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El gol definitivo

Por Jordi Junca , 31 mayo, 2015

Todos quieren marcarlo. Apenas queda tiempo y todo está perdido. Algunos aficionados aplauden y jalean a sus ídolos, pero los demás no pueden más que morderse las uñas. Silencio en el banquillo. El árbitro mira el reloj por segunda vez. Las miradas van al cielo y las manos sobre las cabezas. Pero de repente algo ocurre.

Minuto 94 de partido. Modric en la esquina. La pelota se dirige al punto de penalti. No llega Godín, ni tampoco Miranda. Entonces aparece Sergio Ramos y remata hacia el segundo palo. Estirada inútil, y ya es mucho decir, de Thibaut Courtouis. El silencio se rompe de golpe. Los jugadores del Atlético no pueden creerlo. En realidad, tampoco los del Real Madrid. A fin de cuentas, no es muy habitual que pase algo así.

Sergio Ramos remata un córner sacado por Modric

Remontémonos algo más en el tiempo. Se habían sobrepasado los 90 minutos reglamentarios. El Barcelona vestía de amarillo aquella noche de mayo. Con aquel 1-0, caían eliminados en las semifinales de la Champions League de 2009. Insólito. Los de Guardiola empezaban a colgar la pelota desde atrás. Esta vez era Dani Alves quien dirigía un centro hacia el área pequeña. Los centrales del Chelsea primero y después Eto’o se hicieron el lio. Entonces Messi se la dio a Iniesta, y éste golpeó la pelota desde la frontal. Cech no llegó. El banquillo del Barcelona empezó a correr sin saber muy bien a donde ir. Pinto adelantaba a Guardiola como si fuera Usain Bolt. A Pep, mientras, se le ocurría llamar a Sylvinho para hacer un último cambio. Pues sí, había vuelto a suceder.

Andrés Iniesta celebra su gol en Stamford Bridge

Año 2007. El Sevilla se enfrenta al Shaktar en los octavos de final de la UEFA, poco antes de convertirse en la Europa League. El equipo andaluz necesita un gol. No le queda otra. De nuevo, estamos en el tiempo de descuento, ahí donde confluyen la nada y el todo. Vuelve a ser Dani Alves (todavía jugador del Sevilla) el que cuelga la pelota al área, esta vez desde el córner. Pero no es un saque de esquina cualquiera. El balón vuela hacia el meollo. Se ven manchas blancas y naranjas, sevillanos y ucranianos formando una masa heterogénea. De repente, como si de Batman se tratara, aparece un hombre vestido de negro. Andrés Palop remata de cabeza, desde el punto de penalti hacia la parte izquierda de la portería. El portero ucraniano se queda clavado en la línea de gol. Ha sido un buen remate, cuidado. Entonces los jugadores del Sevilla salen disparados hacia todas partes como si fueran metralla.

Palop después de marcar su gol en Donetsk

Sí, un gol en el último minuto, la hazaña más épica de nuestro tiempo. Cierto es que todavía se habla de gladiadores y héroes griegos que triunfan en Troya. Héctor, Aquiles, y en fin, un largo etcétera. Pero eso cada vez queda más lejos. Las cosas han cambiado. Ahora están esos momentos en los marcar supone alzarse con el tan preciado trofeo. Y sin embargo, también hay goles en el último minuto que evitan el desastre, goles que incluso se van con la desgracia a otro lado, o goles que quizás se llevan consigo el alivio o el consuelo. Otro tipo de gloria, es cierto, pero gloria de todas formas.

Y en fin, recuerdo que cuando el cuarto árbitro enseñaba el marcador que indicaba el tiempo que iba a añadirse, el Espanyol tenía pie y medio en segunda división. Se habían estrellado hasta tres veces contra el palo. El Alavés, su máximo perseguidor, iba ganando su partido; y aunque estuvieran lejos de Montjuich, su presencia bien podía masticarse. Los aficionados pericos parecían haber aceptado la que se les venía encima. Pero entonces Corominas se encontró con una pelota que se paseaba por el área. Lo siguiente fue una explosión de júbilo y sobre todo de lágrimas, como aquellas que derramaba Lotina desde la banda.

Coro instantes después de haber salvado al Espanyol

O qué decir del Tamudazo. Esta vez el Espanyol se jugaba solo el honor, mientras que el Barcelona se peleaba con el Madrid por la Liga, desde la distancia. Derbi en la ciudad condal. El Real, por su parte, visitaba la capital de Aragón. Ha habido de todo. Goles en Barcelona y en Zaragoza, primero unos y después los otros, lanzándose mazazos indiscriminados desde el Camp Nou hasta La Romareda, de La Romareda hasta el Camp Nou. Último minuto en el estadio azulgrana. La liga parece decantarse para los de Barcelona. Pero cuidado, porque el capitán perico recibe la pelota cerca de la esquina superior del área pequeña. Se aparece un ángel lejos de allí, en Zaragoza, más concretamente en el banquillo madridista. Viene a traerles la buena nueva. De repente, han ganado la Liga. Cosas de la vida, se trataba de un gol importantísimo y que sin embargo apenas afectó al autor del tanto. Eso sí, tuvo consecuencias catastróficas o extraordinarias según se mire. Y es que ya saben lo que dicen. El fútbol es así.

Mítica imagen del Tamudazo

Desde luego, gran sueño el del gol definitivo, signifique lo que signifique, sirva para un título o para la salvación. El mismo fervor de las cuadrigas, pero en un rectángulo de césped y sin caballos. Sí, la historia que se escribe en cuestión de segundos, la del héroe que va al rescate de un pueblo que lo aclama. Una última estocada, certera, definitiva, aquella en la que el enemigo por fin cae abatido. Carne de leyendas que tal vez algún día se cuenten. Historias que hablarán de hombres que cambiaron el transcurso de los acontecimientos. En definitiva, no es de extrañar que todos quieran marcarlo: es el gol de todos, aquel que marca la diferencia entre la muerte y la eternidad.

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