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El crisantemo

Por Redacción , 18 junio, 2014

Mariela era una niña sencilla, de cabellos rubios, media regordeta, con mejillas rosadas

a la siendo llamada por sus familiares, Campanita.
Vivía en una quinta en las afueras de un pueblo en la provincia de Buenos Aires, en la
cuenca alta del río Salado, en Argentina, para cuando y donde aún se podía disfrutar del
verde y todas las fragancias sin tener la polución de las grandes urbes.
Disfrutaba de la cocina de su madre en la que predominaban frituras calientes
combinadas con la humedad de la humilde casa en que moraba.

Adoraba ir a pasear con su padre por el campo, mientras que para él, ir al mismo era
motivo de trabajo a la hora de cosechar.
Si bien sus días más felices eran los soleados, cuando ella podía salir a correr por la
quinta, los días lluviosos eran una excusa para estar con toda la familia jugando a juegos
de mesa por unos simples porotos de ganancia. Cada vez que Mariela sentía la
fragancia del olor a tierra húmeda indicaba que prontamente iba a llover y que ello
implicaba la unión familiar.

A Don Juan, el padre de Mariela, le gustaba cultivar flores en su quinta y una de sus
favoritas era el crisantemo, a tal punto que sus amigos lo llamaban “El Crisantemo”. Le
gustaba alardear sobre su conocimiento de horticultura y le fascinaba saber el origen de
las flores. Mariela era su fiel alumna y seguidora, al igual que su padre, comenzó a
tener un afecto especial hacia aquella especie. Cuando la pequeña se encontraba con
sus amigas en el colegio expresaba su saber sobre el crisantemo; el mismo tenía su
origen en China y se empleaba como flor ornamental desde hacía más de dos mil años.
Luego su cultivo se había trasladado a Japón donde allí se convirtió en una flor santa
que recibía la veneración divina; aún hoy es utilizado en ceremonias y su flor es
símbolo de una vida prolongada.

El jardín de la familia siempre estaba rebosante de esas flores como también el interior
de la casa en maceteros y jarrones, principalmente en primavera y un tiempo antes
cuando casualmente Mariela cumplía años. La pequeña siempre disfrutaba de la
fragancia de aquella flor combinada con el que despedían las flores blancas que nacían
de aquel árbol nativo que adoraba, el Tarumá; el mismo estaba ubicado en un rincón
del bello jardín familiar, representando otra de las características de su familia, la
música. Doña Ana, la mamá de Mariela, era una gran “cantora” al decir del pueblo; en
las reuniones familiares deleitaba los oídos con su agraciada y armoniosa voz… No era
extraña la presencia del Tarumá ya que por tener una madera tan noble, con él se
realizaban instrumentos musicales, de allí su nombre en botánica Citharexylum
montevidense (cithare = cítara y xylum=madera).
Por las noches, Mariela se sentaba en la galería y disfrutaba de todas esas fragancias
combinadas, a las que le sumaba el aroma proveniente de la Dama de Noche, favorita de
su abuela.

El mejor regalo para su cumpleaños era un hermoso ramo de crisantemos elegidos
dedicada y minuciosamente por Don Juan, conformando un bouquet prolijo y puntilloso
de variados colores: blanco, crema, amarillo, varias tonalidades de rosa y lila,
melocotón, burdeos y caoba oscuro; en donde predominaba el color favorito de la niña,
el lila.

Ese obsequio era un agasajo que perduró en la vida de Mariela, deleitándola no sólo en
el día que se festejaba su nacimiento sino también en cada acontecimiento que valía la
pena distinguirse como su comunión, la finalización de cada año escolar, su diplomatura
de peluquera…

Mariela ya era una joven sumamente sociable y tenía grandes amistades, su mejor
amiga, Carolina, era la hermana menor de Santiago y pertenecía a una familia cuyo
apellido tenía historia en el pueblo, no por detentar mucho dinero sino porque sus
integrantes eran excelsos trabajadores de la tierra.

Santiago, longilíneo, de cabello y tez oscura, con ojos almendrados, contemplaba
embelezadamente a la mejor amiga de su hermana desde lejos, como hechizado por
aquellos destellos brillantes provenientes del oro de la cabellera de aquella hermosa
mujer.

