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Dunkerque, de Christopher Nolan

Por José Luis Muñoz , 4 Agosto, 2017

Una de las gestas de la Segunda Guerra Mundial fue la retirada de Dunkerque de las tropas aliadas, principalmente británicos y franceses, pero también canadienses y holandeses, atrapados en esa inmensa playa sometida a las mareas de la ciudad francesa fronteriza con Holanda y a muy pocos kilómetros de Gran Bretaña. En poco más de una semana Winston Churchill consiguió sacar de esa playa a casi cuatrocientos mil soldados atrapados y repatriarlos al Reino Unido visible desde el arenal, tan cerca pero tan lejos para los angustiados soldados que esperaban ser embarcados en navíos particulares y pequeños (Churchill no quería arriesgar el grueso de su flota ante el temor de una invasión nazi de la isla: deseaba reservarlos para esa contingencia), sometidos al fuego de la Lutftwaffe que fue incapaz de impedir, en lo que sin duda fue un grave error militar de Hitler y sus generales, la repatriación de los soldados (con unidades de marina y un uso masivo de los aviones de Dunkerque no habría salido nadie con vida).

El acercamiento de Christopher Nolan (Westminster, 1970) a este acontecimiento histórico podemos calificarlo de novedoso y original. El director de Memento desecha la narración lineal y opta por la fragmentación absoluta para ofrecer una visión poliédrica de ese hecho, dejando a un lado el heroísmo presente en muchos films sobre la Segunda Guerra Mundial que le han precedido: la película gira sobre la huida, el miedo y el instinto de supervivencia (esa camilla con un herido moribundo que se agencian esos dos soldados desubicados y solitarios que se encuentran en la playa para así poder acceder al buque de la Cruz Roja y partir lo antes posible de ese infierno).

Christopher Nolan divide su película en los tres elementos en donde tiene lugar el conflicto: aire, tierra y mar. Y narra con precisión y tensión dramática una serie de acontecimientos que se desarrollan en paralelo. En el mar el protagonismo lo tiene un heroico ciudadano que con su velero y en compañía de su hijo y un amigo pone rumbo hacia Dunkerque para repatriar al mayor número posible de los suyos porque se lo debe a su hijo mayor, piloto de la RAF que ya murió en los primeros días de la guerra. En el segmente tierra el protagonismo recae en ese soldado cuya patrulla es diezmada antes de que arribe a la playa y el misterioso y silencioso soldado que encuentra enterrando un cadáver en la playa: una y otra vez intentan embarcar, incluso con artimañas (esa camilla con el herido) y son rechazados; una y otra vez se suben a embarcaciones que son hundidas en cuanto se adentran en el mar: parecen condenados a sufrir una pesadilla interminable, un bucle infernal del que no es posible salir; el tercer fragmento, el del aire, lo protagoniza una pequeña escuadrilla de tres aviones de la RAF que se enfrentan a los stukas de la Luftwaffe que atacan una y otra vez a los barcos enviados al rescate del cuerpo militar y van cayendo, tras agotar el combustible, al mar.

Christopher Nolan opta más por una película de desastres (aunque la guerra es una sucesión de desastres siempre) que por una película bélica al uso, así es que con un brillante ejercicio de planificación, montaje frenético, secuencias cortas como relámpagos y una fotografía muy estudiada (tenebrosa y deslucida, como las fotos en color que se tienen del conflicto) consigue meter al espectador en los 110 minutos que dura la película en esa pesadilla, le hace naufragar un montón de veces o nadar entre esa mancha de petróleo que se incendia y abrasa a los infelices que flotan en ella.

No hay apenas épica en la película más allá de esas batallas aéreas que se hacen algo monótonas salvo cuando un piloto británico es rescatado in extremis de la carlinga que se inunda una vez ameriza por el señor Dawson, prototipo del héroe anónimo que interpreta Mark Rylance. Las huidas y las derrotas militares carecen de ella. Solo se muestra ésta cuando el comandante Bolton que interpreta Kenneth Branagh, uno de los pocos rostros conocidos del reparto junto a un irreconocible, como siempre, Tom Hardy (el piloto Farrier de la RAF, que siempre permanece con el casco de aviador puesto y al que prácticamente sólo se le ve la cara en la secuencia final) se emociona cuando vislumbra en el horizonte esa flotilla de barcos civiles británicos que acuden al rescate de los suyos en una muestra de patriotismo (el espíritu galvanizador de Winston Churchill, uno de los políticos más brillantes con los que contó el Reino Unido) o el recibimiento caluroso de la población a los soldados repatriados que no están muy orgullosos de haberlo sido y se muestran avergonzados de su estatus.

El director de Insomnio dota al film de una atmósfera malsana e inquietante, subrayada por una banda sonora muy efectista de Hans Zimmer, consigue envolver en un halo de originalidad una narración bélica,  imprime ritmo con su montaje frenético y fragmentado para que el espectador no se aburra, prescinde tanto de los diálogos como en una película silente (los jóvenes intérpretes Fionn Whitehead y Harry Stiles lo tienen fácil a la hora de memorizarlos), se sirve de buenos efectos especiales (los hundimientos sucesivos de las embarcaciones son pavorosos) para introducir al espectador en ese infierno. En la parte negativa del film la incomprensible ausencia de figurantes en esa enorme playa (apenas hay un millar de soldados británicos y franceses haciendo cola para acceder a los barcos); la ausencia de vehículos militares (había tanques, camiones, piezas de artillería que no salen en el film); la escasez de embarcaciones (las 25 o 30 que salen no pueden efectuar la evacuación de casi cuatrocientos mil efectivos); la ridícula presencia de aviones en las operaciones de ataque y defensa (tres de la RAF y otros tantos de la Lutfwaffe) y la invisibilidad absoluta de los soldados alemanes (dos al final, difuminados, cuando atrapan a ese piloto de la RAF que aterriza en la playa planeando porque se ha quedado sin gasolina, uno de los momentos estéticos de Dunkerque) que uno achaca a un presupuesto restrictivo.

El último film de Christopher Nolan, del que asume una total responsabilidad (es el director, guionista y productor), es un ejercicio cinematográfico correcto y original, pero uno que ya tiene unos cuantos años encima y buena memoria cinéfila echa de menos películas como la monumental El día más largo o el genial desembarco de Normandía de Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan. En el oído este parco diálogo: “¿Cómo sabe que sube la marea? Porque el mar empieza a devolver los cuerpos”. En la retina esa imagen de un soldado harto de la agónica espera que se mete en el mar ante la indiferencia de sus compañeros. A veces morir es más fácil que resistir.

Título original: Dunkirk
Año: 2017
Duración: 107 min.
País: Estados Unido, Reino Unido.
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Música: Hans Zimmer
Fotografía: Hoyte Van Hoytema
Género: Bélico.

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