El mal método científico del Derecho |
Portada » Sin categoría » El mal método científico del Derecho

El mal método científico del Derecho

Por Eduardo Zeind Palafox , 4 Abril, 2016

loffit-xavier-zubiri-filosofo-y-teologo-07

Por Eduardo Zeind Palafox 


El sistema capitalista, tornasolada realidad sin dueños, que a ciegas anda, según palabras de Žižek, no padece dolores al ser criticado, pues por estar en el anonimato, en penumbras que no se acaban, hace que cualquier satírico, filósofo, revisionista o quejoso lance sus dardos a la nada. Tal sistema, afirma el magnífico historiador francés Michel Foucault, fabrica, por causar que todo sea homogéneo, vestiglos, depravados y delincuentes. Falla el sistema, no satisface más que los menesteres de ciertas minorías, pero pide, a palabras de Ulrich Beck, “soluciones biográficas a contradicciones sistémicas”.

El Derecho, que viene del poder estatal, hecho para amenguar las contradicciones de clase (Lenin), parece contradictorio a todos los que viven una vida desperdiciada, esto es, una ayuna de fines, de teleología, de acuerdo al sociólogo Z. Bauman. Toda estructura burocrática transforma a las personas en cosas. Las cosas, por serlo, sólo existen cuando son percibidas. Y he aquí grande problema, cuestión que Zubiri expresa así: “Se ha tomado como estructura de la inteligencia humana lo que no es más que la estructura del tipo de intelección visual”.

Todo lo que no se ve, luego, es irracional, y todo lo irracional va en contra, según la doctrina del Derecho, de las leyes, normas, acuerdos, convenios, etc., que supuestamente se enuncian de forma lógica, científica, como las leyes de la naturaleza. Esto es insoportable e insostenible.

Antes de señalar los defectos que dañan a los que sin desearlo son indeseables en el sistema capitalista, veamos rápidamente el andamio del Poder Judicial de la Federación, de México, claro, país donde sobrevivo.

Dicho poder se deposita en la Suprema Corte de Justicia, en los Tribunales de Circuito y en los Juzgados de Distrito. El Poder Judicial, cabe recordar, es el que imparte justicia, equilibra poderes y defiende el orden constitucional. La nomenclatura, dirá el lector culto, moderno, que sabe que la política es máscara de la economía, parece nominalista, medieval, infalible. El mexicano todavía cree que los nombres despampanantes son mágicos, capaces de mudar la realidad. Hoy, que los valores que parecían eternos se cayeron, decir “suprema”, “tribunal”, “justicia”, es como decir “doctor angélico”, “divino juez”.

Once ministros, algunas controversias cuasi filosóficas, varias sentencias polisémicas y ricas horas de ocio conforman la Suprema Corte de Justicia, a la que hay que sumarle los Tribunales de Circuito, que pueden ser colegiados o unitarios, y los Juzgados de Distrito. Tan sabrosa multiplicación de entes, aseguran los marxistas de la cepa de Louis Althusser, sirve para controlar a la población, que por creerse burguesa, blasón de los ideales aristocráticos, repudia la violencia y aplaude perder su vida entre trámites. Hora es de meditar las contradicciones de un sistema que sólo sabe ver, pero no escuchar, palpar, oler, probar.

Martha Nussbaum, que educa jueces en la Universidad de Chicago (perdonarán los lectores que siempre diga lo mismo sobre Nussbaum, pero es necesario), hace que sus alumnos, que sentenciarán gentes de naciones extrañas para los angloamericanos, lean poesía, novelas, cuentos y demás de culturas varias, textos literarios, es decir, con olor, sabor. Así, nos asegura, la justicia no es ciega, sino poética, hacedora constante de normas.

Pedir justicia, lo saben todos los que han tenido que recurrir a los abogados para soslayar algún conflicto legal, se parece al orar. La oración, dice Zubiri, “no es formalmente un formulario; es una entrega suplicante de la mente a Dios”. Pedir justicia al juez es entregarse, ofrecer lo corporal, para que él, el juez, determine si merece o no un castigo. Todo juez, creyendo que las normas jurídicas son como las leyes de la física, verá en las personas meras cosas, cosas que se rigen por la causalidad clásica, aristotélica, que se divide en cuatro partes: material, formal, suficiente y final. Una mano apuñada, movida por un sentimiento y llevada al vientre de un objeto es lo que ve y juzga el “juez naturalista”, y una mente furiosa y desorientada es lo que ve un “juez personalista”.

¿El depravado, por gusto, se hizo malo? ¿El millonario se hizo descomunal explotador por placer? Creo que el ser humano goza de mucho menos libertad de la que supone que posee, y que la ciencia jurídica debería mejorar los modos de investigación que usa para evaluar a la gente. El sociólogo sabe que cada problema social merece que inventemos un método acorde al caso, que la migración, la pobreza, necesitan ser analizadas con una intuición despierta, no mecanizada, no impuesta por una tiranía ilustrada, como quería Platón.

Todo agente del Ministerio Público haría bien recordando los siguientes versos gauchescos del “Martín Fierro”: “nunca peleo ni mato/ sino por necesidá/ y que a tanta alversidá/ sólo me llevó el maltrato”. ¿Alcanza para empezar un juicio, un proceso legal, una denuncia, evidencias, el furor de alguien? Durkheim lo dice mejor: “¿Cómo puede el individuo, por lo tanto, pretender reconstruir, por el solo esfuerzo de su reflexión privada, lo que no es obra del pensamiento individual?”. Notamos, luego de meditar la cuestión, que los ideales del Derecho Romano, fundados en la sapiencia helénica, son muy pequeños para el nuevo mundo, que congloba ya no sólo costumbres, sino concepciones antropológicas distintas.

El moderno abogado, como el etnólogo moderno, no puede seguir creyendo en la imparcialidad, en que es simple observador de avatares humanos. Todo hombre honesto adopta una postura. Más se le cree al ardiente cristiano, de “inteligencia sentiente” (término zubiriano), que al neutral antropólogo, que con su intelecto petrificado por la purista racionalidad que digirió mal en las aulas sólo capta fragmentos de la realidad. Un tribunal que asegura poder discernir problemas de índole cualquiera es uno enciclopedista, una antigualla que ignora la riqueza de lo humano. ¿Quién podrá enjuiciar al egoísta Aquiles, víctima de la obnubilación, con doctrinas que son sólo mandamientos de hombres con poder, que desconocen los arrabales, los suburbios, las periferias?

Deje un comentario