Tal era su timidez que recién a la edad de 20 años decide vencer su miedo. Temía que
la mujer de sus sueños se negara ante su galanteo y propuesta de noviazgo. No podía
imaginar semejante rechazo y por esa razón había acallado sus puros y honestos
sentimientos durante años. Carolina teniendo certeza de aquellos decide ayudar a su
hermano sin que este lo sepa. Ella sabía cómo cautivar el corazón de aquella
Campanita.

Una tarde de septiembre, ya en primavera, le hace a su hermano un encargo. Este
consistía en que fuera a la florería del pueblo a retirar un ramo de crisantemos lilas,
rosas y blancos. Al preguntarle Santiago el motivo del encargo, Carolina esgrima una
excusa basada en un malestar físico transitorio y en cuanto al destino, la joven confiesa
que es un secreto que luego a su tiempo descubrirá. Santiago era un joven trabajador y
a su vez imaginativo, fantasioso… quizás esto se debía a su gran vergüenza por lo que
le resultó intrigante el cometido de su hermana y decidió llevarlo a cabo.

Carolina había arbitrado la forma de encontrarse con Mariela y pasar por la florería para
cuando saliera su hermano. Así concebido el plan, fue ejecutado sin saber Santiago de
este pequeño detalle. En el preciso momento en que Carolina y Mariela pasaban por la
puerta de la florería, salió Santiago con el ramo en la mano, como si el instante fuera
calibrado al modo de un reloj inglés, para la hora del té. Mariela se asombró por el
gusto coincidente de aquel joven al mirar su ramo y Santiago al percibirlo, tuvo un
arrebato de valentía y se lo entregó. Su hermana le guiñó un ojo y Mariela con sus
mejillas sonrojadas lo tomó, agradeciéndoselo con un beso tímido, a la vez que sintió
como si estuviera parada en placas tectónicas en pleno movimiento. Nunca antes había
sentido eso… mientras que la palidez de Santiago se había esfumado dando lugar a un
rojo carmesí.

Ninguno de los integrantes de la escena supo cómo salir de ella hasta que un vecino que
pasaba por allí, le hizo una pregunta puntual a Santiago quien se disculpó y se retiró
dialogando con aquel hombre.

Mariela increpó a su amiga preguntándole si ella había tenido que ver con todo lo
acontecido y Carolina se sonrió cómplicemente.

Es a partir de ese momento que la relación de Mariela con Santiago toma otro giro. Él la
comenzó a galantear al estilo del lugar y no pasaba un día en que no le regalara
crisantemos cada vez que la iba a buscar a la quinta para pasear luego por el pueblo.
Cuando el sol empezaba a recostarse sobre el vergel y Santiago la acompañaba de
retorno a su hogar, la fragancia de los crisantemos del jardín de Ana sumado a las flores
del Tarumá y la Dama de Noche embriaga a los enamorados.

En los años que estuvieron noviando llenos de luz y calidez sucedió algo nefasto e
inesperado… La hermosa calandria familiar había callado para siempre. Don Juan entró
en un estado de suma tristeza aunque siguió adelante, no debía flaquear ya que debía
seguir sosteniendo lo que juntos habían logrado hasta el momento y cuidar de su
hermosa y dulce hija.

Al pasar el tiempo surgió una posibilidad laboral para Santiago en la ciudad de la
provincia y Mariela (apoyada por su padre) no dudó en acompañar a su esposo.
Se asentaron en un barrio pintoresco, de casas bajas y de extensas arboledas que les
hacía acordar al lugar de sus orígenes. Mariela comenzó a estudiar magisterio y
Santiago hacía carrera en la empresa para la cual estaba trabajando.
Se mudaron en reiteradas oportunidades y en cada paso se visualizaba el crecimiento de
la pareja.

Tuvieron tres agraciadas hijas y a la más pequeña la llamaron como su abuela por su
gran parecido y belleza.

Santiago fiel a la tradición de Don Crisantemo, regalaba a su amada un bouquet con sus
flores preferidas por cada logro o acontecimiento significativo: las mudanzas, los
cumpleaños, la graduación de su esposa y el nacimiento de sus hijas.

La maestra, sus tres hijas y el padre gerente visitaban periódicamente a Don Juan
porque extrañaban sus tierras, sus aromas y sus orígenes. Cada vez que esto sucedía, el
tenaz maestro le regalaba a su vitalicia alumna retoños de las diferentes variedades de
crisantemo de su jardín.

Así fue como Mariela logró tener un oasis en la gran ciudad y en su propia casa. En el
fondo de esta había un espacio verde rebosante de su flor predilecta en los todos los
colores imaginables de su especie y una Dama de Noche para recordar a su abuela
conjuntamente con un Tarumá para honrar a Ana.

