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El eterno debate

Por Jordi Junca , 22 mayo, 2014

Una clase en la facultad de letras que milagrosamente sobrevive todavía en el año, digamos, 2788. Una eminencia en juegos de la edad contemporánea ha accedido a charlar con los alumnos y compartir sus conocimientos sobre fútbol, un deporte que desapareció hace por lo menos tres siglos y que, recientemente, ha despertado el interés de numerosos historiadores. Bebe del vaso de agua que le han colocado justo en la esquina derecha de un atril retráctil, donde puede esconder unas anotaciones que en realidad no llega nunca a consultar, pero de todas formas le reconforta saber que están ahí. Se aclara la voz y los alumnos comprenden el mensaje, abandonando las conversaciones que habían mantenido hasta ahora, mientras colocan las sillas de frente a la tarima, dirigiendo sus miradas hacia el respetable ponente. Éste respira hondo y se frota las manos. Acto seguido, saluda a los asistentes cordialmente y pronuncia las primeras palabras; ha empezado una nueva conferencia y ya van ciento tres.

Por lo que sabemos, vivió su máximo esplendor en los siglos XX y XXI, pero después fue menguando su importancia, del mismo modo que lo hiciera el baloncesto o, qué se yo, las carreras de cuadrigas, muy populares si nos remontamos aún más en el tiempo. Nació, dicen, a mediados del siglo XIX, aunque no fue hasta principios del siglo XXI cuando se empezó a plantear el problema del estilo de juego. A medida que se fue haciendo más complejo, el fútbol se dividió entre los que sostenían que lo meritorio era ganar con la pelota, y aquellos que, por el contrario, preferían vencer a través de la prudencia. Algunos expertos han indicado que ello se debe en realidad a una cuestión meramente psicológica, en la que optar por una u otra opción depende de tu actitud natural ante la vida, de si eres una persona que corre riesgos o si en cambio eres de esos que no toman la iniciativa. Decíamos, hace algo más de setecientos años, se inició el debate entre el fútbol de toque o el de contraataque, escuelas cuya procedencia los historiadores parecen haberse puesto de acuerdo. Aseguran que la primera tiene su origen cerca del 1970, en un país que entonces conocían como Holanda. Allí se empezó a practicar un fútbol de ataque liderado por Johan Cruyff, un hombre al que se le consideraría quizás el máximo exponente de este estilo de juego. En efecto, los holandeses, representados por su combinado nacional, desarrollaron un fútbol muy vistoso en el que los pases se sucedían uno tras otro y en el que la estrategia defensiva consistía, al fin y al cabo, en que el rival no pudiera llegar a tener el balón. Se cree que su opuesto nació en Italia, conocido allí como catenaccio e introducido por Nereo Rocco a mediados del siglo XX. Aportó al mundo el fútbol la figura del líbero y el marcaje individual, novedades que aportaban una solidez defensiva hasta entonces inaudita, y con las que Italia (que se situaba al sur de Europa) logró trofeos tan importantes como la Copa del Mundo.

A partir de entonces el poder de ambas corrientes fue alternándose sin que ninguna de las dos pudiera mantener su hegemonía durante demasiado tiempo. El fútbol de toque encontró a su mejor defensor en el F. C. Barcelona, un equipo destacado a nivel mundial y que jugaba sus partidos en la ciudad ahora del mismo nombre. De allí surgieron hombres como Johan Cruyff y después su gran discípulo Josep Guardiola, que desarrolló lo que algunos llamaron el tiki-taka, considerado por aquel entonces la digna herencia del fútbol total holandés. A pesar de todo, lo cierto es que esa filosofía no siempre aseguró el éxito, pues el mismo Barcelona sufrió épocas de sequía en las que un fútbol de ataque no era suficiente para superar a los adversarios. Bien podría ser que ello respondiera a que, simplemente, otros equipos practicaban ese mismo juego pero de manera más brillante. Parece ser, no obstante, que los partidarios de estrategias más defensivas también tuvieron su parte de culpa. En efecto, así como el fútbol total tuvo sus profetas, lo mismo ocurrió con el catenaccio. En este sentido, los eruditos suelen señalar a Helenio Herrera como uno de sus máximos exponentes, aunque algunos sostienen que quizás José Mourinho podría hacerle sombra. Dicen, incluso, que este entrenador portugués llegó a acumular hasta seis futbolistas en la línea defensiva en unas semifinales de Copa de Europa. Como ya deben saber, eso significaba que solo restaban cuatro jugadores para ocupar el resto del terreno de juego.

Sea como fuere, parece ser que éste fue un debate que jamás llegó a terminarse, aseguran los estudiosos que ambos estilos tuvieron más o menos la misma relevancia. Así, cuando parecía que tal vez el fútbol total iba a hacerse con el control aparecía un equipo defensivo que le hacía frente, sucediendo exactamente lo mismo pero en la otra dirección, y eso antes de que uno se hubiera dado cuenta. Se conocen casos particulares que lo ejemplifican sobradamente, como cuando el Barcelona post Guardiolismo intentó mantener el mismo procedimiento y, sin embargo, los equipos partidarios del catenaccio encontraron la fórmula para desactivar el ataque azulgrana antes célebre. En el año 2014, por ejemplo, Atlético de Madrid y Barcelona se habían enfrontado hasta seis veces y en ninguno de esos encuentros los segundos pudieron con los primeros. Precisamente el mismo año en que el club madrileño había ganado la liga y había llegado a la final de la Champions que había disputado contra su eterno rival, el Real Madrid. El mismo año, precisamente, que Mourinho había llegado a las semifinales de Champions con el Chelsea, un club inglés que se suponía ya no era lo que había sido. En común tenían, todos ellos, un carácter más bien defensivo.

Así pues, los detractores del tiki-taka siempre mantuvieron que un estilo de toque convertía al fútbol en un deporte poco emocionante, donde apenas había alternancia en el ataque. Predicaban un juego regido por la pasión, la intensidad, la velocidad y el pundonor. En cambio, los defensores del fútbol asociativo promulgaban unos valores totalmente distintos: la elegancia, la sutileza, la estética. En cualquier caso, dicen los entendidos que los dos movimientos estuvieron enfrentados hasta que el fútbol desapareció, provocando disputas entre dos escuelas que jamás lograron reconciliarse. Fueron dos formas de ver la vida, el color negro frente al blanco, la derecha y la izquierda política de las que ya hablaremos en otra ocasión.

Deja de hablar de nuevo, y entonces el conferenciante vuelve a coger el vaso de agua que todavía descansa sobre el atril, bebe un trago, deja el recipiente ahora en la esquina opuesta. En fin, dice, no sé si alguien tiene alguna pregunta o quiere hacer algún comentario antes de que prosigamos. En ese momento, un alumno de tercera fila alza el brazo y el profesor invitado hace un ademán con la cabeza, indicándole que ahora él toma la palabra. Me recuerda a Góngora y Quevedo, comenta, concretamente su lucha a muerte entre el culteranismo y el conceptismo. Nos hablaron de ello en la clase de Literatura Antigua, hace quizás un par de semanas, añade. En seguida, apenas unas décimas de segundo después, la eminencia responde: esa es, en efecto, una apreciación por lo menos interesante. En mi caso, y si le sirve de consuelo, yo siempre lo había comparado con Descartes y Hume, ya saben, sus teorías filosóficas enfrentadas como la noche y la mañana.

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