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Demasiado feminismo es poco feminismo

Por Paula Campo , 8 agosto, 2016

“El feminismo es como el machismo al revés”. Y todos nos partimos el culo. ¿Cómo no nos va a hacer gracia una tarjeta que nosotros mismos hemos añadido en el Cards Against Humanity? Pero que mis amigos y yo nos riamos de esta prototípica frase no demuestra que de hecho el feminismo sea el movimiento en el que se invierta más tiempo aclarando qué es, sino que de los nueve que éramos, todos sabíamos qué no era el feminismo.

Me siento afortunada de estar acompañada por gente así que, digamos, entra dentro de lo poco común. Y aun así no tengo muy claro que sepamos con claridad qué es machista y qué no. Y es simple: jamás llegaremos a saberlo con certeza, por el simple motivo de que aún ignoramos el nivel de profundidad al que está arraigado el imperio del hombre. Yo soy de las que piensan que en un mundo machista, ya solo lo que de hecho podemos llegar a conocer, a sentir, a querer (o incluso el propio hecho de conocer, sentir y querer)  es machista en sí mismo. Por eso mismo jamás estaremos del todo limpios, hasta que la Historia, la Filosofía y la Ciencia se pregunten si incluso su existencia se debe al patriarcado. Y aquí es donde entro yo. El hembrismo, tan criticado, tan visible, tan chivo expiatorio, no existe.

En la RAE ni siquiera te dan una definición, y en Wikipedia la primera frase es “neologismo en español usado para referirse a la misandria o desprecio a los hombres”. Es lo que conocemos como “machismo pero al revés”. Pero es que esa definición es en sí misma contradictoria.

En un mundo en el que las mujeres tenemos más peros para hacer cualquier cosa que se desarrolle fuera del mundo doméstico, donde no podemos viajar solas haciendo autostop, donde admitimos que nos alejaríamos y nos cambiaríamos de acera si no conociéramos a nuestros amigos varones, donde tengo que pagar con desconfianza el altruismo de un hombre ofreciendo llevarme en su coche porque me ve apurada, donde me acusan si respondo con violencia a un hombre que no entiende un “no”. En un mundo donde no se nos toma en serio, donde se bromea y se hacen chistes de mi cosificación. En un mundo en el que ser feminista empieza a ser tras veintiún siglos algo pensable, no hay radicalidad. No hay hembrismo. “Tú, hombre, caucásico, heterosexual y europeo no puedes sentirte discriminado”. Es decir, el “hembrismo” es algo que si se usa por economía del lenguaje, o “para entendernos” es igual de válido que hablar de cualquier otra cosa; pero a nivel real, no debería tener más relevancia que pensar en unicornios. No existe, pero se habla de ello. Por ello una mujer que mata a un su acosador tras diez años de maltrato no es radical, ni lo es que no se depile las axilas, ni lo es si mi primer impulso es escupirte en la cara la próxima vez que me grites un piropo en la calle, ni lo es el hecho de que ser mujer sea un hecho revolucionario. Y no lo es porque nuestro mundo es tan poco feminista que el imperio de la mujer sobre el hombre no solo no cabe en nuestras cabezas, es que simplemente no cabe.

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