El Hombre que Susurraba a los Maricones |
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El Hombre que Susurraba a los Maricones

Por Javier Divisa , 3 octubre, 2014
Él los calificaba así, maricones, bujarrones;  yo diré que siempre pronuncio el término gay cuando hablo con la población hetero, y bastante a menudo el término maricón cuando hablo con mis amigos gays. Todo en un reverso consciente y reflexivo. Porque a los maricones les gusta el término maricón en grado de confianza, es decir que en este momento estoy escribiendo para ellos.
Su asiento estaba a la izquierda de donde íbamos acoplados María y yo, y delante del hombre que susurraba a los maricones estaba la pareja de gays; ahora escribo para ustedes.
Los gays se lo pasaban bien y se llamaban Borja y Eliseo, que vienen a ser, entiéndame, dos auténticos nombres de maricones; se hacían carantoñas, eran zalameros de alta graduación y se llamaban el uno al otro con esa ordinariez de cari. El hombre de vez en cuando les susurraba un runruneo al modo miren a ver si se pueden comportar que hay niños delante; y una vez  volvió del cuarto de baño con dos gotitas de orina en el pantalón beige de tergal y un moco fresco en la nariz, les señaló con un dedo inquisidor y les fiscalizó de nuevo la actitud:vergüenza, vergüenza deben sentir ustedes, qué poco respeto.
Lejos del desánimo los gays se exhortaban nuevas excitaciones y entonces sí que se comportaban como auténticos maricones de Chipiona. Les diré que el recuerdo me viene con media sonrisa y mi absoluta tolerancia con las diferentes maneras de amarse y apagarse los fuegos, aunque tenga mis discrepancias por términos como cari o zorrón.
Cada tanto el señor susurraba y a Borja y Eliseo se les aguijoneaba el vello de los brazos y se estimulaban en mitad de los cielos y esos leves rumores inquisitivos del hombre que susurraba a los maricones.
Entonces el avión estaba volando, pero como el ratio de accidentes en occidente con perdida de aeronave por cada millón de vuelos es de 0,71, lo más frecuente del mundo es que un avión deje de volar una vez que ha aterrizado en perfectas condiciones; es decir que los aviones se paran con la gente viva dentro.
Fue cuando los susurros se transformaron en gritos.
– Qué hijos de puta, la madre que los parió, todo el viaje metiéndose mano los maricones, joder, qué poco respeto hostias.
Borja y Eliseo ahora sí sintieron cierta humillación y trataron de huir con el rabo entre las piernas; la salida estaba bloqueada y el hombre gritaba; no era fácil. Un niño lloraba gracias al puto loco.
– Me cago en dios, no puedo con los maricones, los fusilaba a estos hijos de puta…
Se oyeron voces discrepantes.
– Qué carajo hemos hecho mal para tener que soportar a este imbécil.
– Que alguien le de la pasitillita al pirado este por favor.
– Algún psiquiatra entre el pasaje, por favor.
Los gays logran hacerse paso entre la abyección, esa bajeza de un paranoico homófobo, y la gente del pasaje. Las azafatas les despiden con cierta disculpa y justa solidaridad.
Una vez reconocemos los cadáveres de nuestras maletas nos vamos al hotel. Miren si hay hoteles en Barcelona que el hombre que susurraba a los maricones se va a hospedar en el mismo que nosotros.  El Room Mate Emma, curiosamente futurista y asombrosamente gay. No sé en que estaría pensando Torrente para reservar este alojamiento de la vanguardia galáctica del Eixample.
Tiene unos amigos; hablan de putas, de copas y de fútbol. Y ríen ad infinitum.
– Jajajajajaja…
Realmente no le interesan las palabras de nadie, salvo como plataforma para engarzar una historia protagonizada por él. ¿Se puede ser más imbécil? Claro, siempre hay metas, y la ambición es ilimitada.

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