“El hombre más buscado”; John le Carré y el cine. |
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“El hombre más buscado”; John le Carré y el cine.

Por Emilio Calle , 12 septiembre, 2014

3A2C3A95-E870-1352-2E79DFF4910AEC91El estreno está semana de “El hombre más buscado”, adaptación de una novela de John le Carré, nos permite hacer un breve recorrido por las diferentes aproximaciones que ha hecho el cine de los relatos del maestro inglés, mismas que casi comenzaron junto a su carrera como autor, pues ya con su tercer libro publicado, “El espía que surgió del frío” (1963), los productores británicos quisieron aprovechar su imparable ascenso en la lista de los más vendidos y se hicieron con los derechos para remodelarla con esa materia de la que dicen que están hechos los sueños.
Martin Ritt se encargó de dirigir la adaptación. Optó por el blanco y negro para filmar un mundo donde los matices se difuminan continuamente por muchos muros que se levanten, y le ofreció el papel protagonista a Richard Burton, el cual, con esa voz capaz de rasgar las tinieblas, y un semblante endurecido por las heridas de la soledad más severa, se convirtió en Leamas, un hombre dedicado a la causa del espionaje, pero no en primera línea de acción, el cual encuentra una posible salida a su tedio en una operación en Berlín en la que debe hacerse pasar por traidor para granjearse la confianza de los servicios secretos soviéticos. Pero no tardará en descubrir que el supuesto plan no es más que otro de los muchos engranajes que se ponen en marcha en ese implacable exilio al oscurantismo, y que su importancia era precisamente no ser importante, y que tan sólo era una pieza de compra y venta más en el mercado de los prescindibles.
Visto que el mundo del novelista había conectado sin mayores problemas con los espectadores, se buscó repetir el éxito llevando al cine la primera novela de le Carré, “Llamada para un muerto” (1961). Y se mostraron igual de generosos en todo a lo relativo a la producción. El reparto (James Mason, Simone Signoret y Maximilian Schell, entre otros) era de primera. Y delegaron la dirección al genio de Sidney Lumet, quien por aquellos años, mucho antes de su salto a Estados Unidos, ya había dirigido obras tan arriesgadas y singulares como “La Colina” o “El Prestamista”. El resultado debía ser notable, y lo fue. Aunque el tratamiento seco de Lumet, la amargura incontestable de su protagonista, la incierta mezcla entre relato de espionaje y novela policiaca y su tono deliberadamente oscuro no hallaron un público con el que conectar, aunque el tiempo haya borrado sus teóricos defectos y acrecentado sus indudables virtudes (si lo filma Lumet, hay cine, eso ni se cuestiona).
Hubo una tercera adaptación de otra de sus novelas, “El espejo de los espías” dirigida por Frank Pierson en 1969, y con Anthony Hopkins en el reparto, por intentar señalar uno de sus pocos atractivos. Porque la película flaquea justo donde más fuerza tenía: su argumento. Descuida con demasiada frecuencia a sus personajes y remarca demasiado los momentos que el director considera más dramáticos.
En 1974 John le Carré publica “Calderero, Sastre, Soldado, Espía”, aquí rebautizada “El topo”, empecinado spoiler que se ha mantenido por muchas veces que se haya adaptado al cine, a la televisión o haya sido reeditada. Una obra maestra que desde su publicación fue considerada un clásico de la literatura inglesa. El cine la tuvo que mirar con ojos golosos. Pero la supuesta complejidad de la trama no recomendaba invertir un solo penique en una producción demasiado arriesgada. Paradójicamente (en esas raras ocasiones en las que la historia pone en sus sitios a los agoreros de la mediocridad), cuatro años después la BBC hizo una versión para la televisión y se recibió con verdadero entusiasmo tanto por la crítica como el público, que al parecer no tenía el menor problema en seguir y hasta en apasionarse con lo que le contaban. Y además dejó la impronta perfecta con la que debía interpretarse a su protagonista. A día de hoy, nadie discute, y mucho menos el propio le Carré, que Alec Guinness volvió a rebasar la perfección interpretando a Smiley (el autor le dedicó uno de sus libros). Y aunque el cine no aprovechó ese efecto, por fortuna la BBC repitió la jugada dos años después emitiendo otra serie con Guinness repitiendo en ese papel, en la excelente “La gente de Smiley”.
Pero la gran pantalla seguía sin ser poblada por los errantes fantasmas de le Carré.
