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El laberinto catalán

Por José Luis Muñoz , 26 marzo, 2019

El llamado procés, apoyado sin desfallecimiento por sus acólitos, tiene visos de eternizarse y convertirse en quiste. No hay avances entre los que creen en esa utopía de la república catalana, que no se materializó,  y los que miraron con profundo escepticismo y estupor todos esos pasos que han llevado hasta el callejón sin salida en el que nos encontramos. La imposibilidad de alcanzar ese objetivo utópico y las consecuencias penales que han tenido las actuaciones concretas del gobierno de Catalunya que se embarcó en ese viaje a ninguna parte han acrecentado el secular victimismo que ya forma parte del ADN de Catalunya. Podría ser motivo de debate y sesudo estudio esa actitud. Victimismo en la sociedad catalana, la única en el mundo que conmemora todos los años una derrota de 1714 y rinde homenaje a un héroe que no fue mártir: el austracista Rafael de Casanova no fue colgado, fusilado ni descuartizado por los borbónicos, sino que acabó apaciblemente sus días a los 83 años tras ser amnistiado prontamente.

Decir que los problemas de Catalunya siempre vienen de fuera es eludir nuestras propias responsabilidades, dar por bueno el discurso heredado del pujolismo y su eterna queja. A bote pronto me parece ciertamente exótico un movimiento ciudadano de desobediencia civil de una enorme magnitud encabezado por señores con pinta de ejecutivos de algún consejo de administración, lo que se entiende por gente de orden, y que se suban al mismo carro unos que dicen estar en la extrema izquierda, pero dejan en un segundo plano su agenda social para cuando se instaure la república, y dos asociaciones cívicas y culturales de una enorme envergadura. Agua y aceite. Las derechas, históricamente, enfrentan territorios y sus poblaciones, mientras las izquierdas suprimen fronteras y aproximan pueblos, se ponen al lado de los desheredados de la tierra, que haylos, a los que les importa poco bajo qué bandera o idioma se les explote: internacionalismo proletario. Debe ser que está pasado de moda ser internacionalista del mismo modo que todo acabó en la IV Internacional y no hay visos de una V.

El conflicto catalán, que ha abierto una brecha en el principado y provoca ataques de hastío en el resto de España, lo tendrán que resolver los catalanes, pero todos. No podemos tomar la parte por el todo ni en Catalunya ni en España. España no es PP, Ciudadanos y Vox, de la misma manera que Catalunya no es PDeCat, o como se llame, ERC o la CUP. En Catalunya, según los resultados de las elecciones, hay dos millones de desconectados, y puede que medio millón más de dubitativos. No me salen las cuentas. Tienen que convencer esos dos millones a los tres y pico restantes de electores qué van a ganar con una nueva frontera. ¿No tendrá ejército la República Catalana? ¿Será un paraíso fiscal? ¿Será el puerto de Barcelona epicentro de la flota rusa del Mediterráneo? ¿Cómo se resolverá el tema de las pensiones? ¿Tendremos dos pasaportes? ¿Quedaremos fuera de Europa? ¿Cómo afectara a nuestro comercio exterior estar fuera de las instituciones europeas? Y así hasta mil preguntas a la que los que lideraron el proceso no han dado respuesta o hicieron predicciones equivocadas.

Suele decirse del MHP Jordi Pujol que era buen negociador, correoso a la hora de pedir. A ratos. Al jefe de ese clan familiar le faltó negociar, o exigir cuando tenía una posición de fuerza ante los gobiernos del PP o PSOE, una hacienda propia como la que disfrutan en el País Vasco, recaudar desde Catalunya los impuestos y hacer la correspondiente aportación a la hacienda española, lo que pidió Artur Mas y no concedió Mariano Rajoy. No sólo no la pidió Jordi Pujol sino que la rechazó el MHP cuando se la ofrecieron. En 1980 se la sirvieron en bandeja al entonces conseller de Economía y Hacienda Ramón Trías Farga. ¿Por qué la Generalitat rechazó un concierto económico parecido al vasco? ¿Para seguir echando las culpas a Madrid? ¿Porque el papel de víctima le exoneraba de sus responsabilidades?

El partido del 3%, el partido del orden y la corbata, el que impartió másteres en corrupción al PP, se convirtió bajo la egida de Artur Mas en el líder de los recortes sociales, las privatizaciones en sanidad y educación, los últimos nichos de negocio que le quedaban al capitalismo depredador y rampante. Pero Artur Mas se cayó del helicóptero cuando el 15M cercó el Parlament (y los mossos cargaron con tanta brutalidad en la Plaça de Catalunya como los piolines cargaron contra los votantes del 1 de octubre) y despertó como Moisés para guiar al pueblo escogido. Desconfío de ese independentismo de corbata, de ese liderazgo de la derecha catalana al que se han subido dos partidos de izquierda como son ERC y la CUP.

Ni somos más guapos ni más listos que el resto de los pueblos de España, tampoco más tontos. La derecha española, cuyo ADN arranca de la Reconquista y últimamente vuelve a ella, criminaliza lo catalán por el rédito que obtiene de enfrentar territorios y personas; además los catalanes, cuando hablamos castellano, adolecemos de un acento inconfundible que no tienen los vascos, por ejemplo, sí los gallegos, pero ellos no quieren marchar. Paradójicamente el nacionalismo vasco, ensangrentado por el terrorismo de ETA, ha sido más respetado que el catalán, mucho más pacífico. Si se solucionara el déficit fiscal y otros agravios importantes (el eje del Mediterráneo, una omisión imperdonable de la España radial) podríamos empezar a hablar, pero hay que tener ganas.

Era un adolescente cuando oí que las autopistas de Catalunya serían en pocos años públicas y gratuitas. Ni una cosa ni otra, somos la excepción en España. Moriré sin verlo. Si los sucesivos gobiernos autonómicos no han conseguido eso, que es una nimiedad, me pregunto cómo podrán gobernar un país independiente, con la complejidad que ello entraña, en una Europa de la que nos autoexcluimos automáticamente. La Catalunya prometida en la que lligarem els gossos amb llonganisses se ha desmoronado a golpes de realidad. Ni Europa quiere un nuevo estado que inicie un efecto dominó y lleve a una desmembración general del continente, ni el capitalismo mira con buenos ojos la aventura secesionista.

Jordi Cuixart, un dirigente independentista de firmes convicciones, dijo sentirse orgulloso de ese movimiento cívico y pacífico de desobediencia sin parangón en los últimos años en Europa durante el juicio que está teniendo lugar ante el Tribunal Supremo. Justo es reconocerlo. El músculo movilizador del independentismo, espectacular y disciplinado, ha abierto, no obstante, un debate fundamental que crea consenso en España: monarquía o república. En eso casi todos podemos estar de acuerdo, en la viabilidad de una consulta. A su manera Catalunya abandera la lucha republicana que podría dar por finiquitada, si se unen los demás pueblos que conforman España, un sistema obsoleto, corrupto e inútil impuesto por el franquismo. Luego habría que hablar de una federación y un pacto interterritorial que alumbrara una nueva constitución y en donde todos estuviéramos a gusto. Hay que seducir por los dos bandos y bloquear el discurso de los separadores.

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