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El dolor como lugar de resistencia

Por Ema Zelikovitch , 22 febrero, 2017

Guardar silencio, reprimir el dolor: eso es lo que nos enseñaron.
Ya pasó”, “tranquilízate”, “no exageres”, “piensa en frío”, “no estés triste”, “no merece la pena”, “no sufras”, “racionaliza”.
Racionaliza”.
Racionaliza”.
No-llores-más”.
¿Sabéis qué pasa? Que la violencia duele. Duele muchísimo.

Vivimos en un mundo en el que los hombres han de ser coherentes, racionales, sensatos e inteligentes. Nosotras debemos ser sensibles, cuidadosas y emotivas. Menos, por supuesto, cuando se trata de denunciar el dolor.
He venido a joderos el día con este artículo poco alegre, porque he venido a reivindicar el derecho a manifestar el dolor.
Decía Almudena Hernando que la base de la desigualdad entre hombres y mujeres reside en la división que genera el hecho de que ellos se dediquen a desarrollar la razón y nosotras la emoción. Al margen de la discusión que esta tesis pudiera sugerir, y con todos los matices que incluye en los que no me voy a detener aquí, la idea no deja de ser interesante: nosotras tenemos que ser tiernas, delicadas, afectivas, perceptivas, pero además parecer fuertes, que nada nos duele.

Nos educan para ser un desierto de emociones tristes.

Nos educan para aguantar.

Vivimos en una sociedad machista cuyo discurso social responde a las necesidades e intereses de los hombres (de los cuerpos socialmente leídos como hombres). Dicho discurso es tan poderoso que se proclama, a través de su lenguaje, de sus normas, de sus leyes, de sus políticas y de sus prohibiciones (desde dentro de las instituciones, y desde fuera de ellas), verdadero, firme e intocable. A lo largo de la historia han sido los hombres los que han ocupado puestos de poder, los que han llevado a cabo el desarrollo del intelecto y de la razón y, por tanto, los principales productores del discurso social dominante. Esto supuso una posición de subordinación para las mujeres, dando paso así a una relación de poder que aún pervive, entre el cuerpo que ejerce el poder, y el cuerpo sobre el que dicho poder es ejercido. La diferencia que existe entre la posición ocupada por ellos y la posición ocupada por nosotras, las mujeres, diferencia a la cual el discurso ha ido favoreciendo a lo largo de la historia, ha sido achacada siempre a la esencia que deriva del sexo, haciendo referencia al hecho biológico y a las características físicas de los cuerpos, cuando realmente esa diferencia proviene, en primer lugar, de esa separación entre la razón y la emoción, o entre lo público y lo privado y, en segundo lugar, de la asignación automática de ciertas formas de comportamiento y actitudes en la sociedad, dependiendo del cuerpo con el que cada persona nazca.

Por eso nosotras, que somos mujeres, cuna de mimos y cuidados, crecimos sabiendo que debemos cubrir las carencias emocionales de aquellos a los que no enseñaron a sentir dolor, exteriorizar el sufrimiento o llorar de vez en cuando. Nosotras, que somos sensibles, tragamos con las penas de toda una sociedad que, a cambio, nos cree débiles, pero nos reivindica fuertes.

Basta.

La dominación de los hombres sobre las mujeres, de lo masculino sobre lo femenino, sigue siendo posible debido al reconocimiento de lo emocional solamente en el ámbito privado, y de lo racional en el ámbito público.

Cuando reivindicamos el derecho a manifestar el dolor traemos a colación, desde el sufrimientos, desde el llanto, desde las pasiones más tristes y negativas, la necesidad de ser a veces en el espacio público fuera de los límites de la tranquilidad, del sosiego, de la coherencia, del aguante y de la resistencia, para existir como lo que somos ante la violencia: víctimas.

Es posible que para acabar con la desigualdad sea necesario crear un discurso en el que los vínculos y las conexiones emocionales sean el punto de partida para crecer, entendernos y desarrollarnos de una forma mucho más justa y liberadora, porque no queremos racionalizar el dolor, tragar en privado, ni modificar las pasiones. Queremos llorar cuando nos haga daño, gritar cuando nos dé rabia y sufrir cuando lo necesitemos, muchas veces, para poder seguir.

Porque la violencia duele,

duele

muchísimo.

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