En 1983 publica “La chica del tambor”, desolador paseo entre la macabra sofisticación de los servicios de inteligencia israelíes y el carácter implacable de las guerrillas palestinas. Y por primera vez, en la obra de Le Carré su protagonista nada tiene que ver con el mundo del espionaje. Charlie, una actriz inglesa de vida bohemia y talento tirando a escaso, es reclutada por el Mossad, quien cuenta con ella para poner en marcha un elaborado plan para acabar con la vida de un peligroso terrorista, al que no hay forma de atrapar. Lejos de alambicarse en posiciones cómodas y opiniones relamidas para un conflicto tan enmarañado, le Carré deja que su mirada se fije, libre de imposturas ideológicas y desafiante en sus denuncias, en la realidad más contundente y nos ofrece un nuevo estudio sobre uno de los temas más importantes de su obra: el precio tan alto que se paga por adscribirse a una o a otra causa (o también a ambas a la vez), pues a la larga resulta imposible saber a quién le estás vendiendo el alma realmente, algo que Charlie descubrirá cuando ya es demasiado tarde para retroceder. Por primera vez, el cine estadounidense se atrevía con la hipnótica prosa de le Carré. Sin embargo, con la solvencia de George Roy Hill (“El Golpe”, “Dos Hombres y un destino”) en la dirección, y protagonizada por Diane Keaton, la adaptación de “La Chica del Tambor” no pudo resultar más desabrida y confusa. El guionista no acierta a encontrar los puntos de apoyo necesarios para resumir un argumento extremadamente delicado, Diane Keaton no es capaz de fijar un personaje creíble y la inventiva visual de Hill, en otros casos tan acertada, impide unificar el relato y lo hunde en una dispersión de la que no hay forma de escapar.
Por fortuna, con la publicación de “La casa Rusia” (1989), Le Carré es adaptado con algo más de acierto. Y aquí la explicación es muy sencilla: el guión lo firma Tom Stoppard, quien, además de ser uno de los autores teatrales más venerados, es capaz tanto de escribir para Terry Gilliam su “Brazil” como encargarse de trabajar para Spielberg en la no menos complicada adaptación de “El Imperio del Sol”. Con algunos de esos trucos que sólo se pueden permitir los grandes escritores, Stoppard se las arregla para trazar un inicio en forma de arabesco temporal con el que el espectador tiene ya todos los elementos de la trama perfectamente definidos. Y con esos cimientos, ya puede centrarse en narrar las desventuras de “Barley” Scott Blair (un editor inglés, fracasado y bebedor por vocación en ambos casos, jazzista ocasional y alguien que se mantiene al margen de las convicciones), al que unas palabras y una promesa dictadas desde los efluvios de una borrachera le llevarán a recibir unos manuscritos que pueden poner fin a la carrera armamentística en el mundo. Entre sus propias quejas y advertencias, es reclutado por el servicio secreto británico para que sea el “correo” que se haga cargo de recoger los cuadernos restantes que aún están en suelo ruso. Pero Blair prefiere enamorarse. Y como le han enseñado las reglas del juego, él jugará a su manera esa partida hasta llegar a un final sorprendente y radical en sus adscripciones. Sean Connery y Michelle Pfeiffer estaban perfectos en sus papeles, y el score de Jerry Goldsmith es una de sus obras más bellas (junto a la música de Alberto Iglesias para “El topo” y “El Jardinero Fiel”, la que mejor ha sabido darle sonoridad al universo de Le Carré). Pero la dirección de Fred Schepisi (autor impersonal donde los haya) no se mostró capacitado para unir tanto talento apostado, buscando con denuedo un melodrama donde no lo había para luego plantarle un final inventado (tan postizo que dejaba sin efecto lo contado a lo largo de todo el metraje), y ahora uno sólo puede imaginar el extraordinario film que pudo ser en manos de un cineasta.
No deja de ser curioso que la que es la peor adaptación de su obra, tuviese un guión firmado por el propio Le Carré. Hablamos de “El Sastre de Panamá” (1996), otra de sus obras maestras, de quién el propio autor llegó a escribir: “Es el único libro, junto con “Un espía perfecto”, con el que quiero ser enterrado”. Y es que la historia de este artesano de las telas afincado en Panamá, que viste a militares y a políticos, y metido a fisgón, es una joya creativa de principio a fin. Con una primera parte divertidísima (es la novela donde Le Carré pudo demostrar sin cortapisas el gran humorista que es) mientras el sastre va haciendo de las suyas tras ser “captado” por la inteligencia británica (pues al igual que al sastre de la fábula, le crece la valentía cuando no ha hecho más que matar moscas), el relato empieza a cruzar fronteras cada vez más hirientes hasta derivar en un final tan hermoso como trágico, sin que en esa infinidad de transiciones se pierda el menor matiz de un personaje irrepetible, y su desolador periplo. Sin embargo, ni el guión, ni la plana dirección de John Boorman, y mucho menos la interpretación de sus protagonistas (Geofrey Rush incapaz de ajustar su histrionismo a secuencia alguna, y Pierce Brosnam que decidió seguir siendo Bond, aunque le faltara Moneypenny) lograron extraer de tan valioso material literario ni una mala secuencia.