De todas sus nietas, la pequeña Anita, era la preferida de Don Juan. Era tan campanita
como su madre y de su abuela poseía una voz angelical. La predilección con los años
fue mutua.

Los años pasaban gratificando a esta hermosa familia hasta que un día la dicha se
oscureció. El Crisantemo había perdido súbitamente sus pétalos yendo a fertilizar el
lugar del cual surgió.

Viajaron al pueblo pero los olores que embriagaban nuevamente a Mariela tomaban otro
cariz… todo se sentía diferente, su sensación era como si las fragancias lentamente
perdieran su asociación a la felicidad y plenitud, para pasar a ser parte de un sentimiento
similar a un cielo cubierto por nubes grises perennes.
Todo el pueblo lo lloró… Mariela estaba desbastada y a la vez aturdida.

En aquel adiós la gente llevó flores diversas de sus propios jardines y la pequeña Anita
un hermoso ornamento con las flores preferidas de su abuelo. Vida prolongada para el
amor sublime que Don Juan le pudo brindar… ella entendía a la muerte como un
momento en el ciclo mismo de la vida, no como un final. La niña también quiso decir
unas palabras y estas no fueron sin música, en aquel momento, le cantó a Don Juan la
canción que para sus abuelos era símbolo de su eterno amor, no sin percibir sonidos
entrecortados, sollozos y lágrimas que corrían por sus mejillas.
Mariela en cambio no comprendía la muerte como tal, su padre había dejado de estar
junto a ella, de ser su maestro y guía. Santiago no dejaba de abrazarla brindándole la
mayor contención que le era posible.

Se sumió en un estado emocional impensado para su familia, la Campanita había dejado
de sonar. A partir de ese momento no pudo oler más flores y menos aún sus preferidas.
Cada vez que eventualmente olía una flor, su corazón se llenaba de angustia y recordaba
la ausencia de su mentor pero esta añoranza era tan fuerte que le resultaba prácticamente
intolerable; adquirió por tanto, un rechazo abierto y franco a todo posible aroma floral.
Su desazón recayó en su jardín… el mismo perdió sus brillos y colores, el descuido y
abandono fue tal que las plantas se secaron salvo el Tarumá y el verde dio paso a una
variedad de opacos marrones, un ambiente rústico y desolado, tal como el alma de
Mariela.

Seguía trabajando pero ya no tenía la misma conexión con los niños, por ese motivo le
otorgaron una licencia laboral pero esto añadió un sentimiento de aislamiento a su
sentimiento de pena y aflicción.

Santiago cuido de su mujer por aquel entonces. Anita sin que su madre supiera salvó
aquellas plantas a través de vástagos; era su manera de no perder físicamente a su
abuelo amado. Las colocó en macetas en su cuarto y no pasaba un día sin que les
brindara los cuidados necesarios.

Los episodios de dolor y estallidos de llanto de su madre sobrevenían en cualquier
momento y eran producidos, por ejemplo, por simples comentarios eventuales acerca de
vecinos del pueblo o sobre el estado de la quinta ya que le traía a su memoria la
ausencia de su padre.

Si bien los suyos estuvieron junto a ella en estos momentos magnánimos de angustia, a
las hijas les resultaba embarazoso ver a su madre con estos estallidos repentinos de
llanto y fue tentador para Mariela apartarse de ellas o de toda persona que no entendiera
o compartiera su pena.

Con el correr del tiempo, las festividades y aniversarios fueron días particularmente
dolorosos y difíciles para toda la familia.
Mariela decidió vender la quinta de su padre, trámite que hizo a distancia no
despidiéndose de la misma. A partir de ello su estado se intensificó y permanecía horas
sentada sin hacer nada pero sus pensamientos tenían un solo contenido, su padre,
repasaba una y otra vez los momentos felices y malos pasados juntos.

Santiago no toleró ver a su amada en esas condiciones y recurrió a una ayuda
profesional que la visitaba periódicamente. Con su proceso pudo reconocer que su duelo
había transformado su vida y que fue la experiencia más dolorosa; por extraña, terrible y
sobrecogedora que fue, no dejó de ser parte de su vida a la que debió hacer frente
finalmente.

