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El jefe de la banda

Por José Luis Muñoz , 2 marzo, 2015

franciscoLos escritores no mueren, pero las personas sí. La muerte de Francisco González Ledesma la esperábamos desde hacía ya tiempo. El padre del inspector Méndez, un atípico y muy humano policía criado en el franquismo, el escritor que junto a Manuel Vázquez Montalbán mejor supo recrear un barrio que era el suyo, el Raval—Historia de nuestras calles—, y unas épocas, el franquismo y el postfranquismo, se ha ido hoy con 87 años pero ya nos había dejado a casi todos mucho antes para enfrentarse a su enfermedad en silencio y en soledad.

No recuerdo cuando fue la primera vez que nos vimos, si en una Semana Negra o en la librería Negra y Criminal de la Barceloneta que frecuentábamos. Bien parecido, afable y simpático, siempre tenía en la boca una sonrisa o una ocurrencia, sobre todo con las damas. Ejercía de caballero de otra época con un físico que yo solía confundir con el de otro grande: Juan Marsé. Ambos hijos de la dura postguerra.

Coincidíamos en ferias del libro, o en Sant Jordi. Siempre le veía en eventos literario-gastronómicos, con una croqueta en la mano y una copa de vino en la otra. Y, mientras, yo leía su extraordinaria obra que iba publicando con regularidad desde que Silver Kane, el estejanovista escribano que se ganaba el pan escribiendo novelitas del Oeste a la semana, ¡hasta 1000! se convirtió en Francisco González Ledesma, pero también había sido Taylor Nummy, Silvia Valdemar, Rosa Alcázar, Fernando Robles o Enrique Moriel, porque como todo escritor era un impostor.

Ganó el Planeta con Crónica sentimental en rojo, novela magnífica que no tuvo suerte en su adaptación al cine (José Luis López Vázquez no podía ser Méndez). La última novela que leí de él fue Una novela de barrio, con la que obtuvo el premio RBA de Novela negra. Le siguieron No hay que morir dos veces y Peores maneras de morir, cuyos títulos parecían premonitorios. El género negro español no se entiende sin él, para el que fue un pilar fundamental y un maestro indiscutible.

La última vez que lo vi fue hace cinco años, en uno de esos desayunos que ofrecen a los escritores por Sant Jordi para que carguen pilas y se enfrenten a sus sesiones de firmas, y recuerdo que me dijo que ya no iba a escribir más, que ya no tenías fuerzas para controlar las historias que narraba y a sus personajes. Y así lo hizo.

Paco Camarasa, el librero de Negra y Criminal, le buscó un apodo perfecto que todos usábamos: el jefe de la banda. Pues el jefe de la banda se nos fue, como se nos fue Manolo Vázquez Montalbán, pero la banda sigue y te seguiremos leyendo, Paco, y escribiendo hasta que la cabeza aguante, sin saber exactamente cuántas novelas le quedan a uno, frase de otro colega: Juan Madrid.

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