Por fortuna, y para disgusto de los que insisten en que Le Carré debería limitarse a escribir novelas de espías, preferiblemente en la época de la Guerra Fría, el autor inglés (la desobediencia está en su naturaleza) siguió escribiendo más obras magistrales, con su mirada dedicada a lo que pasa en estos momentos (su último trabajo, “Una verdad incómoda”, nos invita a conocer un Peñón de Gibraltar muy distinto a esa postales de los monos o de las falacias propagandísticas sobre a quién pertenece). Y fue “El Jardinero Fiel” el libró que finalmente halló una adaptación más que brillante. En 2005, Fernando Meirelles estrena su versión y admira el respeto a la obra en la que se basa. Si bien descarga en parte todo el vitriolo que Le Carré arroja contra las grandes farmacéuticas que mantienen gran parte de África como campo de experimentos, especulando con la vida y con el hambre, y lucrándose ante el beneplácito y el bolsillo abierto de los gobiernos extranjeros, el director presta mucha más atención a la historia de Justin Quayle (prodigioso Ralp Fiennes), un diplomático británico destinado en Kenya, cuya mujer es brutalmente violada y asesinada. Será él y su constancia de jardinero las que lleven a investigar por su cuenta lo sucedido, a luchar contra los demonios de la culpa que ha liberado suelto tan irrespirable suceso, mientras recuerda cuanto vivió con Tessa (la academia que la premio con un Oscar fue la única en considerar que el papel de Rachel Weisz era secundario, cuando de ella emanaba todo lo narrado, y cada uno de sus gestos la hacía protagonista). A medida que se acerca al horror que le espera, podrá comprender por qué amó y aun ama tanto a una persona diametralmente opuesta a todo lo que es él y lo que representa.
Le Carré y la taquilla se reconciliaban.
En 2011, la parca maquinaria del cine británico decidió por fin llevar a la pantalla grande la adaptación de “El Topo”. Dirigida por Tomas Alfredson, lo cual ya era de por sí un atractivo teniendo en cuenta que era el responsable de la bellísima “Déjame entrar” (de la versión original sueca, desde luego), y con Gary Oldman enfundando a la perfección en la parsimonia y la oscura calma de Smiley, “El topo” es un trabajo admirable por la complejidad a la que se enfrenta, misma que solventa de un modo algo frío, pero efectivo. Este inolvidable duelo entre Smiley y Karla (su némesis al otro lado del telón de la cordura), la búsqueda de un infiltrado en la mismísima directiva de los servicios de inteligencia británicos, hace justicia al relato en que se basa. Y aunque a veces su ritmo se demora, resulta más leal a la novela que si se imprime acción y desenfreno en un argumento donde se suele disparar con la palabra.
Y ahora nos llega “El hombre más buscado”. Un joven ruso se entrega a las autoridades en Hamburgo, asegura ser musulmán y su cuerpo muestras señales evidentes de haber sido torturado. A partir de ese momento se convertirá en el eje gravitatorio de tres servicios de inteligencia diferentes, que dan por seguro que tienen entre sus manos a uno de los terroristas islámicos más temido. Y la película funciona. Es cierto que el indudable talento visual de Anton Corbijn a veces le juega malas pasadas, y se recrea, y se abstrae de las atmósferas que con tanto trabajo ha ido levantado. Pero el argumento es apasionante, y el reparto (Willem Dafoe, Rachel McAdams, Robin Wright y Daniel Brühl) es de los que logran que sea difícil quitar los ojos de la pantalla. Son muchos los motivos por los que merece la pena ver esta película. Pero si quieren una garantía, aquí la dejo: Philip Seymour Hoffman, cuya interpretación supera lo fascinante. Ni siquiera me atrevo a aplicarle ningún calificativo más teniendo en cuenta el artículo que John Le Carré le dedicó tras su fallecimiento
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/26/actualidad/1406403602_139009.html
en el que el escritor desglosa, con ese increíble don que tiene para la palabra escrita, la magia que ha quedado fuera del mundo con la desaparición de Hoffman.
Puede que no sea el hombre más buscado.
Pero viendo cómo interpreta, es de lejos el hombre más añorado.
John Le Carré escribió que “un escritorio es un lugar peligroso desde el cual ver el mundo”. Ojalá el mundo del cine no olvide que también puede hacer lo mismo, o al menos, inspirarse en la obra de un hombre que no tiene miedo a mirarlo ni a compartir lo que descubre por desasosegante que sea.

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