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El año del Diluvio

Por Carlos Almira , 4 enero, 2015

Escuchando estos días algunos medios internacionales (fundamentalmente emisoras de radio francesas) me ha sorprendido la preocupación que hay en ciertos medios europeos, no ya frente a las elecciones anticipadas en Grecia sino a las que en 2015 se celebrarán también en otros países, como España o Inglaterra. La preocupación, mostrada en entrevistas por empresarios y políticos franceses, se basa en una supuesta amenaza a la idea de Europa contenida en el ascenso electoral previsible de ciertos movimientos políticos ya consolidados (Grecia), nuevos (España) o antiguos (Inglaterra), que compartirían, desde un supuesto populismo de izquierdas o un euroescepticismo neoliberal, esta percepción anti-europea.
No voy a entrar aquí en el acierto o el oportunismo de la consigna mediática que equipara el ascenso de nuevos partidos ciudadanos muy críticos con las actuales instituciones nacionales y europeas (por su corrupción sistémica, su sumisión ante los “mercados”, su impotencia para articular políticas efectivas y justas frente a la “crisis” económica, etcétera), esta visión que intenta imponerse en el imaginario colectivo de estas nuevas fuerzas como populismos, movimientos demagógicos peligrosos para la democracia, casi como una resurrección de los partidos extremistas del período de entre-guerras. Me gustaría apuntar un poco más lejos, puesto que en mi opinión, lo que está en juego aquí no es el Capitalismo o el Socialismo, o el Liberalismo y el Fascismo, como en aquellos años, sino la supervivencia misma de la Economía de Mercado tal y como la hemos conocido, ciertamente en continua evolución y adaptación, hasta la fecha.índice
Vaya por delante que estoy dispuesto a admitir que, hasta los años 1970 no ha existido un modelo económico y social capaz de garantizar, con todas sus contradicciones e injusticias internas, mejor el progreso material y el desarrollo de ciertas libertades privadas y públicas, que el llamado Capitalismo, triunfante en las sociedades occidentales desde al menos la Primera Revolución Industrial. No es este modelo en general, sino una particular evolución del mismo desde esos años 1970, lo que, a mi juicio, puede acabar con el sistema económico de mercado y con nuestras precarias libertades y derechos.
Desde que tenemos noticia, la economía basada en la búsqueda del beneficio por medios económicos, utilizando recursos privados a través de la concurrencia, se ha basado en una u otra forma de empresa: desde las sociedades de mercaderes de la Antigüedad, la Edad Media o la Edad Moderna, hasta las fábricas formadas con capital familiar o allegado, en el siglo XIX, hasta los Bancos y las grandes multinacionales de finales del siglo XIX hasta el XX, dirigidas por gerentes, etcétera, el sistema económico giraba, en lo sustancial, en torno a una organización que separaba a los propietarios del capital y los trabajadores, a la vez que los unía en la prosecución de determinados fines, fundamentalmente en torno al éxito económico de la empresa. No porque los trabajadores fueran a beneficiarse inmediatamente de él, sino porque, en un contexto de prosperidad empresarial, con una dosis adecuada de presión y amenaza desde abajo (huelgas, reivindicaciones sindicales, movilización de la opinión pública, etcétera), los trabajadores podían estar seguros de recoger una parte de las migajas de la Economía de Mercado si renunciaban a la Revolución (social-democracia). Por otra parte, el coste de la pacificación social podía revertirse en un mercado nuevo en expansión, y en un consumo de masas con mejores condiciones laborales y salarios lo que, a la larga, interesaba a los propios Estados y Empresas (que podían además, des-localizar la explotación trasladándola hacia las colonias o a países no europeos). Por último, la propia “democratización” del parlamentarismo liberal (sufragio universal masculino, sufragio universal, integración de los partidos y sindicatos obreros en el sistema), ejercería una presión lo suficientemente fuerte como para hacer compatibles los intereses privados de las empresas con el bien público. El Estado asumiría las des-economías externas, se ocuparía de capitalizar a la población (gasto sanitario y educativo), y crearía un marco institucional estable (Estado de Derecho, garantía jurídica de la propiedad y los contratos, política monetaria, etcétera) sin el cual la economía de mercado se desliza, mal que les pese a los neo-liberales, inevitablemente hacia el feudalismo y la economía de subsistencia, como la Historia ha probado ya.
