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El reino de las etiquetas

Por Silvia Pato , 9 julio, 2014

La dualidad que genera Internet desde un punto de vista personal y sociológico provoca que nademos entre las aguas de la libertad de acceso a la información, junto con la posibilidad de comunicarse con personas que, de otro modo, sería imposible, y el enquilosamiento en convencionalismos y guetos diversos que el propio universo digital propicia.

En el mundo virtual que habitamos es indiscutible la libertad de acción que poseemos. Sin embargo, semejante libre albedrío, imprevisible en parte y que nos identifica como únicos, es denostado y temido por un sistema que incentiva el encasillamiento y vive de las necesidades creadas, en muchas ocasiones ficticias, para sostener un buen número de consumidores que alimenten la omnipresente publicidad y los incombustibles negocios.

Y es que Internet es el reino de las etiquetas.

character-265632_640Etiquetamos las entradas de nuestras bitácoras, los artículos de los periódicos, las categorías de las revistas, los libros, la música y las películas, como una necesidad ineludible para la gestión de toda la información que nos suministra la red, donde la mayoría de nosotros somos creadores y consumidores de contenido.

Si está muy bien la categorización de todo ello con el ánimo de facilitar búsquedas en una base de datos inmensa, no deja de resultar inquietante que nos hayamos transformado también, a nivel personal, en esos mismos objetos en redes como las sociales, donde las etiquetas nos han alcanzado de pleno, y donde nos convertimos en números, algoritmos y compradores en el planeta del marketing.

Hasta tal punto se ha extendido el hábito de, en cierta forma, marcarnos, que se etiqueta a las personas en las fotografías y a familias enteras en los perfiles sin plantearse siquiera pedir permiso, como si la web nos obligara a todos a tener el mismo concepto de intimidad y las mismas ansias exhibicionistas; pensamientos que muchos, dejándose llevar por el resto de la gran masa de usuarios, ni siquiera se han parado a analizar.

Por otro lado, si puede parecer que nos cuelgan etiquetas únicamente en las imágenes, debemos desengañarnos. La vanidad que nos asalta a todos en la red, con la cual tenemos que lidiar, nos soprende en los perfiles repletos de adjetivos calificadores, de tal forma que parece imposible que aún quede gente de la que decía: «Mis actos hablan por mí», o de aquella que con rotundidad expresaba: «Yo no soy quién para decir si soy bueno, malo, estupendo, inteligente o generoso… eso deben decirlo los que me rodean».

¿Recuerdan?

El afán por etiquetar, por pertenecer a un grupo, por sentirse aceptado en medio de la sociedad digital, conduce a crear círculos cerrados en los que, más que aprovecharse de las opciones que ofrece la red como forma de expandir nuestras mentes, romper prejuicios y, sobre todo, aprender, se retroalimentan actitudes y espacios cerrados donde sus ventajas terminan siendo menores que sus inconvenientes.

De nosotros depende combatir los entornos endogámicos y enriquecer nuestro propio mundo. Porque cuanto más enriquecedora es una posibilidad, cuanto más inquieta es una mente, más rehuye a nivel personal de las etiquetas; pues si son imprescindibles para la búsqueda y el índice de contenidos, no lo son para las personas. Encontrar un punto intermedio en su utilización y nuestra relación con los demás empieza a ser imprescindible en un momento en que se extienden como la pólvora.

Y es que la mayoría de las veces las etiquetas simplemente nos encadenan, nos limitan y alimentan los estereotipos.

Al fin y al cabo, las etiquetas nos hacen menos libres.

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