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«Cuore Doscuernos», de Diego A. Bartolomé

Por Emilio Calle , 22 mayo, 2019


Publicado por la editorial Tres Inviernos, «Cuore Doscuernos» supone una verdadera sorpresa, resultado del encuentro provocado por el hecho de que Diego A. Bartolomé, reconocido ilustrador, no sólo haya aportado su caudal imaginativo para acompañar un texto, sino que también es el autor del relato escrito. Dos creadores de disciplinas muy distintas y que ahora son el mismo enfrentados en un «duelo» que va originando una tensión creativa cuyo espléndido resultado final reafirma su singularidad.
Un libro con mucho para disfrutar.
Desde el principio, el relato apresa, no se limita a intrigar. Su protagonista nace en las propias páginas, brota frente a nuestra mirada en un espacio todavía por descubrir, acertadísimo recurso que logra que su camino corra en paralelo al del lector, pues ambos deberán ir desentrañando los engranajes inherentes a este universo vertebrado desde una exquisita y muy respetuosa aproximación al género. Siendo su autor alguien dedicado a la ilustración principalmente, admira su dominio de una prosa muy fluida y generosa en el detalle, desnuda de pretensiones, tan traviesa como divertida, conteniendo la tendencia al efectismo en el que tan sencillo es caer en este rematadamente complicado género, rezumando en algunos pasajes verdadera poesía sin tropezar con lo forzadamente poético. Acompañado de diversos personajes (cabe destacar a Muni, un gamusino con las cualidades de ese «amigo invisible» que todos hemos tenido, o que seguimos teniendo, alocada criatura que incluso cuando ya no está, sigue presente en la imprevisibilidad reinante), acometeremos junto a él esta suerte de viaje iniciativo (¿acaso alguno no lo es?) hasta llegar a lo más hondo y humano de un fábula sobre un mundo herido, un universo con cosmogonía propia donde toda criatura, sin excepciones (dragones, brujas, hadas, unicornios, sirenas, mamuts, triceratops, centauros, grifos…), tiene cabida sin que salten las alarmas de la incredulidad, apoyándose en una férrea coherencia interna para permitirse semejante mezcolanza y desparpajo referencial. Nada o nadie que aparezca adquiere en momento alguno carácter ajeno o acomodaticio. Nada. Luna, Tiempo, Tierra… No son elementos, ni parte del paisaje, ni conceptos. En mayúsculas. Tienen nombre propio, y por ello son también protagonistas activos, con voz y sombra, y reverberan detrás de cada palabra, y pueden incluso arropar a quien lo necesita.
Este logro se ve redoblado porque viene mejor que bien acompañado por las ilustraciones del propio autor. Diego A. Bartolomé podía haberse limitado a reforzar lo narrado, ajustándose a ese único parámetro. Pero no. Su prodigioso dibujo (hay algo muy bello en ese acabado final, tan íntimo, tan personal, tan falto de artificio de ningún tipo, con el trazo aún vivo de lo que se acaba de dibujar) puede transmutarse y ser de pronto como apuntes a pie de página, o narrar incluso de un modo secuencial y repentinamente sin palabra alguna determinados momentos del periplo como si de una novela gráfica se tratase, o mostrarnos lo que no ha sido nombrado, o pasar de la precisión de una miniatura a llenar de alma y vida a gigantescas ilustraciones de apasionante complejidad técnica, incluso para un lego. Palabra y dibujo no establecen dos relatos paralelos, ni se complementan. Desgajar una sola pieza haría que el astuto ensamblaje se desmoronase y se precipitase hacia la moralina o hacia las ramplonerías de lo evidente. El desenlace, ya inmersos en un mundo del que somos parte, nos deja en las inciertas mareas de toda verdadera travesía por la fantasía, o si se prefiere, por la naturaleza de las fantasías, porque recalando en el fondo de cada una de ella podemos saber quiénes somos desde una óptica del todo inesperada. O expresado con el genio de Chesterton: “Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen pueden ser vencidos”.
“Solo tú pones límites a tus sueños», leemos en un decisivo momento del relato.
Y es una suerte que Diego A. Bartolomé no haya puesto límites a los suyos, y que además se haya decidido a compartirlos con todos nosotros.

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