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Doce canciones sin piedad

Por Redacción , 25 febrero, 2014

Por JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARES

No pinto nada, vivo en un rincón de un arrinconado país.

(Ángel Rodríguez Fernández)

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Todavía eran muy jóvenes pero ya habían escuchado los aullidos de más de cien lobos. José Ignacio Lapido -ese Dylan nazarí que escondía versos debajo de las piedras- les fue acercando, con su música, a la música de las palabras. Los Ceronoventayuno tocaban en la Industrial Copera o en las plazas de cualquiera de aquellos pueblos del cinturón granadino que se esforzaban por dar asilo al rock. El Chelsea de Nueva York estaba demasiado lejos y Patty Smith no era más que un formulismo con sabor agrio, maldito. Fueron chicos de pueblo en el efímero Guadix de los novísimos. Se aglomeraban en las barras de La Metro, donde comenzaron a gestarse las canciones de Berlín Este o de Bankillo de Acusados, y vivían muy cerca de la atmósfera docente de Antonio Enrique y de los versos, aún inaccesibles, de Luis García Montero y Javier Egea. Querían ser tan nocivos como Jim Morrison, enamorarse de las flores del mal, exprimir hasta la última gota de las horas perdidas, pero les asustaban el silencio y las preguntas retóricas. ¿Qué les llevó a pensar que sus vidas no durarían más de cinco minutos? Sentían que aquellos tiempos eran propicios para perderlo todo. Y todo era poco más que el amanecer de Granada, la soledad furtiva de la Torre de la Vela, el optimismo efímero de La Pantera Rosa o el Bay-bay.

Aquel era el momento más adecuado para huir de los clásicos porque nunca quisieron leer lo mismo que habían leído nuestros padres y, por eso, pasaron de puntillas por encima de varias generaciones. Pero no pudieron escapar a la serena soledad de Machado. Se quedaron prendidos a su poética y recorrieron, junto a él, los campos de Castilla hasta llegar muy cerca de Colliure, donde sintieron que la soledad del poeta, su impotencia, su derrota respondían al mismo diagnóstico que las suyas: nunca recuperarían el sol de la infancia.

Debió ser por aquel entonces cuando un flamante Muñoz Molina se acercó a las aulas y habló muy poco y con escasa convicción, pero les dejó un libro que irradiaba una luz desconocida: Beatus Ille pudo cambiarlo todo. En sus páginas, encontraron el presagio del frío y, poco después, el jazz se adueñó de Lisboa y de su futuro. Se hacían mayores pero se cuidaban lo justo y llegaron a la universidad con la misma desidia que aquel Gabo mitológico de Barranquilla. Sus carpetas se fueron agolpando en turbias cafeterías para escapar de las lecciones magistrales y el adoctrinamiento y, después de varios años, tan sólo aprendieron que un texto literario jamás debería empezar con un infinitivo, aunque necesitasen escribir algo tan inmediato y certero como “Cerrar los ojos. / salir de aquí”.

Con el paso de los años, los Ceronoventayuno dejaron de prepararles para todo lo que vendría después y las noches fueron cayendo en el saco del despilfarro hasta que todas llegaron a parecerles la misma. Aunque sus metáforas todavía estaban ligadas al rock, ya comenzaban a disfrutar de una melodía propia. Fue entonces, asediados por las tinieblas, cuando el noctívago Caballero Bonald les abrió las puertas del amanecer. El jerezano les hablaba con palabras que significaban mucho más de lo que les atribuía el diccionario, les sorprendía con versos que ascendían como una serpiente por todas las preguntas que nunca se habían planteado, les sustentaba con poemas sinuosos como columnas salomónicas. Con él, de la mano, llegaron también los versos de Ángel González, de Valente, de Blas de Otero, y sus poemas se aferraron a la memoria para recordarles todas las cosas que se habían negado a vivir. De repente, alumbrados por estas lecturas crepusculares, comenzaron a temer que tal vez fuesen mejores lectores que poetas y paulatinamente fueron regresando a aquellos libros inevitables que no leyeron en su momento. Esos renglones fortuitos, vacilantes, terminaron por regalarles su única certeza: qué mal se escribe bajo la luz precaria que nos brindan las madrugadas.

Estos jóvenes del ayer constituyen una generación sin acta fundacional, un comando adiestrado para sobrevivir a la rutina que avanza entre vuestras músicas pertrechado de recuerdos. Porque nunca olvidarán que fueron chicos de pueblo bebiéndose a sorbos aquella sucia realidad que otros les entregaron y, paradójicamente, ahora que ya nada les pertenece, ahora que arde en llamas la soledad cada vez que se nos muere un poeta, aspiran a quedarse en vuestro mundo por mucho tiempo, aunque la vida les vaya dejando sin palabras, aunque ya nadie recuerde aquellas doce malditas canciones sin piedad.

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