Paulatinamente Mariela fue atravesando el dolor y aprendiendo del mismo y su estado
anímico fue mejorando. Una de las consignas terapéuticas fue ir recomponiendo su
jardín para ponerse en contacto con la vida y no con la muerte, con aquellos aspectos
auténticos de su padre, quien no solamente dejó una huella mnémica imposible de
quitar, sino también una forma de ser.
Anita ayudó mucho a su madre en este proceso y le brindó las plantas que había
conservado sagradamente en su habitación. Cuando le confesó su procedencia, Mariela
rompió en llanto pero esta vez de alegría y ambas recompusieron ese hermoso jardín
que solía ser.

Los años fueron pasando brindando esta abnegada madre todo su amor e intentando
recuperar el tiempo que había perdido al lado de sus hijas debido a su depresión.
Santiago recuperó su costumbre de regalarle a su esposa crisantemos para eventos
significativos y en estas ocasiones nuevamente eran recibidas por aquella con una
exorbitante gratitud. En cada oportunidad la combinatoria de colores iba variando y
todas provenían, ahora, de su propio oasis.

Se prometió a sí misma que las enseñanzas de su padre debían perdurarlo como una
forma de ser recordado en cada brote y rebrote. Tomó variados cursos de botánica e
hizo que su jardín se transformara en un paraíso, así como también transmitió todos sus
conocimientos a sus hijas. La maestra volvió a surgir, compartiendo su saber sobre los
orígenes de las plantas y por tanto brindando a los que escuchaban, la posibilidad de
comprender la razón mismas del existir de aquellas.
Era hermoso verla apasionada contar y recontar leyendas y creencias a sus hijas con casi
la misma vehemencia de Don Juan. Los aromas llegaban a embriagarla nuevamente, la
Dama de Noche también fue cultivada rodeando al viejo Tarumá. Era como tener a su
familia de origen nuevamente con ella. Todas las tardes en que se aproximaba mal clima
percibía ese olor a tierra mojada que daba vida a la vida misma aunque soñaba con
volver algún día a su tierra natal… aún hoy Mariela recuerda ese aroma a cereal recién
cosechado…

Santiago adoraba a su esposa y decidió dar un paso más en la felicidad de su amada
mujer; decidió en connivencia con sus hijas crear una escuela de este arte, el terreno
apto para ello debía ser la quinta de Don Juan. Ese sería el regalo para el cumpleaños
número 60 de Mariela pero llevaría tiempo recomponerla.
En confabulación con sus hijas realizó la compra para que volviera a pertenecer a la
familia. El tiempo había dejado su impronta, la casa de la quinta había sufrido muchas
reformas pero sin embargo el Tarumá en el jardín seguía estando, conservando por tanto
la identidad que la familia le había otorgado.

Anita fue abandonando su diminutivo y conjuntamente con sus hermanas y en total
reserva hacia su madre, hicieron de las hojas y ramas de aquel vergel que supo y volvió
a ser, nuevas plantas, nietas de las originarias. Con estas irían a poblar aquel hermoso
espacio verde que la primigenia Ana había amado.
Para entonces se había ampliado la familia, las tres hermanas se habían casado y tenían
cada una su pequeña hija. Mariela disfrutaba de jugar con sus nietas quienes
acompañaban a su abuela en el cuidado del jardín de su propio oasis citadino. A la
mayor le fascinaban los bonsái, a la del medio los rosales y la más pequeña, Alma (hija
de Ana) heredaba de su bisabuela el gusto por el canto; su voz era realmente angelical.
No pasaba una tarde en que Mariela no estuviera cuidando de sus plantas acompañada
de sus tres nietas, a la vez que se escuchaba el sonido de la voz de la pequeña, era como
si el alma de Ana se deslizara a través de ellos.

Se acercaba el cumpleaños de Mariela, la quinta ya había tomado la forma deseada.
Mientras Santiago ultimaba detalles, sus hijas imaginaban mil maneras diferentes de
darle esa noticia.
Ana contactó a viejas amigas de su madre para que la invitaran a una reunión,
confesándoles a ellas la verdadera intención de su pedido.
Una tarde, entre mate y mate, Mariela recibe un llamado telefónico de una compañera
de la primaria quien llevó a cabo el plan urdido por Ana. Mariela se detuvo un
momento antes de responder… las palabras resonaban en su mente, fue un instante de
aturdimiento pero al lograr salir de su confusión, cuando pudo ordenar sus recuerdos y
sentimientos, asintió en cuanto a la posibilidad de ir.

