los golpistas.

Toda guerra es un descenso al horror, abrir la puerta del infierno, y la de España fue singularmente espantosa porque se mataban vecinos, familiares combatían en bandos opuestos y se producían ajustes de cuentas. Pero, repito, la guerra incivil  fue la intervención quirúrgica (un millón de muertos) que se le ocurrió a Francisco Franco y a su banda de generales traidores para acabar con el desorden de la república e instaurar durante 40 años la paz de los cementerios.

Nací el año en el que el infame Queipo de Llano, el que alentaba a la violencia sexual contra las mujeres rojas, moría y recibía cristiana sepultura. Sufrí, como casi todos los niños de mi generación, el adoctrinamiento del nacionalcatolicismo instaurado en las escuelas, un modelo de educación carca que relegaba a las chicas a aspirar a su papel de ama de casa, ser sometidas a su marido o estudiar comercio, las más afortunadas. A los chicos nos sometían a diario a una disciplina militar en los patios de los colegios en la que debíamos formar, permanecer firmes mientras subía el emblema nacional del aguilucho y cantar el Cara al sol brazo en alto. La letra entraba literalmente con sangre en las aulas. Los maestros, los hermanos o los curas tenían licencia para pegar hasta la saciedad a los alumnos díscolos o incómodos. Desde los púlpitos de las iglesias los curas, los mismos que habían apoyado esa cruzada nacional, nos aterrorizaban con las llamas eternas a los pecadores. La historia de España era completamente tergiversada. El cine era un mero instrumento de adoctrinamiento para laminar las culturas periféricas (vasca, catalana y gallega) e imponer el folklorismo andaluz. En las casas se hablaba, en voz baja, contra los desmanes del dictador, siempre con el miedo al chivatazo o que alguien afecto al régimen escuchara esas palabras y metiera a toda la familia en un brete. Se vivía en un estado terrorista de la mañana a la noche y la libertad de expresión se podía ejercer de puertas adentro con reparos. Yo, niño, vivía con horror la noche del domingo porque el lunes debería ir a la escuela franquista.

Luego, cuando crecí, empecé a sentir la perniciosa influencia de ese régimen castrador dirigido por un hombrecillo de voz atiplada que laminaba todas las libertades, imponía el silencio, consideraba inapropiadas determinadas novelas, películas o ensayos, así es que para tomar oxígeno había que ir a París, a la librería del Ruedo Ibérico, y adquirir libros prohibidos que, para el régimen fascista, eran tan peligrosos como las armas. Siempre nos quedó París.

La gran frustración de los demócratas españoles que nos jugábamos el cuello fue no haber conseguido derribar ese régimen autoritario que durante cuarenta años hizo de España un páramo cultural y social, y siguió fusilando y encarcelando. Nos faltó valor, seguramente, y no calibramos a ese férreo núcleo franquista enquistado en la sociedad española que aún sigue defendiendo al dictador con uñas y dientes, señalando sus aciertos (los pantanos; la seguridad social; no habernos metido en la segunda Guerra Mundial) y olvidando sus atrocidades. Porque la postguerra, y sus ciento ochenta mil fusilados, y la dictadura, con sus encarcelados, torturados y asesinados, y el oscurantismo cultural, fueron atroces. Aun no entiendo que no saliéramos de ese oscuro período traumatizados, que no nos convirtiéramos en carne de psiquiatra.

La represión siguió siendo feroz hasta el último suspiro del dictador. Ese sanguinario y sanguinolento espantajo siguió dictando sentencias de muerte en juicios sumarísimos sin garantías procesales, matando mientras se moría, sorbiendo sangre ajena mientras se desangraba por dentro. Era un vampiro. Sangre y muerte en las universidades, en las fábricas, en las calles de una España que intentaba, sin éxito, sacudirse ese régimen dictatorial porque esa otra España, la que hiela el corazón, aplaudía al general golpista y las armas las tenía él. Media España sufría en sus carnes los porrazos y disparos de los grises, eran golpeados con saña en los calabozos, y otra media España, que no queríamos ver, vitoreaba al dictador en la Plaza de Oriente.

El pasado vuelve cuando se va a desenterrar esa momia del Valle de los Caídos, porque el pasado sigue vivo, y siguen vivas las heridas, las cicatrices, en esa España irreconciliable. Yo no busco reconciliarme con esa España carca, fratricida, inculta, anclada en el pasado, que no me interesa y la ignoro, con la que nada tengo que ver salvo compartir un idioma común. Ese no es mi país como esa, la rojigualda, jamás será mi bandera. No se puede pedir que la víctima se abrace al verdugo, máxime cuando el verdugo no se reconoce como tal y se enorgullece de serlo. No escupiré sobre la tumba de ese general traidor, amigo de Adolf Hitler y Benito Mussolini, que arruinó la vida de generaciones y laminó mi infancia, adolescencia y juventud, pero vaya desde aquí mi desprecio más absoluto hacia él y todo lo que representa.

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