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El fin del trabajo humano

Por Carlos Almira , 29 abril, 2017

Desde un punto de vista estrictamente racional-técnico, el sistema económico capitalista podría prescindir, a medio plazo, de casi todos los trabajadores. Estos podrían ser sustituidos por máquinas. ¿No han corrido ya esa suerte otros animales, antaño fundamentales no sólo para la producción, sino también para la guerra, el transporte, el cuidado de las personas y las cosas, etcétera, como los caballos, las mulas, los bueyes…? Con todo, hay algo en nosotros, en los seres humanos, que dificulta esa substitución, y es que somos parte de la sociedad a cuya riqueza y a cuyas estructuras fundamentales contribuimos, no sólo como fuerza de trabajo,  sino también como consumidores (por no hablar de votantes, ciudadanos, etcétera). Dadas las condiciones actuales, es esto último, y no nuestra capacidad como productores, lo que hace difícil esa substitución, que científica y técnicamente, sin embargo, es cada vez más, una realidad.

Ahora bien: supongamos que algún día, salvado este último obstáculo, esto fuese posible. Supongamos, aunque sea entrar en el terreno de la Ciencia Ficción, que el progreso científico-técnico llegase a producir una primera generación de robots inteligentes, capaces no sólo de hacer el trabajo humano (eso sí, sin salarios, vacaciones, subsidios médicos, pensiones, sindicatos, huelgas), sino también de consumir en el mercado, como nosotros; e incluso de reemplazarnos en otras funciones claves en nuestra sociedad. ¿Por qué no? En ese mundo distópico, los gestores (aunque no los propietarios) de las macro empresas, podrían ser también, programas informáticos, como ya lo son para los principales inversores de bolsa, a nivel mundial. ¿Qué empatía ética o moral podría exigírseles entonces con la especie humana, convertida así en una reliquia obsoleta de la Historia?

Me imagino un mundo así, con una élite de seres  humanos, cada vez más reducida y exclusiva, conviviendo con máquinas cada vez más inteligentes, sensibles, capaces de emociones, y semejantes a nosotros incluso por su aspecto, aunque “mejores”, más amables, guapos, fuertes, inteligentes, seres que no envejecen, ni decepcionan, ni se rebelan nunca. En esa sociedad futura, (¿futurista?), la inmensa mayoría de la humanidad viviría en reservas, o con un poco de suerte en nichos ecológicos, primorosamente gestionados por técnicos cualificados, como hoy el lince ibérico, para disfrute, ocio y estudio de esa minoría afortunada de privilegiados, nuestros últimos descendientes “merecedores” de llamarse humanos.

Y me imagino a muchos de nuestros actuales emprendedores (empresarios) y políticos, llamando a esto “progreso” o el “fin de la Historia”.

 

 

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