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Entrevista a Asier Aparicio Fernández

Por David Acebes , 24 Octubre, 2016

Asier Aparicio Fernández. Nace en 1976 en el País Vasco, pero desde niño reside en Palencia. Es licenciado en Teología y Diplomado en Educación Social. Trabaja como profesor de ESO y Bachillerato en Palencia. Ha publicado más de cincuenta obras de teatro, y el drama histórico Después de las flores, así como las novelas Las voces y las piedras, La espada cincel, Barcos en la llanura, Tesela, y El árbol nazarí. También ha publicado artículos y ensayo en Frente y perfil, poesía en V de verso, y los libros infantiles Ventolino y el rapto real y Ventolino y el collar de la luna. En 2014 recibió el Premio “Un diez para diez” de literatura, por la vinculación de su obra a la comarca de Tierra de Campos. En 2016 ha participado en el documental Canal de Castilla, el sueño ilustrado, y ha sido pregonero literario en las Fiestas patronales de su ciudad.

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A propósito de El árbol nazarí.

D.A.- La primera pregunta es obligada. ¿Dónde crece «el árbol nazarí»? ¿En la tierra sembrada de poesía, como dices en la cita que abre tu novela, o en el interior de nosotros mismos? Está claro que la cosa va de bucear en nuestro interior…

A.A.- “El árbol nazarí”, o la planta que todo lo cura, que “otorga la salvación”, es un mito semejante al  “santo grial” o la “piedra filosofal”. Su búsqueda es existencial, universal; el anhelo humano por hallar nuestra felicidad, “nuestro lugar en el mundo”. El “árbol nazarí” surge dentro de nosotros como tendencia, como deseo de caminar, de ser personas…. Y la poesía es el lugar idóneo, su tierra fértil; el humus donde crece de manera genuina nuestro “yo” más auténtico, donde descubrimos el meollo de nuestra vida. Se puede decir que el “árbol nazarí” se presenta como semilla en toda persona, pero sólo arraiga y cobra belleza en aquellos que lo descubren, que lo cuidan, que lo valoran… Los que no confunden su búsqueda con la simple pesquisa materialista, muy a menudo crematística, de una especie vegetal concreta.

D.A.- Es curioso. Por el título, tal vez por la portada de tu novela que innegablemente nos remite al universo Klimt, nunca hubiera imaginado que estaba a punto de leer una novela de acción. Una novela, casi, casi, de ciencia ficción…

A.A.- La novela posee diversas lecturas, o mejor, diversa intensidad y profundidad según quien la descubra. ¿Es una historia de acción, de ciencia ficción, un thriller…? Lo es, y en ese sentido se trata de un producto “comercial”; quien la lea va a pasar un buen rato, seguro: es ágil, sorprendente… Pero el trasfondo de la trama es también filosófico y metafísico. No olvidemos que detrás del experimento científico subyace la búsqueda existencial del protagonista, un “encontrar su camino a casa”; también el sabio de la Alhambra que lo conduce, Ibn Al Jatib, incluso la construcción de los palacios nazaríes, responden al mismo anhelo.

No concibo la acción sin la reflexión, y viceversa, y creo que es algo que estamos olvidando en nuestra vieja Europa, que tras los discursos debe haber hechos, y detrás de toda actividad una constante revisión de su rumbo, de los motivos que dirigen nuestros actos.

D.A.- Noto en el ambiente literario que la novela fantástica está de moda. Sin embargo, por lo que soy capaz de vislumbrar, tú optas -a propósito- por ambientar tu ficción en el pasado, por lo que también podríamos calificar tu obra como una novela histórica. ¿Es que acaso estamos en presencia de un nuevo género literario? ¿La ciencia ficción histórica?

