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El diccionario

Por Oscar M. Prieto , 20 octubre, 2015

En esta sociedad nuestra tan científica y civilizada, el cuarto de una casa es el último reducto de lo inexplicable, un lugar en que el siguen operando fuerzas y energías que ignoramos, donde se cobijan algunos dioses viejos, duendes y otros seres que hemos olvidado. En el cuarto de casa, aparecen de pronto cosas desaparecidas, realidades que creíamos perdidas, la infancia misma o los abuelos muertos.

Hace unos días, me adentré en el cuarto de la casa de mis padres y encontré, al lado de las cañas de pescar y de un bombín, mi diccionario y este hallazgo me hizo más feliz que si hubiera encontrado un reloj de bolsillo con el retrato de un antepasado. Mi diccionario, antes de ser mío, fue el diccionario de alguna de mis tías –Ramo, Celia o Mariví- y yo lo heredé cuando empecé 1º de EGB. Desde entonces, con 6 años, hasta COU, con 17, siempre estuvo conmigo, cada curso. Después se esfumó, hasta el otro día.

Es un diccionario que ilustra con dibujos al margen las palabras definidas. Algunas de ellas están marcadas, encuadradas con el lapicero: instinto, jarro, proteína, fugacidad, diablo. Una realidad no existe verdaderamente hasta que no somos capaces de nombrarla, sólo cuando le damos nombre la aprendemos y la hacemos nuestra. Decía Ciorán que “una lengua es un continente, un universo y quien se la apropia, un conquistador”.

Comprendemos el mundo a través de las palabras. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua contiene 88.500 palabras, de éstas, en la vida cotidiana de media utilizamos solamente 400. Lejos de ser un vicio de eruditos, aprender palabras debería ser afán de todo ser humano. No se me ocurre otra manera más sencilla y al alcance de todos de ser rico, porque sin duda es rico quien conoce los nombres de las cosas.

No deberíamos conformarnos con hablar de oído, a tientas, quiero decir, que deberíamos tomarnos como un imperativo moral, como el undécimo de los mandamientos de la Ley, el esforzarnos por hablar con precisión porque, como decía Wittgestein, el 99 por ciento de los problemas del ser humano son problemas de lenguaje. Confundimos las cosas porque confundimos las palabras.

Salud

www.oscarmprieto.com

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