Santiago cuando estaba volviendo a la casa observa la reunión familiar de sus mujeres y
en el preciso segundo en que percibe la cara de su esposa, se anoticia de lo sucedido.
Emprenden el viaje al pueblo, cada familia nuclear en su propio vehículo. Mariela
comprendía esto como la oportunidad de reparar un adiós sin tanto dolor, por lo que no
le llamó la atención que sus hijas y nietas viajaran también hacia allí.
En el recorrido muchas emociones invadieron a La Campanita que había vuelto a ser…
recuerdos de su infancia… los momentos con su padre en el campo al sentir el olor de
las cosechas, del verde, de la naturaleza en el cual se había criado. La brisa en sus mejillas le traía una imaginaria oleada de sonidos como provenientes de las canciones que su madre cantaba en el jardín de la casa.

Al entrar en el pueblo, no reconoció muchos cambios como había imaginado, sólo
algunas casas refaccionadas, el viejo almacén, la farmacia, la iglesia y la plaza con sus
frondosa arboleda, todo conservaba la apariencia tal y como ella lo recordaba.
Al cerrar los ojos por un momento, la fragancia de las rosas y de su flor preferida
inundaron su cuerpo. Cuando los abrió observó cómo en los jardines de todas las casas
se multiplicaban los colores; era una imagen como sacada de un cuento infantil.
Mientras se dejaba llevar por todas sus sensaciones, Santiago llamó su atención
avisándole que estaban por pasar por la quinta de Don Juan. Tensión y angustia se
esbozaron en la cara de su esposa. Aquel hombre decidió detenerse y Mariela bajó del
auto, acción que también realizó el resto de los familiares.

Mariela golpeó sus manos en señal de llamada para los moradores. Todos se miraban
cómplicemente y al ver que no salía nadie, en respuesta de su conducta, volvió la
mirada a Santiago, esté la elude al divisar a Alma que venía corriendo para abrazar
fuertemente a su abuela. Mariela supone que era un abrazo de contención de la pequeña
pero al unísono, sin haberlo preparado anteriormente, sus hijas, sus nietas y su esposo le
desean un feliz cumpleaños con vehemencia y Alma se lo canta. Las emociones de
Mariela la desbordaron una vez más, una inmensa alegría que no podía controlar hizo
que gritara fuertemente un ¡No! ¡No lo puedo creer! ¡Hicieron esto por mí! Santiago
abrió la puerta de ingreso a la quinta, los pasos de La Campanita se mostraban torpes
como si una dismetría se apoderara de ellos. Observó la casa, reconoció modificaciones
pero no era lo que más añoraba de ese lugar, avanzó hacia el verde de la quinta y allí
estaban, el Tarumá, los crisantemos de variados colores, la Dama de Noche, todo tal y
como era cuando sus padres vivían; por un instante le pareció escuchar la voz de El
Crisantemo con sus historias y luego una hermosa melodía que solía cantar Ana.
Lágrimas de amor, añoranza y felicidad corrían por sus mejillas, avanzó hacia las flores,
las olió, las acarició y sintió como si acariciara el rostro de su padre. Inmersa en sus
emociones avanzó hacia la Dama de Noche, sintió ciertamente la presencia de su abuela
en ella. Era como si estuviera en una ensoñación, al cabo de un tiempo pudo salir de la
misma, se volvió hacia Santiago, lo abrazó con todas sus fuerzas y las peques de la
familia fueron corriendo al encuentro de su abuela a las que continuaron Ana y sus
hermanas. Fue el abrazo familiar más tierno y emotivo que alguien pudiera imaginar
justo al lado del Tarumá.

Cuando ingresaron a la casa Ana le pidió a su madre que preparara unos ricos mates
acompañados de unas tortas fritas propias para el momento.
Santiago le confesó a su esposa que quería vivir en la quinta para poder disfrutar, en los
años que les quedaran, del verde y de lo apacible del pueblo en que habían crecido.
Mariela estaba sumamente dichosa de escuchar esas palabras, no puso ninguna negativa
y ambos dos decidieron generar su propia escuela de jardinería allí, en donde debía ser,
en la quinta de Don Juan, de El Crisantemo.

Así se desarrollaron los acontecimientos y al cabo de unos meses, estando ya instalados
en la quinta, la escuela comenzó a funcionar. Santiago veía cómo enseñaba a esos niños
que se acercaban curiosamente a aprender, a señoras de diferentes edades todos
encantados por la fascinación de la maestra. Así fue como Mariela dedicó el resto de su
vida a lo que más amaba, sus flores.

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