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El experimento de Thimothy Wilson, cuando los pensamientos a solas se convierten en el peor castigo

Por Eva María Torres de los Santos , 4 julio, 2014

soledad

«Prefiero trabajar y tener la mente ocupada para no pensar», muchas veces hemos oído esa frase e incluso puede que la hayamos dicho y puesto en práctica nosotros mismos. También hemos oído aquello de que hay personas que no saben estar solas. Pero, ¿hubieras imaginado alguna vez que hay quién prefiere una descarga eléctrica antes que estar a solas con sus pensamientos? Pues esto es lo que ha recogido el experimento liderado por Timothy Wilson.

Según este estudio, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Virginia, hay quienes preferirían autoadministrarse una descarga eléctrica antes que estar en una habitación a solas durante un breve periodo de tiempo, de seis a quince minutos. Las cifras varían según el género. En el caso de los hombres, un 67 % prefirió la descarga eléctrica frente al 25% de las mujeres que optaron por esta opción.

Los que practican la meditación saben que lo más difícil es conseguir dejar la mente en blanco porque la caja viscosa llena de cables que tenemos dentro de la cabeza parece no parar de trabajar nunca, ni cuando dormimos. Durante el sueño la mente se desconecta para dejar al cerebro trabajar sin interferencias. Ese músculo no descansa.

Pueden sorprendernos los datos de este estudio porque a todos nos encanta fantasear un rato con lo que nos gustaría que sucediera, o recrearnos en ciertos recuerdos agradables… Es lógico, la visualización positiva genera serotonina, la famosa “hormona de la felicidad”. Pero, parece ser que esto nos gusta como forma de evadirnos cuando estamos concentrados en algo, no porque lo decidamos voluntariamente dedicar un tiempo a ese menester.

Tampoco es fácil concentrarse en un pensamiento positivo, normalmente la mente divaga de unos recuerdos a otros.

No obstante, ¿por qué les resultó a los sujetos investigados, el estar solos sin hacer nada, una experiencia tan desagradable como para preferir una descarga eléctrica? El ser humano está programado para interactuar con el medio, ¿puede estar ahí la respuesta?

La noticia, en algunos periódicos, se trata con titulares que resaltan que pensar a solas no es divertido. Aunque yo me pregunto, ¿la conclusión es simplemente que nos aburrimos solos?

Yo, que durante mis años de Universidad he pasado mucho tiempo en paradas de autobuses y que tengo la curiosa manía de entretenerme observando el comportamiento de la gente que me rodea, ya me había percatado de algo parecido. A muchas personas, les incomoda terriblemente el estar un rato sin hacer nada y por eso se buscan cualquier ocupación. ¿Cuántas conversaciones intrascendentales se inician en las paradas de autobuses entre desconocidos? ¿Es por la necesidad de socializar?

Ahora no, ahora tenemos los móviles para interactuar con el medio, con el medio cibernético, claro está, que es nuestro nuevo medio, y basta que estemos un momento a solas para aferrarnos al móvil y toquetearlo un poco aunque no hagamos nada especial ni hablemos con nadie, así nos pongamos a cotillear las redes sociales que ya tenemos más que vistas o, por desesperación, nos dé por entretenernos con cualquier juego estúpido que tengamos instalado. Es como si nos repitiéramos, sin saberlo, un mantra: hay que estar ocupado siempre.

En esas mismas paradas de autobuses, me divertía (admito que no era una diversión muy sana) comprobar cómo ante el menor retraso del autobús la gente empezaba a impacientarse, ponerse ansiosa, resoplar, caminar de un lado a otro… Y yo me preguntaba si todos los que estaba esperando realmente tenían mucha prisa por llegar a su destino o es que realmente esos minutos de no hacer nada les resultaban tan insoportables.

Por otra parte, hablando de aburrimiento, ¿cuántas veces no habremos escuchado a un niño quejarse con un “me aburro”?

De una forma casi instintiva el ser humano sabe que el estar en soledad y no hacer nada, es algo horrible,  y de ahí que uno de los castigos más típicos de la infancia sea el encerrar al niño en su habitación durante un rato. Y, por supuesto, prohibirle coger el ordenador, la consola de juegos y cualquier medio de distracción.

Creo que podríamos encontrar montones de ejemplos cotidianos, el zapping, es uno de ellos. Una tarde cualquiera, sin nada que hacer, uno se acomoda en el sofá y enciende la televisión. Mira algunas cadenas y comprueba que no emiten nada que le interese pero no la apaga, puede seguir con la televisión encendida durante horas, pasando insistentemente de un canal a otro, por hacer algo, no porque crea que la programación vaya a cambiar cada cinco minutos.

El experimento de Thimothy Wilson y sus colegas, lejos de aclararme algo, a mí, me despierta muchas incógnitas o al menos me hace reflexionar mucho.

A una persona que está depresiva, solemos aconsejarle que salga de casa y se distraiga. Lo que queremos evitar es que se hunda en sus propios pensamientos negativos reincidentes. Entonces, ¿no es verdad que podemos llegar a ser nuestros peores enemigos? La persona que más daño puede hacernos es la que lo sabe todo de nosotros, y resulta peor aún cuando ésta desarrolla cierta tendencia masoquista y se entretiene automachacándonos.

Más allá de que el ser humano es un ser sociable y que necesita la relación y contacto físico con otros miembros de su especie, ¿nos horrorizan los momentos puntuales de soledad por una cuestión de aburrimiento o porque, en el fondo, tememos nuestra única compañía, a sabiendas de lo peligrosa que puede llegar a ser?

Si tú  también eres de los que sientes esa imperiosa necesidad de hacer algo, lo que sea, antes que estar ocioso, puedes entretenerte leyéndome en mi blog http://evadeteescrituracreativa.blogspot.com.es/

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