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El valor de las marcas y la estupidez.

Por Pepe Moreno , 14 Noviembre, 2014
Aportar valor no siempre es ser valiente.

Aportar valor no siempre es ser valiente.

 

La niebla densa servía para pedir permiso y que así entrara el invierno sin miedo. El olor a muerto añejo servía de aliño al desayuno y la guerra tenía que acabar pronto porque ya nadie aguantaba más. Cuatro años de batallas y de heridas infectadas.Francia estaba llena de agujeros y Europa necesitaba empezar otra vez.  LaPrimera Guerra Mundial había dejado 15 millones de muertos de los que ya no se levantan y otros 10 millones de los que se levantaban con esfuerzo para temblar por la psicosis de guerra, el dolor en la pierna evaporada o las lágrimas de los niños al ver a los nuevos hombres del saco, los gueule cassée, salir a pasear por su pueblo.

El Balmitore´s Own era el batallón en el que peleaba desde hacía casi un año el sargento segundo Henry Gunther, bigotudo, ordenado y un poco beato. Había nacido sin elegirlo en una familia de inmigrantes alemanes, ahora los enemigos. El padre de Gunther era bueno con los números y la madre con la música. Por eso el niño salió contable en un banco, que al final es mitad número y mitad sonidos de monedas casi musicales.

Se enroló en la Infantería de Estados Unidos y desembarcó en Francia para pelear por dos cosas; por su país, porque el no había conocido otro y por el último sello en el pasaporte de sus padres que es el que se pone a los vecinos para que dejen de desconfiar de unos señores alemanes.  Tener un hijo en el frente y además, haciendo méritos limpiaba casi todo.

Gunther empezó a pasar frío, a veces hambre porque debía de ser algo glotón y con tendencia a la salchicha y al tocino magro y salado de los ganaderos de Prusia, si es que su familia era de Prusia, porque si fuesen de, por ejemplo, Baviera, pues Gunther sería más proclive a tomar strudel y cerveza.

Su trabajo era casi magnífico, era el encargado de que las tropas expedicionarias americanas fuesen vestidas correctamente. Él, pulcro y ordenado como soltero serio que era, cada mañana se encargaba de que entre la mierda y las ratas de las trincheras de Francia, los chicos de su batallón fuesen vestidos como de domingo. O por lo menos como de domingo humilde, que es casi lo mismo pero con la certeza de la mancha  en la ropa.

Había una cosa que a Gunther le molestaba mucho y era la diferencia entre lo que el Ejército decía que era la guerra y lo que la guerra les contaba a ellos que era realmente. Y no le gustaba ni la mentira ni mucho menos mentir. Por eso cada vez que escribía a casa, a la parroquia o los chicos del barrio, en Higlandtown, repetía lo mismo. Un mantra de alto el fuego y mirar para otro lado. No vengáis, no os enroléis, ya estoy yo aquí por vosotros, aquí huele a manta meada y a hombre dormido, por más que llueva y nieve.

La censura que es censura porque abre cartas y tacha frases, encontró una queja especialmente real de Gunther y de sargento segundo, que es poco pero para algunos es mucho, paso a soldador raso, como el increíble Sveik, como Ivan Chonkin. Y se sintió con la honra fuera de sitio y el viaje en balde. Se dijo que la guerra ya mortecina le debía una y continúo esforzándose por demostrar que él, Gunther, era valiente y leal. Tanto que sus padres se sentirían orgullosos de él y en la parroquia del Sagrado Corazón partiría la pana.

Las opciones de ser valeroso cada vez eran menos y los soldados desde las trincheras disparaban más con la boca haciendo ruido que con el fusil.

Mientras Gunther esperaba su oportunidad, empezaba noviembre y el frio, otra vez el frio inerte, cauterizaba las zanjas y ponía ariscos los correajes de cuero frio y tieso.

Cerca de allí está Compiègne, pueblo medio grande entre árboles y casetas de jardinero. También tiene una vía muerta y un vagón de tren de madera cromada y hierro, como un ataúd de paseo. Los responsables militares de Alemania y Francia firman el Armisticio. Había más gente pero después no fueron muy importantes. Por lo tanto, están franceses, que ganan, y alemanes, que pierden, firman y pagan.  Como un divorcio por las malas.

Son las 5.15 horas en el tren y la tinta acaba la guerra. Otra vez la espada es menos fuerte que la pluma, dirían allí sentados viéndose firmar copias por triplicado, ejemplar para la administración, para el interesado, para el banco, que seguro, también estaría cerca esperando su turno.

La guerra acabaría a las 11 de la mañana. La noticia como era de esperar corrió por todos los frentes de Europa casi como si hubiera Internet. A veces no hace falta internet para que todo se sepa si lo que se tiene que saber tiene valor real.

Todo el mundo sabe ya que a las 11, a otra cosa. Unos a casa a ver qué hace la mujer, otros a hacer fortuna, otros a buscar la vida escapada en cuatro años. Gunther sabe que la guerra se ha muerto pero él necesita su momento, necesita demostrar a los mandos que pensaron mal de él, que Gunther el contable recio y bigotón, era valeroso y leal, honesto y tierno también.

A las 10.59, un minuto antes el final, y aquí no hay prorroga ni goles de cabeza limpios de corner, Gunther salta la trinchera de Chaumat devant-Damuilles fusil en mano y pistola en cartuchera por si acaso. Grita algo en inglés y el alemán que lo espera metros más adelante, le contesta en alemán. Por el tono le dice “Gunther espera un minuto y nos abrazamos, que si sigues así, voy a tener que matarte. Y prefiero abrazar que matar, que ya son muchos los muertos y pocos los abrazos.”Pero Gunther corre y corre y no atiende a su amigo Ernest Powell que le dice no seas loco, que te vas a matar.

El alemán dispara por encima de Gunther como el que escupe al aire y vuelve a avisar de palabra, ya más molesto que preocupado. Habría limpiado ya la herramienta dado que se acababa la guerra, para irse a casa y le venía mal ensuciarla.

Gunther no obedece, el alemán lo abate. De golpe y con ruido de palomas levantado el vuelo en un plaza de iglesia y ayuntamiento muy de mañana. Muerto. Se acabó la guerra un segundo después.

Gunther queda en medio de la tierra de nadie, ahora tierra de todos, y la gente se abraza en varios idiomas y nadie le hace caso.

Quería ser importante y valeroso, colaborar y aportar valor a la victoria. A su manera lo hizo bien, pero su manera vista desde arriba fue absurda y vacía. Gunther murió por no tener claro donde está el valor diferencial de su marca, que no es morir, es vivir. El diferencial que quería asumir estaba equivocado porque no era ni el momento, ni la forma y mucho menos, el objetivo.

Gunther tenía un objetivo claro; aportar valor. Pero tenía una estrategia errónea; aportar valor sea cómo sea.  Aportar valor así es aportar molestia y pesadumbre y muchas marcas solo por estar, hacen.

Gunther hubiera hecho más sin hacer, es decir, sin correr y sin actuar. Podría haber ido a su casa, con sus padres, tener hijos, hacerse un piercing. Pero su valor aportado fue negativo.

No es lo mismo sumar que intentar sumar. Por eso los objetivos  y la estrategia de marca deben medirse en tiempo, en momentos, pero también en percepciones subjetivas.

¡Cóño Gunther que la guerra está acabada!

 

@pepemorenosoy

 

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