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De estos polvos…

Por José María García Linares , 15 febrero, 2014

Dicen los expertos que, posiblemente, el mejor poema de amor en lengua castellana sea el conocido soneto de Quevedo que termina con ese verso inolvidable, “polvo serás, mas polvo enamorado”. Como puedes ver, lector polvetero, esto es mucho más hermoso y reconfortante que el ceniciento “polvo somos y en polvo nos convertiremos” que nos soltaba el cura el miércoles de ceniza (afortunadamente para estas cosas ya uso desde hace muchos años cualquier tipo de pretérito). Como los tiempos para la lírica siguen corriendo muy malamente (me estoy metiendo en un callejón sin salida con el gerundio de correr, lo sé, pero de los cobardes no se escribe nada), la sabiduría popular ha acabado prefiriendo eso de “polvo somos, en polvo nos convertiremos y entre polvos nos divertiremos” que, además de ser verdad, es absolutamente cierto, que diría una gran amiga mía y que sintetiza el polverío de don Francisco y el de la curia, que parece que de esto también sabe mucho (mira, si no, lector folclórico, la seguidilla del siglo XVI que dice “Por la mar abajo / va Catalina / las piernas de fuera / un fraile encima”). Total, que a nadie se le ocurre ir el día de San Valentín a clase con el poema de Quevedo, salvo a mí, para hablar del amor incondicional más allá de la muerte, como lo titulan los libros, con estas generaciones que saben más de polvos que Marcial Maciel y Quevedo juntos (es horrible la imagen, sí) y que se lo toman todo a guasa y se lo pasan por el arco del triunfo.

Decía hace unos días Rafael Reig, con toda la razón, que el concepto que hoy tenemos del amor surgió en el siglo XV, en la incipiente clase burguesa. Era cosa de ricos, de calixtos y melibeas. Sin embargo, la jodienda, escandalizado lector (sí, sí, tú), ya es otra cosa. El temblequillo y la desesperación sí que son intemporales (“¿Qué me quiere, señor? Niña, joderte. / Dígalo más rodado. Cabalgarte. / Dígalo a lo cortés. Quiero gozarte. / Dígamelo a lo bobo. Merecerte.”). Por eso mi vecina, mucho antes que otros ilustres periodistas lenguaraces, siempre ha estado en lo cierto con lo de los matrimonios imposibles de los vástagos de Juan Carlos I y de esa señora tan arreglada que vive en Londres y que viene a España de vez en cuando. Una institución medieval como la monarquía no concibe ni entiende el amor como hoy lo percibimos los muertos de hambre a los que solo nos va quedando eso, cuatro besos en guerrilla y algunas siestas reconfortantes. Cuando no hay ni lo uno ni lo otro, algún soneto de mierda. Lo de príncipes y princesas enamorados es cosa de Disney, no de la Zarzuela. Para muestras, un botón. O tres. Jaime de Marichalar nos salió rana, Iñaqui Urdangarín rana cuatrera y Letizia está a punto de volver a convertir a Felipe en un sapo, por Borbón. “Voto a Dios que me espanta esta grandeza”.

Para amar hay que prepararse, como para cazar elefantes o blanquear dinero, y para lograrlo, para encontrar a la persona adecuada, nuestros adolescentes, rebosantes de hormonas (“¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Direlo?”), a punto de estallar por todos lados, pero sobre todo de cintura para abajo, deben contemplar las estrellas, beber zumos y hablar sobre la eutanasia o el aborto, según una publicación del Aula de sexualidad del diario ABC en contra de la masturbación. Fíjate tú, lector humano y comprensivo, los pobres, empalmados hasta las cejas, y discutiendo si las mujeres mandan en sus moños y en sus coños, como dijo hace unos días una diputada de Amaiur. Hay edades para hablar de la eutanasia, y otras mucho más encendidas para darse una alegría tras otra meneando la maraca, mientras suena eso de “Tengo una debilidad, / ay qué calamidad, / mi vida es un disgusto./ Tengo una debilidad, / no sé qué pasará / si no me doy el gusto”.

Que por Machín hemos cantado y bailado todos, incluso nuestros ministros (te dejo que te los imagines, lector travieso e irreverente). Estos, desde luego, bailan, cantan, hacen monólogos y hasta magia, miren si no el arte que tiene el ministro del Interior para marear la perdiz y para decir ahora sí y después no o ahora no y después sí con ese acento postridentino. Mueve las caderas mejor que Shakira y Piqué en sus wakawakas prematrimoniales, mientras ente jadeo y jadeo místico recitan eso de “Yo toda me entregué y di, / y de tal suerte he trocado, / que mi Amado es para mí / y yo soy para mi Amado”. Ojú qué duende. Solo le ha faltado afirmar que la Guardia Civil disparó pelotas de goma a los inmigrantes en el mar para que se agarraran y no se hundieran y que ETA está detrás de todo esto como autor intelectual, sin duda alguna (el comando ceutí o ese movimiento callejero norteafricano conocido como la cabila roca…). Dos escándalos fronterizos de este calado en poco más de una semana serían suficientes en cualquier otro país civilizado para que el ministro de Interior mordiese el polvo, dicho sea de paso. Aquí no. Tranquilidad. Se lo avisó en mitad de un sueño una santa prima hermana hace un par de noches, “Nada te turbe; / nada te espante; todo se pasa”. Morirse tampoco es para tanto, “Acaba ya de dejarme, / vida, no me seas molesta; / porque muriendo, ¿qué resta, / sino vivir y gozarme? / No dejes de consolarme, / muerte, que ansí te requiero: / que muero porque no muero”. Vamos, que no están muertos del todo.

Qué capacidad tiene esta gente para amargarnos la vida con sus comparecencias para idiotas y sus alardes de inoperancia. Se me ha amargado hasta la columna con estas cosas inhumanas e inconcebibles a estas alturas de la historia. ¿Dónde están los derechos humanos? Y eso que es un ministro muy cercano al Opus Dei. “La mar en medio y tierras he dejado / de cuanto bien, cuitado, yo tenía; / y yéndome alejando cada día, / gentes, costumbres, lenguas he pasado”, que dejó dicho Garcilaso y que es suficiente para cerrar aquí esta escritura. Fíjate, lector entristecido, cómo de aquellos polvos con los que empezamos hemos acabado enfangados en estos lodos fétidos. De mierda hasta el codo y de pena hasta el alma.

 

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