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De la legitimidad democrática (o no) del poder

Por Agustín Ramírez , 13 febrero, 2014

©Paloma·RoderaEn el artículo anterior hablaba del cuestionamiento de la legitimidad de quienes desde el poder están llevando a cabo unas políticas económicas y sociales que están destruyendo el frágil Estado del Bienestar que teníamos en nuestro país. Me he tomado la molestia de revisar los datos electorales para confirmar el cuestionamiento antes citado y el resultado es peor que el que me dictaba la memoria.

Si consideramos el número de personas que en los procesos electorales al Congreso deciden abstenerse de votar, hacerlo en blanco o  practicar el voto nulo podremos ver que en el año 2011, ya metidos en la famosa crisis hasta las trancas, la suma de votantes que tomaron la opción abstencionista, voto en blanco o voto nulo suma 10.361.756, cifra que equivale al 29,65% de las personas con derecho a voto, aunque es más significativa esta cifra si observamos que es superior en 636.824 votos a los votos obtenidos por las candidaturas a nivel estatal juntas de los partidos PSOE, IU y UPyD. La conclusión más inmediata es que hay casi una tercera parte de la población electoral que por diversas razones no ha utilizado el derecho al voto.

Esta situación se agrava mucho más si viésemos las cifras en escaños parlamentarios; entonces el panorama es desolador. Considerando los votantes, el partido en el gobierno alcanza el 53,64% de los escaños y si tuviésemos en cuenta los electores con derecho a voto, ese porcentaje de escaños se consigue con un porcentaje del 30,98% de votos sobre los posibles.

Y ya no me quiero dispersar más en números y porcentajes, la conclusión es obvia. El desdén en la participación electoral que se traduce, con demasiada frecuencia, en “quejas de café”, permite que desde la ciudadanía se de una primera baza para que los ciudadanos podamos ser manipulados, incluso vejados, por el amparo que da al poder político, una cuestión técnica, las elecciones, para hacer frente a un problema político, la cada vez peor calidad de vida de las personas. Generalmente se ha hecho mucho hincapié en que la ley electoral permite unas irregularidades en la adjudicación de escaños a favor de los partidos mayoritarios, y es completamente cierto, pero la no participación ocasiona un problema que pone en bandeja al poderoso la legislación que a sus intereses más conviene.

Lógicamente esta cuestión electoral no es un simple problema técnico; esta ley electoral se hizo así, y no de otra manera más justa, porque con el pretexto de que una estabilidad parlamentaria asentaría una democracia incipiente; lo que realmente se conseguía era mantener a través de esos grandes partidos, considerada su alternancia, unas posiciones de fuerza del poder real. La transición de un sistema dictatorial a un sistema democrático iba a estar controlado por los poderes auténticos. No queda más remedio que recordar a Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que en su obra maestra El Gatopardo ya nos enseña que “algo tendrá que cambiar para que nada cambie”.

Pero esta situación hay que verla desde una perspectiva más internacional. A nadie se le escapa que las decisiones gubernamentales no son simples ocurrencias nacionales, forman parte de un mundo más complejo, o simple según se mire, sí hay libertad de circulación para el dinero pero a las personas se les ponen vallas rematadas con cuchillas, habiendo, incluso, dirigentes que se cuestionan el posible daño que pudiesen hacer, ¡la poltrona del gobierno lleva a estos desvaríos!

Y se ha llegado a un punto en el que se quiere imponer a la ciudadanía la tesis de que las medidas económicas se toman, además de porque los gobernantes son así de eficientes porque hay una serie de imposiciones por parte de “los mercados” para que a nivel mundial se solucione el problema. Y ahí es donde aparecen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo, la Unión Europea; la llamada “troika”. Y ahí es donde la legitimidad democrática de un país se va a freír puñetas.

El FMI es una organización especializada en equivocarse en sus predicciones, en prestar dinero a los países para dejarlos permanentemente endeudados, apropiándose de sus riquezas naturales y cuya dirección se elige entre los grandes directivos de la banca mundial; ellos imponen sus condiciones por su poder económico y violan, sin rubor alguno, cualquier intento democrático de cualquier país por negociar sus condiciones; los mal llamados “gobiernos de técnicos” impuestos a varios países europeos son buena prueba de ellos y lo que dijeran las urnas….¡qué mas da!, papel mojado.

El Banco Central Europeo es una organización de la banca europea, en cuyo seno la elección de sus dirigentes existe solo entre las élites bancarias y, lógicamente, imponiendo las condiciones aquella banca con más poder económico. No prestan dinero a los países, se lo prestan a los bancos para mantener el negocio; ellos dan dinero a la banca nacional, ésta compra la deuda de los países y los ciudadanos pagamos los intereses que son el beneficio de la banca nacional; recibo al 0,25% y compro al 5%; negocio redondo; ¿por qué no se presta el dinero al Banco Central de cada país? Porque entonces los grandes no ganarían tanto ni en tan poco tiempo.

La Unión Europea sí es electa por los países que la componen pero el grado de interés que despiertan en la población es mínimo; a modo de ejemplo, en España en los años 2004 y 2009 el número de abstenciones superó al número de votantes. ¡Gran ejemplo de democracia! Lo que más se conoce de ella es que su parlamento se asemeja bastante a un cementerio de elefantes o a una reserva de políticos nacionales desubicados; eso sí, con unos salarios y unas prebendas dignas de mejor causa.

Pues bien estas tres últimas organizaciones citadas son las que nos están imponiendo las condiciones económicas a todos los ciudadanos; son las instituciones que, sirviendo al poder económico-financiero, nos quieren convencer de que se deben tomar medidas para salir de la crisis pero que, curiosamente, solo se imponen a las personas de a pie. Es por ello que las decisiones se imponen y la democracia pinta lo mismo que “la Tomasa en los títeres”.

Pues bien, todo esto debe ser cambiado y puesto patas arriba y a la hora de quejarse, que cada persona hable consigo mismo –soliloquio se dice-  y reflexione si ha hecho o puede hacer algo más para revertir esta situación, que ninguno estamos libres de culpa.

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