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De etimologías, libertades y libertinos

Por Oscar M. Prieto , 11 agosto, 2014

A Aldous, el protagonista de Berlín Vintage, le gusta la etimología, como le gusta mirar fotografías antiguas, sobre todo de la infancia. La etimología de una palabra es una fotografía de esa palabra cuando aún era niña y miraba a la cara con los ojos bien abiertos y la sonrisa franca. Cuando alguien te mira con los ojos bien abiertos, no tiene nada que esconder, se muestra tal cual es. A lo largo de la novela nos va desgranando algunas etimologías de las que yo ahora rescato las siguientes.

Hipócrita, antes que nada, fue en griego hypokrites. Y el hipócrita era el actor que, calzado a unos coturnos para parecer más alto, se enfrentaba al coro, mimetizado por la máscara, la persona. Sí, la persona y el hipócrita tienen su origen común en el escenario, en la tragedia griega. Es comprensible que necesitaran parecer más altos los actores para transformarse en héroes, en dioses, en ciegos o asesinos.

Trivial tiene una de las etimologías más curiosas que conozco. En la antigua Roma, donde las prostitutas jugaban un papel decisivo en el tablero social, también para ellas había distintas categorías. Estaban las que todos deseaban, soberbias y caras como diosas. Las seguían otras algo más accesibles pero igualmente bellas. Y por último,

en el grado inferior del escalafón, las castigadas despiadadamente por los años, a las que la belleza había abandonado en el caso de que alguna vez la hubieran poseído. Estas, solían colocarse en esquinas que fueran confluencia de tres calles, por ser más transitadas, ya que así, cuantos más pasaran por delante, más opciones tenían de cazar a algún desesperado o raro. Estas pobres mujeres, la escoria de las putas, eran las llamadas triviales, por ponerse en esquinas de tres vías. Eran las de menor valor. Y de ellas, a través del fárrago de los siglos y de la lengua, la palabra pasó a denominar lo común, lo que no tiene nada de extraordinario, lo vulgar.

Páginas más adelante, hablando de flores y de héroes, dice que las flores, al igual que la belleza, siempre son necesarias. También los héroes. Más que nunca cuando el poder denigra al individuo. Denigrar tiene una etimología tan evidente que a veces se nos escapa. Procede del latín también, de denigrare, manchar, poner de negro. El poder denigra al individuo cuando lo oculta bajo una mancha negra hasta hacerlo desparecer.

Personalmente, me encanta la etimología de la palabra concordia, por lo revelador del movimiento que alienta bajo sus sílabas. Proviene del latín concordia y esta de cor, cordis, es decir: corazón. Existe concordia cuando dos corazones laten al mismo ritmo, con idéntico pulso. Y habrá discordia cuando los corazones bombeen la sangre con impulso y ritmo diferentes.

Como se desprende de estos ejemplos, la etimología de las palabras nos devuelve su sentido primero poseedor del brillo de una moneda recién acuñada. En estos tiempos en los que las palabras están ya tan gastadas por el uso, manoseadas, que asemejan monedas desgastadas, cuando no moneda falsa, no viene mal zambullirse en el pozo de sus etimologías y pescar a mano en su profundidad el brillante pez de su significado.

¿Y qué nos dirá la etimología si le preguntamos por la libertad o, en concreto, por el mal uso que hacen de ella los libertinos? Libertino, cuánta carga de insulto lleva esta palabra a sus espaldas, cuantas veces señalada por el dedo y casi siempre objeto de cuchicheos de viejos y vecinas cuando la ven llegar a casa ya de amanecida. Veamos que nos dice la etimología del libertino antes de juzgar a los libertinos sin piedad, con prejuicios.

Paradójicamente, tanto las polis griegas, cuna de la democracia, como la república romana, ejemplo inmortal de inmortales ciudadanos, fueron sociedades esclavistas. Gracias a los esclavos, que se encargaban de las labores de la casa y de sacar adelante el trabajo, los ciudadanos se podían dedicar a la cosa pública.

Un esclavo podía alcanzar su libertad como una gracia de su dueño, por los servicios prestados y también podía comprarla. Estos esclavos manumitidos, recibían el nombre de libertos y aunque mantenían ciertas obligaciones para con su anterior dueño, del que eran clientes, tanto valoraban su libertad que fueron diestros en los negocios, llegando incluso a controlar, ya en época imperial, las finanzas de la casa imperial, las riquezas del emperador. El liberto, por haber sido antes esclavo, conocía bien el valor de la libertad y los muchos esfuerzos y sacrificios que le había costado alcanzarla.

Los hijos de los libertos, que ya nacían libres, a diferencia de sus padres, eran llamados libertinos. La etimología me parece tan diáfana que voy a prescindir de más explicaciones, para alivio de muchos.

La libertad hay que ganarla, ganarla y vivirla.

Salud

www.oscarmprieto.com

 

 

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