Sin embargo, hay algo en la lógica del enriquecimiento privado que, en mi opinión, constituye una fuerza corrosiva para el propio sistema capitalista: la idea y el hecho de que la mera propiedad de capital da Derecho a percibir un interés, incluso un beneficio, más allá y por encima de la organización empresarial de la actividad económica privada. La obtención de un interés o un beneficio derivado de la sola condición de propietario de capital debe anteponerse no ya a la gerencia empresarial sino a la existencia misma de la empresa capitalista. De tal modo que si es más rentable a estos efectos disolver, trocear o vender una empresa que mantenerla, o incluso modernizarla, mejorar su gestión, hacerla más eficaz, más competitiva en el mercado y rentable a largo plazo, etcétera, el propietario de capital, según esta lógica corrosiva, no debe dudar en anteponer sus intereses.
De este modo, el antagonismo que Marx preveía como el fundamental, entre el Capital y el Trabajo, ha resultado ser secundario frente al antagonismo, surgido merced a la crisis y el comienzo de la desregulación financiera de los años 1970, entre los propietarios de Capital (diseminado y a la vez, concentrado en toda clase sociedades de cartera y fondos de inversión, los llamados Mercados) y las propias empresas capitalistas. De tal modo que no son los trabajadores, ni sus partidos y sindicatos de izquierda (que, por otra parte, no han sido capaces hasta donde yo sé, hasta la fecha, de idear un modelo de sociedad alternativo, plausible, global, al Capitalismo) sino los propios dueños del capital, bajo la forma de acciones y otros derechos cotizables en Bolsa, los que hoy por hoy amenazan la Economía de Mercado basada en la Empresa Privada y en la subsidiariedad del Estado.
La Empresa Privada (la burguesía, que decían Marx y Engels en El Manifiesto Comunista), no ha podido cavar su propia sepultura, entre otras cosas porque la democratización de los regímenes liberales y del propio movimiento obrero la forzaron a adaptarse a un marco institucional armonizador del interés privado con el interés común, por ejemplo a través de la política fiscal o las legislaciones anti-monopolio, y porque a la larga, pudo y le fue provechoso adaptarse. Sacrificó así el interés inmediato a la viabilidad y la expansión a medio y largo plazo. Pero con la globalización económica y la desregulación financiera iniciadas en los años 1970, los propietarios puros de Capital, indiferentes más allá del rendimiento dinerario a corto plazo de sus títulos, a la suerte de las Empresas como tales de las que son, momentánea y simultáneamentemente, “dueños” y “extraños”, escapan a cualquier control institucional. Ellos son los verdaderos enemigos del sistema, los que deberían preocupar a los empresarios y a los políticos europeos, ellos y no los nuevos movimientos y partidos ciudadanos.
El Capital contra el Capitalismo. La propiedad del Capital negociado en tiempo real en Bolsa, contra las Empresas Privadas (y contra los propios Estados que también negocian Deuda y otros títulos en Bolsa). Quién lo iba a decir. El mundo al revés.
La amenaza en Europa, hoy por hoy, no es el comunismo (ni el bolivarismo), sino los mercados. Los especuladores. Si el sistema se desintegra no será por la instauración de una economía planificada, tras una revolución populista, sino por la vuelta a los viejos mecanismos de explotación no económicos (el botín, el robo institucionalizado, la guerra, la nueva esclavitud). ¿No es el trabajo una forma de dependencia extra-económica? ¿No ha coexistido siempre el trabajo asalariado con la esclavitud, la servidumbre completa o parcial, por deudas, etcétera? Los nuevos especuladores son los promotores y chambelanes del feudalismo que se anuncia calladamente, feudalismo para los de arriba y economía de subsistencia y servidumbre para los de abajo.
Paradojas de la Historia: es posible que la última esperanza que le quede a la economía liberal, de mercado, basada en la empresa privada, y al Estado Parlamentario con vocación democrática, a las instituciones europeas, esté en esos nuevos movimientos y partidos ciudadanos de “izquierdas”, que reclaman un nuevo marco institucional de contención frente a los propietarios y gestores de carteras no empresarios, apátridas, a los que mueve un egoísmo mucho más antiguo y enraizado que el Capitalismo. Pues quien reclama derechos sociales, a medio y largo plazo, hace más por el futuro de las empresas privadas que quien simplemente exige una rentabilidad a corto plazo de su dinero invertido momentáneamente en ellas, exigencia hecha desde el chantaje permanente y la incapacidad de identificarse no ya con el bien común sino con la misma suerte de esas Empresas secuestradas en Bolsa.

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