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El Muro de los Lamentos de los historiadores

Por Eduardo Zeind Palafox , 23 Octubre, 2016

muro

 

Por Eduardo Zeind Palafox

Dilucidemos qué acaece cuando un pueblo construye su identidad juntando dos conceptos, el de “historia” y el de “símbolo”. Es parte de un pueblo quien comparte, por ejemplo, con otros experiencias primitivas, étnicas, y lengua y orígenes geográficos. Símbolo es algo que representa a un objeto ausente. Historia es el conjunto de formalismos sociales que caracteriza a un pueblo. Nuestro problema, esbozados los conceptos mentados al modo unesquiano, es el de determinar si las palabras “el Muro de los Lamentos es fundamento de la historia de los judíos” constituyen un juicio analítico y sintético.

Antes de examinar el juicio comentado, hecho de términos barajados excesivamente, comentaremos algunos conceptos que serán condiciones que posibilitarán un dictamen sólido, es decir, útil para que los lectores abran con él distintas investigaciones históricas encaminadas a penetrar el problema provocado por la UNESCO, que ya sobra referir.

El pensamiento, se sabe, es un proceso químico, eléctrico (verbigracia, el de los políticos mexicanos), lógico y semántico, un acontecimiento allende, en gran parte, de nuestra conciencia. La semántica analiza significados que operan en nuestra lengua sin que lo notemos, y la lógica les da forma. Los símbolos sin lógica carecen de sentido, y la lógica sin símbolos es simple juego intelectual. La historia, estudiada todos los días, se transforma en estímulo y en “lógica colectiva”. Sin dificultad, por ejemplo, el lector asiduo de la Biblia imagina que los niños, como dice el libro del Génesis, son “caos” y “confusión”. Quítese a dicho lector la simbología bíblica y se le quitarán los materiales con los que piensa.

Sin materia es casi imposible orientarse, saber qué debemos hacer, dónde estamos y qué presupuestos gobiernan nuestra existencia. El relato del Génesis, recuérdese, es una cosmogonía y una antropogonía, mitos históricos, narración que permite imaginar el inicio de todo, esto es, intuirlo. Puede intuirse porque el relato del Génesis se urdió, según una nota de la Biblia de Jerusalén, mediante un “vehículo conceptual primitivo”, más pictórico que filosófico o conciente. El Muro de los Lamentos es fragmento de una narrativa harto colorida que es propiedad ya de una lengua, la usada por los que han mistificado frente a él.

La historia, conjunto de formalismos sociales expresados sobre todo por la lengua, y que en el caso judío se ha fraguado en una “dialéctica mural”, es continuidad y cambio. Decir que el Muro de los Lamentos no es símbolo o parte de la historia judía es negar que la historia es continuidad de formalismos sociales, que son la síntesis de lo necesario espiritualmente y de lo necesario materialmente, o afirmar que todas las experiencias que se han formado delante de él son inauténticas, alucinaciones de locos, y que los avatares del pueblo de Moisés son sólo una novela.

Historia y simbolismo, o tradición y pensamiento abstracto, o continuidad léxica y alegoría, son los fundamentos del místico, que es aquella persona, de acuerdo con Scholem, que ha experimentado lo divino y contrariado a las religiones oficiales. El místico, dígase bruscamente, “actualiza” las relaciones entre Dios y sus pueblos. El alma, nos cuenta San Juan de la Cruz en un poema, se inflama, es substancia entre oscuridades, y por serlo necesita estar “en” algún lugar y luz. ¿San Juan de la Cruz y el Dante, por vivir apegados sin saberlo a representaciones árabes, como ha escrito Asín Palacios, ya no son elementos de la historia de los cristianos?

Martin Buber escribió: “La postura de la fe judía se resume aproximadamente en la frase: el cumplimiento del precepto divino es válido si acontece conforme a toda capacidad humana y en la plena intención de fe”. La fe de toda religión es sustentada por la historia, y ésta por la validez de los símbolos que esgrime para encender la pasión de los creyentes. Nuestra fe, si Jesucristo no revivió, si es falso el dato histórico que lo enuncia resucitando, es vana.

El Muro de los Lamentos, según todo lo escrito, es el sostén del sistema filosófico judío (parecido al español, diluido en literaturas, como afirma Unamuno), y maltratarlo con aparatosos deslindes políticos es como quemar los ídolos del prójimo. Es reliquia que aduna un pasado palpable, histórico, y el presente político, impalpable. Es parte de la existencia judía, cualidad animada del judaísmo.

Tal muro, que es un símbolo, no puede ser transferido. Los símbolos son como los conceptos o como los versos, que al posibilitar experiencias se hacen propiedad del experimentador. ¿Qué pueblo posee más experiencias sobre el Muro de los Lamentos? Tal pueblo es el dueño del muro. Toda experiencia, para serlo, necesita ejemplos que demuestren que no es mera quimera. ¿Pueden los palestinos demostrar léxica, espiritual y arqueológicamente que son dueños del nuevo muro de la discordia?

El arbitrio de la UNESCO no sólo es grosera imposición política, sino también antítesis de las innovaciones de muchos pensadores, tales como Freud, que como cuenta Steiner analizaba la psique de judíos, de gentes que lo supieran o no se apoyaban en el Muro de los Lamentos, sitio que ahora, por ser tergiversado históricamente, renueva el sentimiento trágico de la vida de los que ya ni su “patrimonio espiritual” pueden gozar en paz. Siga Israel, a decir de Chouraqui, viviendo “clavado en el Verbo”.

El juicio que tenemos dicho, aunque materialmente es sintético, en la esfera de la historia es analítico porque los objetos sociológicos no son como los de la naturaleza. El hombre es un ser sintetizador.–

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