A.A.- No lo creo. Resulta muy de nuestra época clasificar, etiquetar las cosas. Lo mismo ocurre con los libros en manos de las librerías, de las editoriales… No digo que una historia no beba más de un género que de otro, ¿pero por qué ese afán de meter en cajones, en estanterías? Mi novela tiene un hilo, una intención, y toma diversas formas…  Creo que la creación literaria debe ser libre, y aunque nos resulte tentador clasificar, a menudo la historia de la literatura nos ofrece ejemplos de tal error. Cuántas veces nos dijeron que “Momo” o “El principito” eran libros “infantiles”…  no lo creo. Y hablando de la ciencia ficción y de la fantasía, hemos minimizado el peso “subversivo” y políticamente incorrecto de algunas historias tachándolas de “irreales”, no obstante poseen una carga de crítica a la realidad que difícilmente soportaríamos en una historia convencional. ¡Que se lo digan a Swift con sus “Viajes de Gulliver” o al “Fahrenheit 451” de Bradbury! El género resulta secundario cuando se sabe qué contar.

D.A.- También están de moda los viajes en el tiempo. Pero tú no has caído en el manido recurso de los agujeros de gusano, y has preferido viajar al pasado a través de las «neuronas eco» y la hipnosis regresiva…

A.A.- Ciertamente, el recurso del “agujero de gusano”, muy original en su inicio, se halla muy desgastado. Por mi parte, tenía claro que los “viajes en el tiempo” existen, que no precisamos otra máquina que nuestra imaginación. Y quiero explicar esto mejor: no hablo de percibir el “modus vivendi” de nuestros antepasados en sus formas externas, sino de “conectar” con el espíritu que los animaba, con su pensamiento profundo; y uno descubre que las inquietudes, temores, alegrías y dudas de nuestros precedentes no distan tanto de las nuestras. El drama de la historia se repite una y otra vez, y cuando empatizamos con el “yo” de ellos, de algún modo descubrimos el propio. Lo que soñaron, lo que descubrieron, se presenta ante nosotros como inédito, como un reto… también para los que nazcan después. Y así existimos en tiempos inéditos sólo por “haber llegado más tarde”, aunque la historia ya es vieja.

Asier Aparicio Fernández (Fotografía de Eva Garrido)

Asier Aparicio Fernández (Fotografía de Eva Garrido)

El recurso a las “neuronas eco” es una manera de conectar con el “yo profundo”, no sólo del protagonista, sino con el de toda la humanidad en todas las épocas. Por poner un ejemplo, viajamos en el tiempo cuando leemos a Aristófanes, a Cervantes, a Moliere… y nuestro viaje “hacia atrás” es en realidad un viaje “hacia dentro”. De eso habla la novela.

D.A.- Por otro lado, estos mismos viajes en el tiempo te han obligado a emplear dos estilos distintos a la hora de narrar tu historia. Uno, moderno y al uso, para la época contemporánea. Y otro, más clásico y tradicional, para ambientar la Granada histórica que todos intuimos, pero que muy pocos conocen…

A.A.- Sí, me parecía importante diferenciar los dos escenarios de la novela, tanto tipográfica como sintácticamente. Antes dije que existe un “alma común” en toda nuestra historia, pero, al acentuar esta idea, no era mi intención despreciar las “formas externas”. Son precisamente esas diversidades culturales, semánticas, de arte, de vestimenta, las que hacen de cada época, de cada lugar, un algo único y atractivo.

Creo que no se puede narrar de cualquier manera porque el lector exigente desea cercanía, un ambiente que le permita empatizar, cierta verosimilitud… Esto es lo que distinguió a los grandes autores: no tanto la originalidad de sus argumentos, como la versatilidad para contarlos. El máximo exponente podría ser Shakespeare.

D.A.- Para terminar, quisiera hacerte una pregunta que todo el mundo se planteara cuando acabe de leer tu libro. ¿Por qué escribir una novela cuya trama se desarrolla en Granada, siendo como eres palentino y, en consecuencia, un castellano de pro?

A.A.- He escrito cuatro novelas ambientadas en Palencia, en Tierra de Campos, en Castilla… Tocaba un cambio; y no sólo de ubicación, también de estilo, de perspectiva. Como escritor, elijo retarme,  ponerme a prueba, aprender; no me gustan los caminos trillados. Además, la Alhambra me pareció el lugar más idóneo para una historia donde el misterio y los sueños son protagonistas: un lugar tan cercano y exótico… como nuestra propia alma.

 

Título: El árbol nazarí

Autor: Asier Aparicio Fernández

Género: Novela

Editorial: M.A.R. Editor

ISBN: 978-84-944925-9-4

Páginas: 153 págs.

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