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El último mosquetero

Por José Luis Muñoz , 28 abril, 2020

La fría estadística salta por los aires cuando las víctimas tienen caras, nombres y apellidos. Quizá, cuando todo esto acabe, habrá que hacer un memorial recordándolas. Al desencadenarse esta pesadilla distópica compartía con una amiga el temor de que esto, el mal desatado, microscópico, maldito y traicionero, tocara a alguien de nuestro entorno, a un familiar o a un amigo, y nuestro peor presagio se ha cumplido.

Eras pura vida, amigo, vital y tan efusivo como grande. Te conocí en Valderrobres (cerca de Rajadell, en donde naciste),  uno de los pueblos más bonitos de España, de la mano del librero, Octavi Serret que, como otros muchos, ha tenido que echar la persiana, en un festival literario, el Matarraña Negra que con muchas ganas organizábamos unos pocos. Allí venías tú con tu cargamento de libros policiacos tras el éxito de Los crímenes del Matarraña, ponías la parada, los vendías y compartíamos comidas, charlas, risas, copas y cafés. En el segundo año del festival, que fue el último, ganaste muy merecidamente ese premio de relatos que convocábamos con un cuento delicioso pletórico de humor y te llevaste una pata de jamón para compartir con los tuyos. Me dijiste, en un aparte, que concursabas para llevarte esa pata de jamón turolense. Te creí.

Siempre pensé, al verte, que el cine te había dejado escapar. Eras, con tu aspecto imponente, con esa envergadura física y ese ademán galante y simpático, el mostacho afrancesado, la perilla alborotada, las patillas de hacha y esa melena sesentayochesca, el perfecto mosquetero, muy próximo al Van Heflin encarnando a Athos en Los tres mosqueteros más clásico, el de Georges Sidney con Gene Kelly como D’Artagnan. Si se hubiera cruzado en tu camino Quentin Tarantino te habría dado un buen papel en Abierto hasta el amanecer compartiendo peleas de salón con Danny Trejo; con el gorro blanco alto y acento francés podrías ser un cocinero de la nouvelle cuisine; con una Magnum en la mano, un detective americano. He aquí un tipo desaprovechado para el cine, siempre pensaba cuando te veía.

Nos hemos visto infinidad de veces, también en ese festival que unos cuantos montamos con muchas ganas en mis tierras de Arán, el primer Black Mountain Bossòst, al que viniste con tus libros y Toñi, tu mujer, y jugaste con las hijas de Elías y Rosario en la Hostería Catalana, y ellos te recuerdan, amigo. Con las aventuras del guardia civil Silva (un guiño a Lorenzo) seguiste dando guerra y abriéndote paso en el BCNegra que montaba Paco Camarasa (otro desaparecido: librería y luego librero). Te volví a encontrar en las sucesivas ediciones de Lloret Negre, al que siempre te invitaba su comisaria Angelique Pfitzner, y en las paradas de libros de Sant Jordi, especialmente en las de Som Negra, otra librería que echó el cierre, con tus divertidos libros a cuestas, que te editabas, vendías y dedicabas, en los que recogías muchas de tus anécdotas que como policía local de Castelldefels te llegaban o protagonizabas. Y coincidíamos en Cubelles Noir, en esas comidas ricas y multitudinarias de la mano de Xavier Borrell, su comisario,  después de participar en sus mesas con guardias civiles, policías nacionales, mossos d’esquadra y detectives privados que, como tú, escribían. Estabas en todas partes, en todos los festivales y movidas literarias porque eras muy querido y dabas mucho juego en los debates y en las tertulias: abrías la boca y ya te ganabas el aplauso y la sonrisa.

Alicia Giménez Barlett, la gran dama del género criminal español, dijo de tu novela Tráfico de deudas: “Divertida, trepidante y auténtica”. Paco Camarasa glosó tus Crímenes del Matarraña: “Los crímenes del Matrarraña” no se deja engañar por las apariencias. Pero nosotros si nos dejamos atrapar por su ir de aquí para allá, con humor y sin descanso.” Escribías porque te divertías, y lo hacías con inigualable gracia y naturalidad.

Compartí contigo y Toñi esa paella que un día José María nos hizo en casa de Lluna Vicens, cuyo hermoso libro te ha faltado  tiempo para leer, y las risas de esa larga sobremesa de la que costaba levantarse. Eras de sonrisa franca, chiste rápido, risueño y bueno, lo que se entiende en nuestro argot de hombres duros un buen tipo, de una pieza. Últimamente saltabas de contento con tu jubilación, con esa nueva vida que se abría ante tus ojos, con ese nieto que había venido para endulzar tu existencia.

Te habría gustado leerme, y leer los cientos de mensajes de cariño que se han colgado en tu muro de Facebook en estos tiempos extraños en los que los que se van lo hacen en silencio, sin ceremonias de despedida, sin abrazos a los allegados, y toda esa extrañeza, amigo y colega, hace que crea que aún estás aquí, que tu fuerte constitución ha derrotado a ese virus maldito que tanta gente se está llevando. Tú rompes la fría estadística, pones cara y letra al número, Isidro Garrido, el último mosquetero.

 

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