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Entre la sonrisa y el ridículo

Por Agustín Calvo , 31 Enero, 2014

El clásico programa de cámara oculta tiene una nueva vuelta de tuerca en Los mayores gamberros, actualmente en emisión los viernes por la noche en Antena 3 y que es, como casi todo en la televisión de nuestro país, versión de otro extranjero, originario de Bélgica, donde tiene el curioso título (aunque no nos debería sorprender teniendo en cuenta cómo nuestros  municipios se lanzan a venderse a un turismo de alcohol y playa) de Benidorm bastards.

La novedad de este programa de sketches es que los ganchos son personas mayores, -de ahí el juego de palabras que propone el título con la palabra mayor en su doble acepción: grande y anciano-, que juegan a sorprender y hacer sonreír con actitudes aparentemente propias de generaciones más jóvenes.

Resulta divertido, es cierto, ver a dos monjas hablar de sexo junto a una pareja de jóvenes enamorados, o a una venerable anciana preguntar por las preferencias de algún chaval sobre música Indie o festivales de verano, o a un grupo de jubilados trasladarse por el parque del Retino en sus sillas de ruedas motorizadas como si Ángeles del Infierno se tratarán. El programa también juega tanto con la inocencia de las persona “pilladas”, que reaccionan con sorpresa o incredulidad o con una simple sonrisa, como con la pérdida, en la tercera edad, de la vergüenza y la desinhibición para decir o hacer ciertas cosas. Además, la música resulta un recurso muy bien usado aquí, pues crea la ambientación sonora necesaria para contextualizar la intencionalidad de cada escena.

Sin embargo, y es algo que me parece bastante común a todos los programas de cámara oculta, algunas de las escenas resultan demasiado forzadas o proponen situaciones no imposibles pero sí poco creíbles. Por otro lado, en el caso de Los mayores gamberros se nota mucho que los jubilados protagonistas son actores, tanto en la forma de hablar, a veces atropellada, como en una cierta actitud rígida – propia de teatro de aficionados–. Curiosas por poco plausibles son, por ejemplo, las conversaciones telefónicas que simulan mantener.

No obstante, uno acaba viendo Los mayores gamberros con una sonrisa benévola, y siempre con la ambivalente sensación de que el humor y el ridículo son los dos lados del filo por el que transitan los actores que se lanzan a hacernos reír.

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